Ficha
- Título: Los regresos
- Autora: Miren Agur Meabe
- Género: Novela
- Editorial: Alberdania
- Páginas: 266
FUEGO
Se despertó tosiendo. Notó un fuerte olor a humo en el cuarto y por un instante pensó que acababa de llegar al infierno. Recibía a menudo esa amenaza de boca de Rodrigo, que dormía a su lado con un hilo de baba resbalándole de la boca entreabierta.
Su tufo a vino le produjo náuseas.
La muchacha se incorporó en el colchón y miró hacia la ventana. Una luz rojiza se filtraba por las portezuelas, que golpeteaban, sacudidas por el viento.
Volvió a toser. Rodrigo murmuró algo entre dientes y siguió roncando.
Estefana se movió con cuidado, sujetándose el vientre con las manos. La criatura nacería pronto: ya había cambiado la luna.
Le llegaban voces y gritos desde fuera, pero no de fiesta. El día anterior, durante la celebración de las bodas de la hija menor de la casa, los invitados habían permanecido hasta muy tarde comiendo y bebiendo. Sin embargo, el bullicio que ahora se colaba del exterior era distinto.
Corrió los postigos: Garraiçeta ardía en medio de la noche.
Asustada, se cubrió con su capa, se calzó las chinelas y salió sigilosamente de Axetorre, la casa de Paulus Zarandona e Isabela Valle, uno de los recintos fortificados de la villa, situado en las lindes del barrio marinero. El guardia faltaba de la garita del patio.
Apretó el paso. Habría echado a correr, pero su estado le impedía desplazarse con agilidad.
La gente circulaba atropelladamente por las calles.
Una mujer que llevaba un fardo en la cabeza tropezó y cayó al suelo. Un chiquillo lloraba, abrazado a un perro.
Las techumbres se desmoronaban, esparciendo chispas semejantes a enjambres enfurecidos.
Estefana encorvó la espalda y, tapándose la cara con las manos para no inhalar el humo, consiguió llegar al portalón del muelle.
La luna parecía un ojo sucio en el cielo y, en medio de la bahía, la isla de Garrax recordaba a un reptil durmiente.
Había bajamar y aún faltaban algunas horas para que el agua cubriera el arenal, ya que era época de mareas vivas, los últimos días del octavo mes del año.
¿Conseguiré cruzar?
Entonces la criatura se agitó en su vientre como si dijese que sí.
Estefana se adentró en la playa. Percibió con agrado la textura de la arena fría en sus pies hinchados y avanzó poco a poco en la oscuridad escarlata.
AGUAS
Tras recorrer algunos metros, se recogió el sayón hasta la cintura y entró en el agua. El mar le lamió los tobillos, las piernas, las rodillas. En cuanto le alcanzó las caderas, notó el cuerpo más liviano. Los guijarros que sentía entre los pies le hicieron dudar: habría rocas más robustas bajo el agua y perdería el equilibrio si las pisaba mal. Le pareció imposible cubrir la distancia entre la playa y el islote.
Sin embargo, al girarse para regresar al pueblo y ver la aguja gótica de Dona Marya envuelta en llamas, comprendió que no podía retroceder. Se santiguó y siguió adelante en las aguas tranquilas.
Tengo que llegar a la isla.
Sabía que en el islote había una ermita en la que vivía una comunidad de mujeres dedicadas a la oración y al trabajo de la escasa tierra. Las seroras se encargaban de mantener una hoguera encendida en el extremo de la roca para señalar el litoral y gobernaban también una enfermería destinada a acoger a los marinos que retornaban enfermos de sus viajes, evitando así que las infecciones se propagasen en la villa.
Me ayudarán… Nos ayudarán.
Estefana opuso resistencia al agua, que le llegaba ya al pecho. Avanzaba como una chalupa desgarbada, abriéndose paso a duras penas. El salitre le abrasaba la boca.
En el último tramo tuvo que tenderse y remar de espaldas hasta que alcanzó por fin la base de la isla.
Del roquedo de la parte baja arrancaba una escalerilla labrada en la piedra, que la muchacha trepó a gatas. Cuando ganó el último peldaño, se desplomó de cansancio.
Volvió en sí más tarde, con un escalofrío. Tenía la capa sembrada de algas y la camisola empapada le remarcaba el abultado ombligo.
El sol estaba ya alto.
Estefana se arrodilló para ayudarse a ponerse de pie, pero nada más erguirse sintió resbalar algo cálido entre sus muslos: había roto aguas. Era la señal.
Sabía que los dolores comenzarían pronto y que eso era bueno porque el dolor significaba que la criatura empujaba para salir. ¿Cuánto tiempo necesitaría? ¿Unas horas?
¿Un día? Ya había visto morir a una vaca en el caserío porque el ternero venía a la contra.
Fue en ese momento cuando se percató del silencio: en la isla no se oía nada. Ni pájaros, ni voces de animales, ni ningún otro sonido, nada excepto el impetuoso soplo del viento.
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TIERRA
El vendaval era tan violento que a Estefana le pareció que se la iba a llevar por los aires, o, al contrario, que la contenía para frenarle el paso. No era buena cosa aquel viento.
Se encaminó a trompicones por el sendero que conducía a la ermita. Había gallinas picoteando en los alrededores, pero nadie en el huerto. Más arriba, en un montículo, unas cuantas cabras y el macho del rebaño. El rumor de un conejo entre los matorrales.
Tiró de la campana de la portería.
Compasión… Solo tengo quince años.
No acudió nadie a abrir.
Las partículas de ceniza revoloteaban como mariposas de plomo y, en la otra orilla del abra, Garraiçeta aparecía sumida en una humareda espesa. La muchacha vislumbró algunos cuerpos flotando en las aguas del puerto.
Sintió la primera contracción. Sopló despacio una, dos, tres veces.
Un relámpago trazó un garabato en el cielo y enseguida sonó el trueno. La lluvia llegaba demasiado tarde tras la larga sequía.
Incapaz de seguir andando, Estefana penetró en la arboleda. A cierta distancia, en un desnivel, las raíces de un roble enorme sobresalían de la tierra formando una especie de tejadillo. La muchacha tomó abrigo en aquel recoveco.
Sentía la potencia de la tierra llamando a la criatura que estaba a punto de nacer. De rodillas, besó el suelo: —Ama Lur, Madre Tierra, cuna de los vivos y de los muertos, auxíliame.
Y le pareció que la tierra contestaba: «Todavía no».
Recordó el caserío, los bocados de tierra que el señor de Axetorre había obligado a tragar a su familia por no pagar la renta. A ella se la llevaron como prenda para saldar la deuda y fue entregada a Rodrigo.
Más tarde le pareció que la tierra le decía: «Ahora».
Y obedeciendo a su instinto, se puso en cuclillas y asió con todas sus fuerzas una gruesa raíz. Los graznidos de las gaviotas sofocaron sus gritos.
SOBRE LA AUTORA
Miren Agur Meabe (Lekeitio, 1975), autora de una extensa obra, ha sido galardonada con el Premio Euskadi de Literatura Juvenil en tres ocasiones por las obras La casa del acantilado, Un año en el faro y La carretera. Además, logró el Premio Mikel Zarate 2020 por La puerta del mar. También se dedica a la traducción literaria, habiendo obtenido dos veces el Premio Vitoria- Gasteiz de traducción de literatura infantil y juvenil. Otros reconocimientos que ha recibido son el Premio de la Crítica por los poemarios El código de la piel y Espuma en las manos, así como el Premio Nacional de Poesía en 2021 por Cómo guardar ceniza en el pecho, todos ellos escritos originalmente en euskera. Es miembro de número de Euskaltzaindia.
SALITRE
¿Por qué te enfadaste con la abuela? Katalin se atrevió por fin a preguntar a su madre.
—Es una larga historia… Pero ya va siendo hora de contárosla… Acabas de cumplir diecisiete años. Y espero que tú también la entiendas, Gontzal.
Miriam se pasó un pañuelo por la frente para secarse el sudor.
—De todas formas, dejemos eso para luego —propuso a sus hijos—. Ahora tengo que concentrarme en la carretera.
Circulaban por un puerto de montaña y el tráfico era abundante en sentido contrario.
—Falta una hora más o menos para llegar a Garraitzeta —refunfuñó Gontzal, consultando su teléfono.
—Con este calor que te pasas…
—No seáis tan quejicas… ¿Es que no notáis ya el salitre en el aire?
Katalin y Gontzal se miraron, algo hastiados con el optimismo de su madre.
—Y, dicho sea de paso, cachorrillos… —continuó ella—: A nuevos aires, nueva vida. Vamos a hacer un pacto.
—¿Un pacto?
—Sinceridad siempre, pase lo que pase, e intentar solucionar los problemas antes de que se compliquen demasiado.
Katalin se mostró de acuerdo:
—Vale… Hasta una china en el zapato te hace una herida si no te la sacas.
Gontzal no dijo nada.
El chaparrón empezó en cuanto se bajaron del coche. Los recién llegados ofrecieron sus caras a la lluvia, lamiéndose los labios.
Cruz del Viento era una casa magnífica de tres plantas y tejado con buhardilla. Circundada por una verja de hierro, disponía, frente a la fachada, de una explanada similar a una placita, en cuyo centro se alzaba una fuente coronada por la escultura de un centauro vertiendo agua de una copa.
—Tiene encanto ¿no? —comentó Miriam—. Y no está tan destartalada…
—Es preciosa... Aquí hay sitio de sobra para mi piano.
—¿Y este roble gigante? —se entusiasmó Gontzal, agarrándose al tronco para trepar.
Su madre le propinó un manotazo.
—Ni se te ocurra.
El chico, enfurruñado, le dio un puntapié al árbol.
Katalin aprovechó para sugerir:
—¿Nos movemos o qué? Nos estamos calando.
Miriam sacó una llave del interior de una carpeta.
—Me la enviaron de la notaría… Venga, metemos el equipaje y nos organizamos para la noche. El camión de la mudanza no vendrá hasta mañana.
La llave giró fácilmente en la cerradura.