El hotel más pequeño del mundo está en El Hierro y lo regenta una familia italiana
Ubicado en la isla de El Hierro sobre un angosto promontorio de lava volcánica, este hotelito está reconocido desde 1987 en el libro Guinnes de los Récords como 'El hotel más pequeño del mundo'. En un entorno mágico, cuenta con varios premios turísticos
Erigido sobre una lengua de roca volcánica que se adentra en el Atlántico, se encuentra el hotel más pequeño del mundo. Situado en la villa de Las Puntas (isla de El Hierro), este hermoso refugio parece flotar en mitad del océano. El sonido del vaivén de las olas y de cómo rompen contra las rocas volcánicas, lo convierte en la música natural que envuelve por completo a sus huéspedes.
Al entrar en este minúsculo hotelito, uno tiene la sensación de caminar por la cubierta de un barco anclado en pleno mar, rodeado de una extraña calma que lo abraza y le hace formar parte del paisaje que le rodea. El viajero se percata enseguida de que aquella situación le invitará a vivir una experiencia personal de forma innovadora y creativa que le llevará a remover su yo interior. No en vano, el hospedaje está destinado sólo a adultos. Y un eslogan imaginario de este pequeño hotel podría ser: ¡Encuéntrate aquí!
El edificio fue construido en 1830 sobre un promontorio estrecho de lava para servir como almacén portuario que guardaba vino, higos secos, almendras, aguardiente y agua del Pozo de la Salud, declarado Bien de Utilidad Pública en 1949 por sus propiedades medicinales.
En el siglo XX, la zona creció con la instalación de una grúa para la carga de mercancías y su notoriedad llevó a convertirse en un pequeño hotel restaurando su estructura e integrando el edificio en el paisaje natural usando piedra de lava y madera local. Además, se incluyeron elementos singulares –especialmente navales– en su interior, que impulsan al huésped a imaginar historias que nunca nadie le contó.
Una nueva vida con alma oceánica
Aunque su construcción original se remonta al año 1830, desde 2018 el hotel Puntagrande está gestionado por la familia Nahmias. Oriunda de Italia, esta familia se enamoró a primera vista del enclave durante una visita turística, revitalizándolo y devolviendo al hotel toda su esencia marinera y su espíritu acogedor, con un enfoque sostenible y respetuoso con el entorno natural de El Hierro. Se trata, pues, de un espacio íntimo que se siente como un hogar.
La naturaleza, el silencio y la calidez humana de sus propietarios y empleados se entrelazan para despertar en los visitantes sus emociones más profundas.
El establecimiento ofrece cuatro habitaciones y una suite, todas ellas diseñadas con materiales naturales y con vistas privilegiadas al océano Atlántico que consiguen mantener absortos a los huéspedes gran parte del tiempo.
Cada espacio está decorado con una estética que recuerda el entorno natural y marítimo en el que se encuentran los visitantes. Son llamativas, por ejemplo, unas mesitas fabricadas con cristales recuperados de antiguos navíos. Hasta el agua se gestiona independientemente de la red municipal gracias a un pozo propio.
Entre la decoración de la sala de estar y el restaurante, destaca también una increíble colección de matrículas de barcos internacionales que realizaban la ruta de los alisios, ya que las Islas Canarias fueron un punto estratégico con el país luso. Además, este espacio cuenta con un integrante muy especial: un buzo antiguo con mucha historia de finales del 1800.
En el interior del establecimiento no hay televisión, ya que la verdadera experiencia es la contemplación del mar, la música de las olas, las formaciones rocosas como resultado del camino de la lava, los inolvidables amaneceres y atardeceres de la isla y el disfrute con uno mismo y su acompañante, si es el caso. Su filosofía es la que hace que todos los huéspedes se sientan como en casa: “Visita el lugar como turista, permanece como invitado y parte como amigo”.
Encontrarse a sí mismo
El viajero que parte hacia un destino cercano o remoto, cuya elección resulta arriesgada o caprichosa, por desconocida o tentadora, y donde puede “pasar cualquier cosa” o, cuanto menos, sorprendente para la gente de su entorno, ¿busca algo que le falta sin saber qué es? ¿Le afecta algún conflicto social? ¿Es un inconformista que persigue una meta que aún no sabe dónde está? ¿Está insatisfecho en cómo evoluciona su vida? ¿Va en busca de su otra mitad perdida para incorporarla y así completarse? o ¿Es simplemente infeliz? O lo que es aún más importante: como recomendaba Sócrates ¿quiere conocerse a sí mismo?
Hoy, que casi cada rincón del planeta ha sido explorado, uno de los destinos más excitantes para el buscador del ego perdido no es para conocer al otro, sino para realizar un viaje interior. El hotel más pequeño del mundo puede ser, en este sentido, ideal para practicar el diálogo interno y encontrarse uno mismo. Estar dispuesto a que todo lo que te suceda en ese viaje isleño desconocido te ilumine y te enseñe algo que cambie positivamente tu vida. Como dejar de ser el que te esfuerzas en llegar a ser para convertirte en aquello que realmente eres. Encontrar una nueva identidad (o completarla) en algún lugar del mundo que no sea el tuyo. Desaprender lo aprendido, como afirmaba Herman Hess en Sidharta: “Quien no encaja en el mundo está siempre cerca de encontrarse a sí mismo”.
Desde hace décadas, el hotel más pequeño del mundo ha atraído a viajeros, científicos, artistas, navegantes y personas creativas de todo el mundo, que buscan precisamente silencio, paisaje, autenticidad y una experiencia fuera de lo convencional. Muchas de las historias que han nacido en este rincón marinero –proyectos artísticos, literarios, celebraciones, descansos sosegados, y muy especialmente, introspecciones personales–, han culminado con esa incansable búsqueda de sí mismo.
Hoy en día esta gran pequeñez hotelera constituye todo un símbolo cultural, paisajístico y emocional de la isla de El Hierro y del archipiélago canario, donde el protagonismo absoluto lo tienen el océano, la tranquilidad, y, por supuesto, sus aventureros huéspedes, esos que disfrutan a la manera que decía Chesterton : “Los mejores días son aquellos en los que uno no tiene que ir a ningún lado”.
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