Salud mental en jóvenes: el 30% de las universitarias supera el umbral clínico de depresión
La investigación de la UPNA constata que un buen fondo físico protege a estas alumnas, incluso cuando hay exceso de grasa corporal
Investigadores del grupo Ejercicio Físico, Salud, Metabolismo y Capacidad Funcional (EFIT) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA) y Navarrabiomed han constatado que una buena capacidad cardiorrespiratoria (lo que de forma habitual se conoce como fondo físico) se asocia con una menor presencia de síntomas depresivos en estudiantes universitarias, con independencia de su nivel de grasa corporal. El trabajo, publicado en la revista científica “Mental Health and Physical Activity” de la editorial Elsevier, ha analizado a 251 mujeres universitarias, con una edad media de 20,6 años. Los resultados muestran que casi una de cada tres participantes presentó síntomas depresivos clínicamente relevantes. Además, el estudio indica que la combinación de una baja forma física y un elevado porcentaje de grasa corporal duplica la probabilidad de presentar este tipo de síntomas.
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La investigación está firmada por los investigadores Mikel Gutiérrez García, Sergio Oscoz Ochandorena, Mikel Izquierdo Redín y Robinson Ramírez Vélez, estos dos últimos, como autores séniors. Para llevarla a cabo, el equipo empleó técnicas de referencia en la evaluación de la composición corporal y de la condición física. En concreto, la grasa corporal se midió mediante densitometría dual de rayos X, conocida como DXA. En el caso de la capacidad cardiorrespiratoria, se evaluó mediante una prueba de esfuerzo cardiopulmonar en cicloergómetro (bicicleta estática adaptada para uso médico), que permite medir directamente el consumo máximo de oxígeno. Por su parte, los síntomas depresivos se analizaron con la escala CES-D-10, una herramienta validada internacionalmente.
El 30 % mostró síntomas depresivos relevantes
Los datos obtenidos confirman la elevada carga de salud mental en este colectivo. El 30 % de las estudiantes evaluadas superó el umbral clínico de síntomas depresivos. Asimismo, el 61 % presentaba un porcentaje de grasa corporal elevado, igual o superior al 32 %, pese a tener un índice de masa corporal dentro del rango considerado normal.
Este resultado pone de manifiesto, según el equipo responsable del estudio, “las limitaciones del índice de masa corporal, conocido como IMC, como único indicador de salud en mujeres jóvenes”. Este índice relaciona peso y estatura, pero no distingue entre masa grasa, masa muscular y otros componentes corporales, por lo que puede ocultar situaciones de elevada adiposidad en personas con un peso aparentemente normal.
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Las participantes fueron clasificadas en cuatro grupos según su porcentaje de grasa corporal y su capacidad aeróbica. Esta clasificación siguió el modelo internacional conocido como “fat-but-fit”, expresión que alude a personas con exceso de grasa corporal, pero con buena condición física.
El análisis mostró un patrón definido. Las estudiantes con elevada adiposidad y baja forma física presentaron las puntuaciones más altas de síntomas depresivos y el doble de probabilidad de mostrar síntomas clínicamente relevantes en comparación con el grupo de referencia, formado por participantes con baja adiposidad y buena forma física.
En cambio, las estudiantes con elevada adiposidad pero buena capacidad cardiorrespiratoria no mostraron diferencias significativas respecto al grupo de referencia. Este resultado sugiere que “una buena forma física podría amortiguar el posible impacto psicológico negativo asociado al exceso de grasa corporal”, según los autores de la investigación.
“El hallazgo principal es que lo que define el grupo de mayor riesgo no es la grasa corporal por sí sola, ni la baja forma física aislada, sino la combinación de ambas —explica Mikel Izquierdo—. Esto cambia el enfoque preventivo: mejorar la condición física puede ser una herramienta protectora muy potente para la salud mental, incluso cuando el peso corporal no se modifica”.
Implicaciones para la salud pública universitaria
El trabajo aporta, según sus autores, dos novedades metodológicas frente a investigaciones previas. La primera es el uso de medidas objetivas y directas, como la DXA y la prueba de esfuerzo con análisis de gases, en lugar de estimaciones basadas únicamente en el IMC o en cuestionarios de actividad física. La segunda es su focalización en un colectivo poco estudiado y con una creciente carga de enfermedad mental: las mujeres jóvenes en etapa universitaria.
“La transición a la universidad coincide con un periodo crítico desde el punto de vista hormonal, social y académico que aumenta la vulnerabilidad a los trastornos del estado de ánimo, especialmente, en las mujeres —señala Robinson Ramírez, investigador principal del estudio—. Nuestros datos sugieren que promover la mejora de la capacidad aeróbica en este colectivo podría constituir una estrategia no farmacológica, accesible y de bajo coste para apoyar la salud mental”.
Entre los posibles mecanismos biológicos que explicarían esta relación, el equipo menciona que el ejercicio físico puede ayudar a reducir la inflamación general del organismo, estimular factores relacionados con la salud cerebral y mejorar la regulación del sistema nervioso autónomo, que participa en la respuesta del cuerpo ante el estrés. En el ámbito personal y social, el ejercicio también podría contribuir a que las estudiantes se perciban como más capaces, refuercen la confianza en sus propias habilidades y mejoren la relación con su imagen corporal.
El equipo autor del estudio considera que las universidades pueden desempeñar un papel relevante en la prevención y el apoyo a la salud mental mediante programas estructurados de promoción de la condición física. Estas iniciativas, según plantea el trabajo, podrían incorporarse a las políticas de bienestar universitario como una estrategia accesible y basada en la evidencia.
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