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"La heroína que mató a mi novio fue la primera droga que probé"

Miriam San José, experta en adicciones, habla de la importancia de decir que no en situaciones problemáticas con las drogas

"La heroína que mató a mi novio fue la primera droga que probé"Cedida

Cuando Miriam San José –coach experta en adicciones– era pequeña, tenía claro que quería ser escritora. Era buena estudiante, le gustaba patinar, dibujar, pintar.

Creció en Benavente (Zamora) y vivió una infancia "normal" hasta que se enamoró de un chico mayor que ella. Sus padres se lo prohibieron, pero ella se escudó en las amigas y siguió viéndole a escondidas. Hasta que le mandaron a un internado en Zamora y, al tiempo, su madre le llamó "con la voz entrecortada" y le dijo que el que era su novio "había fallecido por una sobredosis", cuenta. Y, en ese momento, "la niña que era se convirtió en una persona con una mirada neutra, rota y sin saber gestionar el duelo".

La droga le eximió del dolor

Fue entonces cuando empezó a preguntarse qué eran las drogas y cómo había podido llevarse a la persona que tanto quería. Y empezó a fumar porros, a tomar alcohol y cocaína, pero nada le quitaba el dolor. Luego, le ofrecieron heroína: "La heroína que mató a mi novio fue la primera droga que probé", dice. La adicción siguió la pauta que Miriam describe con precisión clínica: tolerancia creciente, necesidad diaria, desintegración de la identidad. De ser delegada de clase y buena estudiante pasó a robar en casa –el oro de la primera comunión, el dinero que encontraba– y a faltar a clases. Sus padres veían señales pero las atribuían al duelo. "A los padres nos cuesta quitarnos la venda cuando se trata de nuestros propios hijos", señala. Una profesora del instituto fue quien, finalmente, se sentó con su madre en el trabajo y le dijo que su hija era una drogadicta. "En ese momento pensé que le estaba haciendo daño a mi madre y, años después, me di cuenta de que la que hacía daño era yo".

La familia reaccionó rápido. Con dieciséis años, Miriam ingresó en un centro de rehabilitación en Barcelona, a más de ochocientos kilómetros de casa. Cuando abrieron las puertas del comedor y vio a los 145 internos le pidió a su madre que se la llevara. Fue en el centro donde empezó a sanar y conoció la importancia de decir que no. "Decir que no se entrena. Hay que atravesar el momento incómodo de hacerlo, ese instante en que piensas qué van a pensar de mí. Pero al otro lado está la autoestima", concluye.