Javier Otazu Elcano / Delegado de la agencia EFE en Nueva York y excorresponsal en Marruecos

Javier Otazu Elcano: "A Rusia le cuesta admitir que su lugar en el mundo ya fue y no será"

18.03.2022 | 00:55
Otazu posa tras la entrevista en el barrio de Iturrama. Foto: I. Z.

Tras 16 años como delegado de Efe en Rabat, afronta en Nueva York su cuarto destino internacional, desde donde asiste a las discusiones de las potencias en la ONU

pamplona – Sobre Marruecos, Javier Otazu Elcano (Miranda de Arga, 1966) ha publicado dos libros: Marruecos, el extraño vecino y Los tres jaques del Rey de Marruecos. En conjunto, ambos plasman el antes y después de la crisis migratoria en Ceuta. Ahora, Otazu cubre desde la Gran Manzana, tensionada por la pandemia, la guerra en Ucrania y la competencia con China.

¿Cómo ha sido tomarle el pulso a Nueva York?

–Ha sido un cambio radical porque no puede haber dos ciudades más diferentes que Rabat y Nueva York. Una es un pueblo grande, y la otra es esa gran ciudad donde el individuo no importa. Es ese país de libertades frente al otro que te asfixia a veces con control político y social. Nueva York es una ciudad que cambia constantemente. Tienes la impresión de que ya la conoces por todo lo que has leído, por las películas... pero no te puedes engañar y tienes que reconocer que te costará tiempo entenderla. La pandemia ha sido fatal para la ciudad, como para todo el mundo. Han cerrado muchos lugares de ocio, de cultura y ha cambiado la vida de la gente.

¿Cómo ha impactado la tensión y la crisis por la guerra en Ucrania?

–Diría que allí, como en todo el mundo, nadie se creía que esto iba a terminar en una guerra. Así que aún es pronto para medir cómo ha impactado, pero no deja de ser un país en otro continente. De nuevo es una guerra que no se desarrolla en su territorio (en EEUU) como todas las del siglo XX. Y en esta, en la que no hay visos de que Estados Unidos vayan a implicarse militarmente, no hay ese efecto que pueda haber en España, por la presencia de ucranianos, o por el reparto de refugiados.

¿Quizá es una guerra que recuerda más a la Guerra Fría, pero con China como tercer actor?

–Lo del tercer actor es muy importante. A nosotros nos recuerda mucho a la Guerra Fría porque Rusia era la capitana del bloque soviético. Pero no nos engañemos, Rusia es un gigante con pies de barro. Tiene poderío nuclear y militar, pero económicamente, su economía es poco mayor que la española en el peso del PIB. Nadie cree que Putin tenga ninguna posibilidad de resucitar una alianza de peso contra EEUU. Salvo que hablemos de China, que está en cierta ambigüedad. Creo que China está esperando a que se acabe esta crisis para caminar, mucho más tranquilamente que Rusia, hacia un mundo en el que sea el otro poder.

Y eliminar a Rusia de la ecuación.

–Pero eliminarla, digamos, por su propio peso. El otro día lo hablaba con un compañero que cubre la ONU, que es parte de nuestro trabajo, y decía: China y Rusia siempre votan lo mismo en la ONU, pero con una diferencia: Rusia ladra y siempre pega puñetazos en la mesa, mientras que China siempre va a la suya pero sin hacer alharacas, tiene claros sus intereses pero no pasan por una confrontación brutal con Occidente.

¿Rusia es una potencia más escandalosa?

–Tal vez porque le cuesta admitir que su lugar en el mundo ya fue y no será.

Tristemente parece que estamos abocados a estas pugnas de liderazgos como vemos en esta crisis. ¿Ve algún paralelismo entre la forma de Gobierno de Putin y la de Marruecos?

–Es una comparación difícil de calibrar. Hay países y culturas en las que la personalidad del líder imprime mucho carácter a su devenir y actuar en la historia. Y cuando ese país históricamente tiene tentaciones dictatoriales, va donde quiere el líder. Ese es el caso del Putin. Se cargó la apertura que parecía que venía con la Perestroika, pero el país se abrió solo al capital, no se dio una explosión de libertades. En Marruecos sucede lo mismo en el sentido de que el que manda es el rey y su carácter, sus deseos y sus aficiones son las que marcan el ritmo del país. Lo era con su padre y así era con este.

¿Marruecos nos conoce mejor de lo que los conocemos nosotros?

–Sin duda. Este rey, que al llegar al poder trajo unos aires supuestamente aperturistas, pronto se le agotaron y entendió que controlarlo todo era mucho más fácil reinar. Esta crisis con España que nadie veía venir ha sido una decisión del rey y su entorno, sin consultar con la clase política. El segundo libro comienza con un acto en Madrid en la Embajada de Marruecos, donde asistió el Gobierno de España y se chocaban las copas de champán porque Marruecos era el mejor vecino posible. Pues bien, en dos años todo eso ha saltado por los aires. El rey puede dar bandazos políticos, como lo ha hecho con el reconocimiento al Estado de Israel, y nadie se atrevió a criticarle. Las cosas van en una dirección muy clara: menos libertades y más dictadura.

Pero ese pulso lanzado en mayo no es solo contra España sino también contra la Unión Europea.

–A nosotros se nos escapa cómo en Marruecos el Sáhara es una cosa central en su identidad. Siendo un conflicto que para el mundo entero es irrelevante, porque si en España ya tiene poca relevancia, en el resto del mundo ni se conoce que allí haya un conflicto, en Marruecos marca la vida política desde siempre. Le llaman "la causa nacional", y a ella se subordinan todas las demás desde la Marcha Verde de 1975. Ahora lo que quiere ahora es cambiar la política exterior española y que España diga que está con ellos en el tema del Sáhara y se acabó el Polisario.

¿Los intereses de Marruecos en el Sáhara son las riquezas naturales?

–Es más una cuestión territorial y simbólica. Hay riquezas económicas en el suelo y subsuelo, claro, pero tiene más que ver con el potencial de energías verdes (solar y eólica) y la pesca. Pero aunque no hubiera un potencial económico, Marruecos necesita ese trozo de territorio, porque primero duplica el suyo, y hace que su tamaño en África sea el doble, y segundo, porque legitima un discurso que lleva trabajando prácticamente 50 años y sin el cual la Monarquía perdería una buena parte de su legitimidad. Y también es una cuestión de poder en África, y de rivalidad con Argelia. Entre ellos hay un pulso en el Sáhara y el que lo gane demostrará quién tiene más poder en África.

¿Cómo fueron aquellos días de mayo de la crisis migratoria de Ceuta?

–Sucedió algo que no nos esperábamos, que Marruecos de manera tan abierta y descarada lanzase ese órdago migratorio. Esta vez, sencillamente se quitó la careta y reconoció lo que estaba haciendo, y era presionar a España. Siempre he pensado que Marruecos y Turquía tienen un papel muy ingrato, de gendarme de la Unión Europea, y eso no hay dinero que lo pague. Pero utilizar esa arma migratoria de esa forma tan burda fue una gran decepción. De nuevo fue el rey el que lo decidió y nadie, salvo alguna ONG poco conocida, se atrevió a criticarle.

¿Cómo es la situación para los periodistas europeos?

–Desde el día que te das cuenta de que hay líneas rojas que no puedes pasar. Oficialmente son tres: el Rey, el Sáhara y la religión. Pero luego te das cuenta que hay otras que no están tan claras que tienen que ver con el Ejército o la política exterior. Se puede llamar autocensura. Cuando uno va a trabajar a países como Marruecos, China o como Rusia, debe entender que hay una serie de cosas que debe adaptar para poder sobrevivir. Eso significa que tu trabajo está sobre la mesa constantemente, que recibes llamadas de cosas que has escrito que no les han gustado y tienes que tener el pellejo duro para aguantarlo.

Este verano conocimos que entre la lista de dirigentes y periodistas espiados con el software Pegasus estaba el periodista de Ignacio Cembrero, autor del prólogo del segundo libro.

–Un periodista extranjero está espiado en todo momento. Cuando yo llegué al país yo mismo recibí una llamada del CNI para advertirme de que todas mis comunicaciones iban a estar monitoreadas. Fueron a por Cembrero porque tenía mucha presencia en las redes, porque él era El País, pero los demás periodistas estamos bajo constante vigilancia.

Las agencias tienen un papel muy importante para muchos medios porque están en lugares donde otros no pueden llegar. ¿Son valoradas lo suficiente?

–La respuesta es que no. Somos muy invisibles y muy necesarios, pero es una pequeña cura de humildad para el periodista de agencia el saber que nunca seremos conocidos por nuestro nombre, pero hacemos que el ecosistema del periodismo funcione.

"Se nos escapa la importancia del Sáhara para Marruecos, marca la vida política desde la Marcha Verde de 1975"

"Cuando llegué a Marruecos recibí una llamada del CNI para avisarme de que todo lo que hiciera sería controlado"

"En la ONU, Rusia ladra y pega puñetazos en la mesa, mientras China va a la suya sin hacer alharacas"

noticias de noticiasdenavarra