el poder de la monarquía

¿Cuánto influye un rey?

La jubilación de Juan Carlos I y el reinado de Felipe VI reabren la pregunta acerca del grado y el alcance del poder que tiene actualmente la monarquía en España

09.02.2020 | 14:13
Los reyes Felipe VI y Juan Carlos I, juntos durante una exhibición aérea en 2014.

La jubilación de Juan Carlos I y el reinado de Felipe VI reabren la pregunta acerca del grado y el alcance del poder que tiene en la actualidad la monarquía en España.

la monarquía: jefatura dinástica propulsada gracias a una estudiada combinación de adulación y opacidad. Sin ese viento de cola entra en turbulencias. Por eso, como escribió David Trueba, está "asentada sobre la fantasía y el ensueño". Es el precio a pagar por el hecho de que una familia represente y simbolice un Estado. El de una estabilidad frágil, cuyo anclaje está sujeto al comportamiento de unos individuos que viven rodeados de adulación. Un estupendo negocio para la familia y un asunto de Estado que derivó en abdicación cuando la continuidad de Juan Carlos se convirtió en un riesgo para el sistema.

Tan sobreprotegida está la Corona que la persona del rey es inviolable y no está sujeto a responsabilidad. El privilegio constitucional tiene su correlato mediático en forma de toneladas de servilismo que a la postre desconectan a la institución de la realidad. "¿Cuántas declaraciones improvisadas se han publicado o recogido por las cámaras de TV en el reinado de Juan Carlos? Se podrían contar con los dedos de la mano" comentaba Javier Arizaleta en junio de 2011 en este periódico. Ciertamente, el cultivo de la imagen es el alimento de la monarquía, pero a la postre también su colesterol.

LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO Un monarca por definición tiene que durar en el poder. Cuenta para ello con un sistema de propaganda diseñado para tratar de que se admire al rey pero no se delibere sobre el rey. Lejos de responder a la pregunta de cuánto influyen los reyes en la política española (algo se ha escrito ya de la época de Suárez), se ha construido una leyenda de doble eje, casi propia de una cabalgata infantil: tenemos un rey que reina pero no gobierna y no se mete en política, y una deuda intergeneracional de gratitud a sus majestades, por ser garantía de nuestra convivencia. Como si una república en la España de sangre caliente, cainita y guerra civilista fuera un ejercicio de ruleta rusa. Este esquema, fruto de décadas de lluvia fina, funciona aún masivamente. Por tanto, toda apelación republicana al año 31, tan habitual en la izquierda española, alimenta sin pretenderlo el marco anterior, por lo que difícilmente tendrá éxito si no innova.

ABDICACIÓN COMO CORTAFUEGOS Hoy el juancarlismo se va decolorando como toda coyuntura histórica en decadencia. Los monárquicos buscarán un futuro perdón popular. A presente están en otra partida. El rey jubilado, aparte de la preocupación por el lugar que le reservará la historia, comprueba que la monarquía aguanta apuntalada en la figura de su hijo, a excepción de un problema estructural en Catalunya, de centralidad republicana, donde Felipe VI ha alimentado la pretensión de que España progresará tras un escarmiento. Craso error de una institución supuestamente moderadora, crecida ante un republicanismo español durmiente o dormido, que ni se movilizó lo suficiente en la decadencia de Juan Carlos ni ahora tiene gas para confrontar con Felipe VI. A fin de cuentas, el 15-M es hoy un recuerdo lejano, Unidas Podemos bastante tiene con no desangrarse más, y va a gobernar el PSOE, el partido clave para la monarquía. Además, la abdicación, aunque sea en dos tiempos, ha funcionado como cortafuegos para el sistema y le ha hecho un favor a la propia institución monárquica. Una renuncia antes inimaginable quedó allanada desde el momento que un Papa hizo lo propio solo un año antes del anuncio de Juan Carlos. Uno de los puntos débiles de los cargos vitalicios de papas y reyes era el alargamiento de la tercera edad y sus eventuales consecuencias. Ahora ese riesgo político religioso ha quedado solventado y sienta precedente.

MEDIO SIGLO DESPUÉS Juan Carlos se va a punto de cumplirse 50 años de aquella jornada del 22 de julio de 1969 que le convirtió en sucesor de Franco. Y lo hace desplazado, proyectando una soledad que posiblemente le acerca al recuerdo de su padre en sus últimos años. Desaparecido el emérito del primer plano, el actual riesgo para la monarquía es que Felipe VI, de tanto atornillar el 3 de octubre, termine de romper algunas arandelas de sujeción. Así que los monárquicos más sensatos entienden que al rey bien le vienen unos de gobierno socialista, como le ocurrió a su padre con Felipe González. El PSOE se esmerará en contribuir a mejorar la imagen del monarca y si la complicidad funciona volverán aromas de los años ochenta. La cosa es seguir un relato en bucle, dando vueltas a un guion evocador pero tramposo, buscando en el pasado las claves de futuro, pendientes de una reforma de calado que no llega. De momento, el sistema ensaya y profundiza su relevo generacional, en medio de un gran tapón político, entre interminables discusiones de a dónde y cuánto girar la rosca. Pendientes de ese presente inmediato el futuro político español seguirá mirando al pasado, pues ahí se encuentra su máxima zona de confort. Lo seguro es que el día que desaparezcan Juan Carlos de Borbón y Felipe González habrá sendas programaciones de juancarlismo y felipismo en diferido. Serán dos acontecimientos de Estado, especialmente el primero. Un moméntum monárquico de homenaje al ahora rey jubilado y de acompañamiento al actual monarca, en beneficio también de las posibilidades de la princesa heredera, a base de un ceremonial que no quedará a merced del descuido y de un despliegue mediático atronador. Serán los dos últimos grandes actos de la Transición, y la idealización se desbordará. Una vez más.