El fracaso de la vacunación paneuropea

11.04.2021 | 01:43
Ursula von der Leyen

En honor a la verdad, fue la administración Trump la que tuvo la idea de financiar el desarrollo acelerado de vacunas y hacer compras adelantadas para que los norteamericanos fueran los primeros en disponer de ellas en cuanto fueran autorizadas. Es la Operation Warp Speed (OWS), una iniciativa conjunta del Departamento de Salud y el Departamento de Defensa de Estados Unidos con el objetivo de acelerar el proceso de investigación, fabricación y distribución de cientos de millones de dosis del inmunizante. A las empresas que las estaban desarrollando se les ofrecieron fondos federales para acelerar su trabajo, a cambio de una considerable reserva de lotes. Algunas compañías, las más grandes, los rechazaron. Otras, las más pequeñas, los cobraron ávidamente. El resultado ya lo estamos viendo: a día de hoy se han pinchado 200 millones de dosis y una cuarta parte de los norteamericanos están completamente inmunizados. Lo mismo se inocula en hospitales, polideportivos, farmacias, aparcamientos o supermercados. Lo hacen los estados, los municipios, las aseguradoras o por propia iniciativa de los particulares. Te inscribes en una web y te llaman. Algunos comercios hacen descuentos o pequeños regalos a quienes aparecen por su puerta con un certificado de vacunación. Va a ser que la denostada libre iniciativa también funciona en los momentos importantes.

En Europa, para nuestra desgracia, las cosas están siendo muy distintas. La primera iniciativa que surgió para copiar el modelo de la OWS la protagonizaron la pasada primavera cuatro países del continente, Alemania, Francia, Italia y Países Bajos, que llegaron a suscribir un contrato con AstraZeneca para comprar anticipadamente 400 millones de dosis. La Comisión puso el grito en el cielo y asumió el modelo de Trump para el conjunto de los Veintisiete. Elaboró acuerdos de compra con todas las empresas que demostraron tener algo que ofrecer, y a finales de año comenzaron a autorizarse, a ambos lados del Atlántico, los primeros productos, los de Pfizer, Moderna, AstraZeneca y Janssen. La Comisión tenía la intención de distribuir lo que le fuera llegando con un criterio igualitario, según la población de cada país, al mismo ritmo y con idéntica composición. Pero hubo muchos países que quisieron elegir el menú, bien por preferencias de tipo empresarial, bien por razón de precio. Así se desbarató la función rectora de la Comisión en la estrategia de vacunación de los europeos, secuestrados como estamos por las agendas electorales de cada país. A todo esto se unió otro problema. Las vacunas que se están usando emplean tecnologías biológicas que, como el mRNA o los vectores virales, nunca antes se han empleado y fabricado a tan gran escala. Al inicio de los procesos de elaboración se produjeron problemas bastante comprensibles, que trajeron como consecuencia que se incumplieran los plazos y las cantidades que la mayoría de las empresas habían comprometido con las autoridades. Fracaso europeo por dondequiera que lo miremos: no hay industria autóctona que hayan estado en la vanguardia de la investigación, la Comisión no ha sabido gestionar los contratos que firmó, y los países siempre actúan en beneficio de su propia conveniencia. Unamos a esto que toda la cadena de compra, distribución y administración de las vacunas descansa en estructuras públicas, opacas e inerciales, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos. Podremos contemplar así el panorama de un gran fracaso.

La Unión Europea tiene, empero, cosas bien valiosas. Una de ellas es poder disponer de una Agencia Europea del Medicamento (EMA), el organismo autónomo que nos garantiza los niveles de eficacia y seguridad de todos los medicamentos. Trabaja mejor que la FDA, su hermana americana, aunque no suele ser tan rápida. A la EMA le ha tocado examinar los datos de las vacunas antes de ser autorizadas, de manera que sólo se emplean aquellas que cuentan con su autorización, y estas han de ser inoculadas según esté establecido por la compleja investigación clínica que se haya acreditado. Por si no hubiera suficiente inoperancia en la Comisión, hay también países dispuestos a cargarse de lo poco bueno que todavía nos asiste. El espectáculo de cualquier personajillo de dimensión regional decidiendo a qué edades se ha de poner una vacuna, sin atender el criterio de la Agencia, o la decisión de Francia de complementar con una fórmula alternativa la pauta interrumpida de AstraZeneca, que no es otra cosa que un arriesgado experimento con la población. Son de las actitudes más deplorables que se han visto en toda la gestión política pandemia. Y vaya si se han visto cosas.