El silencio ha sido el protagonista esta mañana en el CIFP La Granja. La comunidad educativa se ha concentrado para rendir homenaje a los jóvenes fallecidos, tres de ellos vizcainos, en la pasarela de Santander en un ambiente de profunda consternación. El director del centro, Carlos Micó, ha visibilizado el impacto emocional que este suceso ha tenido en una plantilla muy vinculada a sus alumnos: “Estaban a punto de entrar en prácticas; estábamos mucho en contacto con ellos”, explica visiblemente afectado. 

El minuto de silencio también se ha materializado en un gesto cargado de simbolismo: un ramo de la victoria depositado cuidadosamente en una de las ramas del árbol situado frente a la entrada principal. Este sencillo tributo, colocado en honor a los jóvenes fallecidos, se ha convertido en el punto de encuentro de las miradas de alumnos y trabajadores del centro, que no han podido evitar la emoción. "Está siendo un día muy duro", asegura Micó.

Teléfono de atención a las familias

Mientras la Ertzaintza ha tenido que intervenir para notificar lo sucedido a la familia del alumno de Balmaseda, el centro ya mira hacia el futuro con la intención de honrar su memoria. “Una vez completemos el contacto con todos los familiares, la idea es hacer un homenaje a los alumnos”, afirma el director del centro.

"No hay palabras que puedan expresar el dolor que sentimos. Queremos trasladar todo nuestro cariño, apoyo y cercanía a las familias, a los compañeros y a todas las personas que están atravesando estos momentos tan duros", señalan desde el centro, que han facilitado un teléfono de atención a familiares, en el que se atenderán todas preguntas de los afectados directamente por el suceso.

Este nuevo golpe sacude a un centro que ya venía atravesando meses complicados. "No está siendo siendo un curso fácil", confesaba el director al recordar que el proceso de recuperación emocional tras otro triste suceso el pasado octubre ya fue muy complejo, lo que hace que esta noticia sea aún más difícil de asimilar para todos. El dolor se extiende más allá de las aulas, llegando incluso al personal de cocina, que compartía el día a día con dos de las chicas fallecidas que almorzaban habitualmente en el comedor.