India: de trenes e historias de amor

03.01.2020 | 10:30
En tren hacia Jaisalmer, con un compañero de viaje un tanto especial.

Cuando llegamos nos recibió el ajetreo ruidoso de Old Delhi. El taxi que nos recogió en el aeropuerto nos dejó en una calle, en cualquier calle? aún estaba un poco en shock, así que supuse que era el lugar correcto. Y seguí en shock cuando encontramos a tientas el hotel en el que pasaríamos aquella noche. "¿Aquí?, Dios mío"? Al llegar por primera vez a India, todo causa un poco esa impresión de asombro frente a lo que no estamos acostumbrados, sin embargo es algo que a medida que avanzas y profundizas en el país, se hace natural y llevadero. También te acostumbras, más o menos, al hecho de que no tengan preparada la habitación. Imagino que ese tipo de cosas no pasan cuando viajas en primera clase, claro, pero este viaje no iba a ser de esos; queríamos conocer la verdadera India, mezclarnos con la gente, vivir su día a día, desplazarnos en los famosos tuk-tuk con los que sortearíamos con fortuna vacas, carros con fruta, niños y bicicletas? Nos chirriarían los oídos con las bocinas de los coches, toseríamos con el polvo, caminaríamos bajo la lluvia para llegar a los grandes Palacios de Maharajas y, por supuesto, viajaríamos en sus trenes; trenes quejumbrosos y llenos a rebosar de gente? Así sí, sentiríamos que habíamos estado en India. Aunque la verdad, un viaje a un país como India no se puede hacer en dos semanas. O te llevas a India contigo o tienes que volver. O ambas cosas.

Recordando ahora que escribo esto, supongo que hay un punto central en el viaje, un momento en el que me digo "aquí estoy, esto es India". También recuerdo que hubo un momento que dije: "Mira qué bien, este hombre me ha dado el título del reportaje". Y ese momento sucedió cuando, sentados en una tienda de especias, en medio del mercado de Jodhpur, el dueño del negocio, tras un rato hablándonos de las bondades de esta y aquella especia, nos mencionó que allí mismo, en su tienda, se había rodado una escena de la película Viaje a Darjeeling con Adrien Brody como uno de los protagonistas. Y entonces sonreí y recordé que había visto aquella película. Se lo dije y sacó de algún sitio un álbum de fotos y recuerdos con algunas imágenes del film, con firmas y textos que hacían referencia a técnicos, personajes, director etc. Tenía que volver a verla, me dije. 

Tras aquel curioso encuentro, salimos de allí con un buen puñado de bolsas y paquetes llenos de mezclas de especias que utilizaríamos en casa, que regalaríamos a nuestras madres, que invitaríamos a nuestros amigos? todo a un precio interesante después de haber puesto en práctica ese arte del regateo en el que tan ágiles son los hindúes. "Make me happy", te dicen, "hazme feliz"? Cuando ambas partes cierran el trato sintiéndose felices, es cuando el regateo ha merecido la pena. 

Allá vamos

Si quieres mirar a la cara a ese impresionante país que es India debes, sin duda, viajar en sus trenes. Porque a los hindúes les gusta viajar. Por ello tienen una extensa red de ferrocarriles que cubre todo el país en distancias tan largas que puedes pasarte dos días en un mismo tren. Según algunos datos, la industria de los Ferrocarriles en India emplea a más de un millón y medio de personas, y son alrededor de 12 millones las que utilizan el tren cada día. Y viajan tal cual: en el tren comen, pasean, van al servicio, vuelven a comer, beben té, conversan, vuelven a pasear, se amontonan, se empujan, a veces se gritan, y por supuesto duermen. Y mucho. Y profundamente. Y a pierna suelta. En las posturas y huecos más inverosímiles. Vaya si duermen.

Así que a la mañana siguiente salimos del hotel y pedimos un tuk-tuk. Tras una pequeña odisea con aquel viejo trasto que se quedó sin fuelle en medio de un embotellamiento de esos que son tan comunes en Delhi, conseguimos, no sin muchas dudas, llegar hasta la Estación de New Delhi para coger el tren con destino a Jaisalmer, en la provincia de Rajasthan, donde llegaríamos unas 18 horas después. Tuvimos que esperar casi una hora, cosa que dada la fama, no nos pareció tanto, y al subir al vagón de segunda clase, el sleeper class, no fue difícil encontrar nuestros asientos cerca de la entrada. El vagón en este tipo de trenes se divide en pequeños departamentos en donde se ubican dos asientos largos, uno enfrente del otro; primero van tres o cuatro personas sentadas y a medida que avanza el viaje, cercana ya la noche, se van desocupando para que quienes hacen todo el trayecto puedan utilizar el espacio como literas. De las paredes se despliegan entonces otras dos literas que quedan en un discreto plano durante el día.

Al parecer y a juzgar por algunos pasajeros que ya estaban sentados, el tren venía de una estación anterior. Al coger asiento junto a la ventana, me encontré de frente con un hombre mayor vestido con una túnica de un color naranja pálido algo raído por el tiempo. Su pelo largo y blanco le caía a los lados bajo un turbante del mismo color, y su barba desaliñada terminaba por darle aquel aire santón del típico personaje que acostumbramos a ver en tantas imágenes de la mítica India. En su mano izquierda manejaba las cuentas de un mala, una especie de rosario que utilizan también para rezar, cosa que parecía estar haciendo, pues sus labios se movían sin emitir sonido al tiempo que dejaba la mirada perdida en algún punto al otro lado de la ventana. Miré también afuera; el andén era un hervidero de gente que iba y venía con bolsas de todo tipo y maletas; algunos conversaban sentados en el suelo esperando la llegada de su tren, otros comían, miraban su móvil o cualquier cosa que pudiera llamarles la atención, y es que los indios son además muy curiosos y no dudan en observar detenidamente aquello que es punto de su interés. Generalmente, los extranjeros turistas lo somos. Así que es común encontrarte varias miradas que no te quitan ojo, como si hubieras caído de un platillo volante. Nos olvidamos muchas veces que allí, como en otros destinos, somos nosotros los foráneos, ellos están en su casa.

Pero aquel hombre frente a mi no iba a prestarnos atención mientras durara su viaje; iba inmerso en su propia historia y aparte de comer y dormir, apenas se movió de su asiento.

La tarde iba dando paso al anochecer y en esas largas horas en las que hay tiempo para casi todo, es común entablar conversación con algún compañero o compañera de viaje; con las mujeres resultaba más fácil, sobre todo si iban acompañadas por sus hijos, ya que estos te observan con ojos como platos y es fácil jugar y divertirse un rato con ellos. Así, poco a poco y a medida que los pasajeros de los trayectos cortos dejaban espacios libres, cada cuál iba encontrando su espacio para tumbarse. En mi caso me tocó subirme a una litera de la tercera fila, a dos centímetros de los ventiladores que colgaban del techo. Con una almohada pequeña y con una agradable brisa desde los ventiladores, me tumbé confiando en poder dormir. Pero aquel traqueteo continuo, las luces y la gente que en ocasiones seguía subiendo y bajando del vagón, me distraían más que otra cosa? Por si fuera poco, del pasillo cercano llegaba un desagradable olor desde los lavabos. Sí, estaba en India?. Sin poder dormir, me dediqué a observar y escribir. ¿Qué otra cosa podía hacer?

De palacios y cuentos

Nunca dejará de sorprenderme la imaginación y la grandeza de la mente humana. Su capacidad para crear desde una simple idea hasta un imperio. Lo bueno que tiene no saber qué es lo que vas a ver, es que puede sorprenderte. Y vaya si puedes sorprenderte en India, especialmente al contemplar en la distancia, y con cierta perspectiva, primero la magnificencia y belleza de sus palacios, y después, con un examen más cercano y objetivo, la delicadeza y sensualidad de su arte, su color y sus espacios. "¿Cómo se llama este tipo de arco?". Lo miramos en San Internet: "Arco polilobulado". Benditos sean los arcos polilobulados. Benditos quienes los inventaron y llenaron la arquitectura india de tan sinuosas manifestaciones de amor y belleza. Quien no haya visto nunca de cerca un arco polilobulado no sabe lo que se pierde.

Fue en Jaipur, la bella Jaipur, también llamada la Ciudad Rosa, donde la gigantesca aparición del Fuerte Amber me sedujo por completo. Situado en las montañas, a unos diez kilómetros de la capital, su aparición en lo alto de la colina me dejó asombrada. Yo digo que cuando una construcción tiene esa factura, y en India proliferan lugares así, hay más que técnica y arquitectura, hay más que planificación y matemática? hay algo que traducido al lenguaje común se llama virtuosismo, pero que en un lenguaje divino es amor. Si alguien es capaz de idear y crear tal belleza es porque implícito lleva inscrito un mensaje en honor a la grandeza de la vida. A ese grado de belleza no puede ponérsele nombre, solo cabe contemplarla y sentirse embriagado por ella. 

Una vez dentro vas recorriendo sus innumerables rincones y espacios. Allí se van alternando patios y pasadizos, estancias reales ?dicen las leyendas que sus paredes guardan secretos insospechados?, habitaciones de princesas y concubinas, techos de espejos, salones con hermosos grabados, paredes con vistosos detalles y colores que evocan pasadas épocas en las que la música, los bailes y las recepciones eran comunes cada día. Como un Palacio de cuento de las Mil y Una Noches que al recorrerlo parece querer susurrarte al oído la añoranza de tiempo mejores.

Unos kilómetros más al sur, y a unos ocho de la ciudad, se encuentra otra maravilla digna de elogio. Un lugar fascinante donde quedarse contemplando el horizonte. Un lago en cuyo centro se ubica un precioso palacio del siglo XVIII, el Jal Mahal. De estilo mogol y con un coste inesperadamente elevado, quiso ser copia de otro palacio similar pero aún mayor construido en Udaipur, también en un lago y que hoy alberga las instalaciones de un lujoso hotel. Sin embargo, el Jal Mahal no está habitado, y para disfrutar de su lejana y hermosa silueta conviene visitarlo especialmente tras la temporada de lluvias si se quiere disfrutar del espejismo de ver el edificio flotando sobre las aguas. Bandadas de garzas vuelan por los alrededores y en la orilla vendedores ambulantes, familias y músicos completan el bucólico cuadro del que es difícil desprenderse. 

El mausoleo más bello

Nuestra marcha por la provincia de Rajasthan continuaba a buen ritmo. Ya nos habíamos acostumbrado a la improvisación que supone subirse a un tren en India, a dar mil vueltas de una taquilla a otra intentando comprar los billetes, a cambiar de asiento si la situación lo requería, a levantarse y recorrer uno y otro vagón para hacer más entretenido el viaje, a comer las famosas samosa, una especie de empanadillas muy típicas, rellenas de patata y verduras principalmente; a conversar o gestualizar y sonreír cuando las palabras no nos permitían entendernos? Y así, poco a poco y kilómetro a kilómetro, fuimos avanzando hasta llegar a Uttar Pradesh.

Probablemente, si preguntamos a diez personas por un monumento dedicado al amor que sea mundialmente conocido, casi por unanimidad dirán que el Taj Mahal. Este edificio forma parte del sueño de muchas y muchos, y lo cierto es que es tan hermoso que al verlo aparecer en la distancia con las primeras luces del día, ya te emociona y conquista el corazón. 

Cuando fuimos a visitarlo queríamos ahorrarnos las largas colas de la mañana, así que nos levantamos muy temprano y fuimos los primeros en verlo aparecer a lo lejos, tras la puerta de un recinto amurallado y bajo la húmeda y pesada bruma de la madrugada. Según nos acercábamos, la silueta blanca del edificio iba abriéndose paso entre la niebla. A nuestro lado no tardamos en sentir los primeros clicks de las cámaras de los turistas. 

Y es que tan pronto estás contemplándolo embelesada aquella aparición que ha estado en tu imaginario durante tanto tiempo, como sacando una foto y luego otra y otra, sin cansarte, y todas son perfectas, todas preciosas. Porque el Taj Mahal no tiene un ángulo peor que otro, la simetría de sus proporciones hace que aparezca perfecto desde todas las perspectivas, y a medida que cambia la luz del día, su blanco resplandeciente se tiñe de distintos tonos y brillos, brillos procedentes de las numerosas incrustaciones de piedras como el lapislázuli, el jaspe, la malaquita o la turquesa? Sin lugar a dudas un conjunto sublime inspirado por un amor verdadero.

No hay que tener prisa para recorrer y contemplar este regalo. Hay que destaparlo despacio, descubriendo a cada paso un nuevo ángulo. Hay que fundirse con el paisaje, pasear con calma, escuchar? Los pájaros revolotean ajenos a todo peligro por los numerosos jardines; acompañan a esta bella estampa multitud de pequeñas ardillas, mientras en las ramas de los árboles y también junto al río Yamuna, a espaldas del Mausoleo, los monos deambulan a sus anchas cogiendo lo que encuentran a su paso, a sabiendas de que son los desvergonzados inquilinos de aquel maravilloso enclave que permanece fuera del tiempo.