Euskalgintzaren Kontseilua ha convocado para el próximo sábado 13 de junio en Pamplona (11.30 horas) una movilización en defensa del euskera dentro de la iniciativa Pizkundea con la que pretende visibilizar la necesidad de dar un nuevo impulso al euskera. Idurre Eskisabel, secretaria general de este colectivo, alerta de que el euskera atraviesa una situación de “emergencia lingüística” marcada por el estancamiento de su uso social y por los desafíos que plantean la globalización y la digitaliz ación. Frente a ello, reclama más ambición institucional, pero también un compromiso activo de toda la sociedad para impulsar un nuevo ciclo de revitalización del euskera.
Hace algo más de un año, Euskalgintzaren Kontseilua alertó de que el euskera estaba en una situación de emergencia lingüística. ¿Qué les llevó a dar este paso?
—Esta iniciativa nace de un diagnóstico compartido que empezamos a elaborar a finales de 2024. Durante décadas se avanzó en la normalización del euskera, pero los indicadores sociolingüísticos de los últimos años muestran señales preocupantes. Por un lado, observamos un estancamiento tanto en el crecimiento del conocimiento del euskera como en su uso. A principios de los años 80 se planteó la hipótesis de que un aumento de hablantes se traduciría automáticamente en un mayor uso social de la lengua, pero la realidad ha demostrado que no es así. Hay muchos factores que dificultan que ese conocimiento se convierta en uso cotidiano. Además, estudios recientes apuntan a una ralentización del crecimiento de hablantes. Una proyección a diez años vista realizada por Siadeco para UEMA (Mancomunidad de Municipios Euskaldunes) muestra que en Navarra el aumento del conocimiento se está ralentizando e incluso podría existir riesgo de retroceso en los próximos años. A ello se suma un contexto global cada vez más complejo para las lenguas minorizadas. La digitalización, las redes sociales y la globalización refuerzan a las lenguas hegemónicas y reducen espacios para las lenguas de ámbito más reducido. Es un fenómeno que preocupa incluso a países como Islandia, Dinamarca o Suecia. Por ello entendimos que era necesario hablar de emergencia lingüística. No porque queramos transmitir pesimismo, sino porque reconocer la situación es el primer paso para revertirla e iniciar un nuevo ciclo de revitalización del euskera, como el que hubo en el tardofranquismo, impulsado por la sociedad civil.
Esta iniciativa tuvo el pasado diciembre en Bilbao una demostración de fuerza y ahora llega a Pamplona. ¿Por qué era importante celebrarla aquí?
–Porque durante este proceso hemos escuchado una idea que se repetía constantemente, especialmente en Navarra: la necesidad de encontrarse, de tejer redes y de sentirse acompañado. Muchas personas nos trasladaban una sensación de soledad en su compromiso con el euskera. Necesitaban espacios para compartir experiencias, reconocerse mutuamente y comprobar que forman parte de una comunidad amplia. Por eso nos pareció importante que esta movilización llegara a Pamplona. Queremos ofrecer un punto de encuentro, un momento de comunidad y una demostración colectiva de que quienes trabajan y viven a favor del euskera no están solos. Esa necesidad era especialmente visible en Navarra y creemos que esta cita puede responder a ella.
¿La emergencia lingüística es más palpable en Navarra?
–Desde el punto de vista de las políticas lingüísticas, sí. La arquitectura jurídica del euskera en Navarra es más débil que en la CAV y la zonificación lingüística sigue generando desigualdades entre ciudadanos según el lugar donde viven. Llevamos casi 40 años con una legislación que establece distintos niveles de derechos lingüísticos en función del territorio. Sin embargo, a pesar de las dificultades, el impulso social ha traído una nueva realidad sociolingüística que hace cada vez más difícil justificar la zonificación. Además, Navarra presenta una preocupación añadida, a la que me he referido anteriormente, y es que los estudios apuntan a una posible ralentización del crecimiento de hablantes e incluso a un riesgo de retroceso. Algo que no se ve en la CAV ni en Iparralde donde el euskera no tiene reconocimiento jurídico.
Los datos de matrícula del modelo D (inmersión en euskera) llevan años estancados en torno al 30%. Sin embargo, sí que es cierto que la población en general crece por la llegada de personas de otros países y ahí el euskera tiene otro reto.
–A nosotras no nos gusta remarcar esta cuestión porque puede llevar a hipótesis que no creemos correctas. El reto no está en quienes llegan, sino en nuestra capacidad para ofrecer el euskera de una forma accesible y natural. No creemos que el problema sea la inmigración. El problema es que aprender euskera en Navarra sigue requiriendo un esfuerzo adicional que no se exige para que aprendan matemáticas o vayan a tecnificación de fútbol. Tienes que hacer un esfuerzo extra. Y en muchos lugares todavía es meterte en muchísimos líos.Es casi como un activismo político.
La solución podría ser que al menos el euskera fuese obligatorio como asignatura en todos los modelos y así el alumnado tendría un primer contacto con la lengua. ¿Lo ve factible?
–Una cosa es la correlación de fuerzas políticas que existe en cada momento y otra la evolución de la sociedad. Nosotros vemos que, a menudo, se transmite la idea de que una gran parte de la sociedad navarra es contraria a que el euskera gane presencia, pero creemos que esa imagen no se corresponde del todo con la realidad. Es cierto que sigue habiendo sectores reticentes, pero también percibimos avances. Las nuevas generaciones han tenido un contacto más natural con el euskera y eso está contribuyendo a normalizar su presencia en la sociedad. Además, distintos estudios realizados en los últimos años apuntan a que existe una percepción cada vez más favorable hacia el euskera y hacia las medidas destinadas a impulsar su normalización. Por eso pensamos que no hay que limitar el debate a lo que resulta posible hoy desde el punto de vista institucional. También hay que tener en cuenta la capacidad que tiene la propia sociedad para impulsar cambios. Kontseilua es un movimiento social que cree profundamente en la fuerza de la ciudadanía organizada para generar consensos y abrir nuevos escenarios. Precisamente esa es una de las razones de la movilización del 13 de junio. A menudo desde las instituciones se argumenta que no existe una mayoría suficiente para dar determinados pasos. Nosotros creemos que corresponde a la sociedad civil demostrar que sí existe una base social cada vez más amplia a favor del euskera y de su normalización.
En las últimas décadas ha crecido el número de personas que saben euskera, pero ese aumento no se refleja en su uso. ¿Por qué?
–Es una situación que se repite en casi todas las lenguas minorizadas. El ejemplo del irlandés es muy ilustrativo: cuenta con estructuras estatales y, sin embargo, el uso social está muy por debajo del nivel de conocimiento. Los procesos de minorización de las lenguas duran décadas o incluso siglos y generan lastres muy difíciles de revertir. Incluso personas que nos sentimos más cómodas hablando en euskera en ocasiones no tenemos la confianza necesaria con nuestro propio idioma. Necesitamos un ecosistema completo para poder vivir en euskera, para poder legitimarnos y empoderarnos. Necesitamos referentes, espacios de uso, prestigio social y oportunidades reales para vivir en euskera. El objetivo es que hablarlo sea algo natural, cotidiano y asociado al disfrute.
¿Qué medidas concretas deberían adoptarse para garantizar el derecho a vivir en euskera en Navarra?
–En educación aún encontramos obstáculos importantes. Abrir nuevas líneas del modelo D sigue siendo un proceso complejo y lleno de trabas administrativas. Muchas veces los acuerdos existen sobre el papel, pero luego su aplicación es insuficiente. También creemos que el decreto de méritos podría haber sido más ambicioso. El conocimiento del euskera debe considerarse una competencia necesaria en muchos puestos de la Administración pública. No solo para garantizar los derechos lingüísticos de la ciudadanía, sino porque forma parte de los principios que sustentan el empleo público de igualdad, mérito y capacidad cuando el puesto exige atender a personas que quieren relacionarse con la Administración en euskera. Por eso creemos que el decreto podría haber sido más ajustado a la realidad sociolingüística de Navarra.
En los últimos años Navarra ha tenido gobiernos más receptivos al euskera. Sin embargo, parece que no ha sido suficiente. ¿Están decepcionados?
–Se han producido avances, sin embargo, desde Euskalgintza nuestra responsabilidad es velar por buscar unas políticas óptimas para la normalización y recuperación del euskera. Creemos que se podrían haber dado más avances de ahí que exista cierta sensación de frustración entre algunos sectores que esperaban transformaciones más profundas.
La movilización de este sábado se articula en torno a tres reivindicaciones: oficialidad, políticas lingüísticas y compromiso social. ¿Cuál considera más importante?
–Las tres son imprescindibles, pero si tengo que elegir una me quedo con el compromiso social. Cuando la sociedad empuja a favor del euskera, todo lo demás resulta más fácil. A veces ese esfuerzo no encuentra el reflejo esperado en las instituciones y eso puede generar desánimo, pero abandonar nunca es una opción. Me gusta recordar una reflexión de la activista afroamericana estadounidense Angela Davis: en tiempos de apocalipsis el arma política más afilada es la esperanza. Si observamos la historia reciente del euskera, los grandes avances siempre han estado impulsados por una ciudadanía comprometida. Además, la defensa del euskera no debería ser una cuestión exclusiva de quienes lo hablan. Tiene que ver también con la justicia social y la cohesión social y la convivencia. De ahí que las personas que no saben euskera entiendan que lo importante es tener una actitud favorable ya que permite dar futuro a la lengua y avanzar en justicia y cohesión social.
Desde Kontseilua han planteado el reto de sumar 300.000 nuevos hablantes para 2036. ¿Es realista?
–Es un objetivo ambicioso, pero precisamente por eso puede movilizar a la sociedad. Hemos querido traducir la emergencia lingüística a un reto concreto y comprensible. Actualmente Euskal Herria gana alrededor de 15.000 hablantes al año. Con ese ritmo, los indicadores apuntan al estancamiento. Lo que proponemos es duplicar esa capacidad de crecimiento para abrir una nueva fase de recuperación. Junto a ello, también planteamos aumentar el uso declarado del euskera, que ronda el 16%, hasta superar el 20%. Es un reto que interpela especialmente a las administraciones públicas, porque exige avances en educación, euskaldunización de adultos y promoción del uso en el ámbito laboral. Pero también requiere la implicación de toda la ciudadanía.