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SolaVillar López

Todos los hombres y mujeres son iguales ante los ojos de Dios (Génesis 1:27). De igualdad habla la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el artículo 11 de la Constitución, etc.

Se trata de un valor superior al que aspiramos, sabedores de lo inalcanzable que es. No somos iguales mires donde mires, mires a quien mires, ni en la bonanza y tampoco en las desgracias. Esta es la triste sensación que me ronda estos días, desde la distancia que me separa de la casita de Arguedas donde Saida El Yousif encontró la muerte a manos de su marido.

Migrante, recién llegada al pueblo, también recién casada, sin otra aspiración que establecerse y traer a su niñita de Marruecos; fue asesinada y, de no ser por su tía, quizás hubiera tardado mucho en saberse del crimen. Solo una persona la echó en falta y, aunque la localidad salió a la calle para manifestar su pena, me queda la impresión de una tibia respuesta ciudadana, de una cobertura periodística floja. No era de las nuestras –ni siquiera la extrema derecha ha gritado exabruptos xenófobos contra el autor de los hechos por ser magrebí. Sospecho que porque la mujer también lo era–. Ese abrazo emocional, el mensaje a las víctimas que tantas veces ha expresado el grito