Navarra vaciada: un éxodo imparable

16.02.2020 | 01:12
José Javier Iribarren, Jesús Ayesa y Nora Fernández observan cómo Ariane Salinas juega en Leatxe.

Azuelo, Piedramillera, Leatxe y Güesa son cuatro de las localidades navarras que más habitantes han perdido en la última década y que ahora corren el riesgo de ser abandonadas si no se frena la despoblación.

N i son pueblos descuidados, ni están aislados, ni en zonas fuertemente atacadas por el desempleo. Sin embargo, la gráfica de habitantes no deja de caer, tanto que muchas localidades navarras afectadas por la despoblación están en riesgo de ser abandonadas en un futuro no muy lejano. Es el caso de Azuelo, Piedramillera, Leatxe y Güesa, cuatro localidades que en la actualidad no superan los 40 censados –los que viven durante el año no llegan a la mitad– y que ellos mismos no ven un futuro muy esperanzador. DIARIO DE NOTICIAS se ha acercado a estas cuatro localidades para hablar con sus vecinos sobre la situación de los pueblos y sobre las causas y las soluciones que puede haber ante este fenómeno, que ya se ha convertido en la preocupación de los gobiernos a nivel global.

azuelo (valle de aguilar)

Ha perdido un 37% de la población en la última década

32 habitantes

En Azuelo hay mas gatos que personas. El municipio se levanta bajo una de las peñas del valle de Aguilar, donde también se erige el Monasterio de San Jorge, de gran atractivo turístico. El acceso al pueblo y al monasterio es bueno tras las obras acometidas por el Gobierno de Navarra hace no mucho. Las casas del pueblo presentan buen aspecto, la mayoría de ellas restauradas y en muy buenas condiciones, al igual que el granero –donde en marzo se celebra el famoso día de la matanza, que congrega en Azuelo a cientos de curiosos– y el lavadero, que dan la bienvenida a la localidad. En la plaza del pueblo, un cartel avisa a todo el que llega de que en Azuelo hay wifi público. "Las condiciones del pueblo tampoco son un problema, la calidad de vida aquí seguramente sea más alta que en muchas ciudades, pero hace falta algo que retenga aquí a la gente porque casa que se cierra ya no se abre", apunta Roberto Crespo, alcalde de la localidad, que cree que las personas se van desplazando hacia las ciudades por comodidad y porque en muchos pueblos "no hay alternativas para socializar en el día a día".

Pero la comodidad de la ciudad y la tendencia global al éxodo a las ciudades hace que pueblos como Azuelo vayan perdiendo habitantes poco a poco: en los 70, casi alcanzaba los 300 habitantes pero unas décadas después los vecinos censados apenas suman más de una treintena. Y los que viven allí todo el año casi se pueden contar con los dedos de las manos. Está situado al oeste de Navarra, a unos 20 kilómetros de Viana, en el Valle de Aguilar, una zona que integra a varios pueblos (Aguilar de Codés, Torralba del Río, Espronceda...) y que cuenta con unos 380 habitantes, una densidad media de personas de 5,49 por kilómetro cuadrado.

Allí, la falta de trabajo y de oportunidades no es un problema. Tampoco lo es la comunicación con núcleos poblacionales más grandes. Y tampoco el estado del pueblo, con la mayoría de casas reformadas y calles bien asfaltadas. Sin embargo, cada vez son más los que deciden abandonar el pueblo y acercarse a las grandes ciudades y las defunciones van siendo más habituales en un pueblo en el que no hay nadie menor de 50 años y que hace años que no llega ningún nuevo vecino.

"El problema no esta en que sean zonas muy aisladas, con pocas salidas, el problema es que no hay vida social, nada que se pueda hacer", comenta Roberto Crespo, alcalde de Azuelo. Para él la figura del "bar de pueblo" es esencial para dar vida a localidades con pocos habitantes: "Al final es un lugar de encuentro entre los vecinos y que sirve para socializar. Sin un bar ya no queda nada que hacer en el día a día. Hay una sociedad del pueblo que está bien gestionada pero no da el mismo servicio que un bar, y tampoco puedes poner a alguien en la barra porque no saldría rentable".

Roberto no es muy optimista y cree que una solución que devuelva la vida a estos pueblos es poco menos que una quimera. Explica que trabajo en la zona hay, y que Logroño y Estella están a media hora en coche, por lo que oportunidades existen, sin embargo en el pueblo no queda nadie menor de 50 años. "Los fines de semana y sobre todo en verano crecen los habitantes y viene gente joven, pero también se está notando que esas llegadas cada vez son menos", apunta el alcalde, que lleva en el cargo 12 años: "Yo lo hago encantado, pero es que tampoco hay nadie más que se presente". Ahora vive en Oion (Álava) y se dedica a la agricultura, una profesión que también, dice, se ha ido abandonando.

piedramillera (tierra estella)

Ha perdido un 38% de la población en la última década

37 habitantes

Fernando Arzoz no suele cruzarse con nadie cuando cada mañana acude a Piedramillera, su pueblo, a trabajar en el campo. Ahora vive con su mujer y sus hijos en Estella y en época de invierno suele ser el único ser vivo de dos patas que deambula por las calles. "La mayoría de días no me cruzo con nadie. En verano cambia la cosa porque viene más gente, sobre todo jóvenes y se nota. Pero ahora en invierno solo hay gatos y algún perro", comenta este agricultor de 44 años nacido en Piedramillera, una localidad de La Berrueza, a unos 18 kilómetros de Estella.

Son 37 los vecinos censados en el pueblo, pero de septiembre a mayo no viven más de 13. Las casas están cerradas y casi todas las persianas, bajadas. El silencio tan solo lo interrumpe el canto de los pájaros y el ruido de la maquinaria de Fernando. A pocos metros de su bajera vive Miguel Ángel García, de 70 años, que es uno de los vecinos con los que, de vez en cuando, se suele juntar Fernando. "Yo he hecho al revés, soy de Estella y me vine a vivir aquí hace tres años con mi mujer para cuidar de mi suegra", relata Miguel Ángel, que constata el descenso de población que se ha vivido en los últimos años: "Antes el sábado y el domingo siempre había partidas de mus en la sociedad, ahora muchos fines de semana ni se abre". Asegura, además, que casi todas las casas están reformadas y que alguna está en venta, pero que no encuentran comprador. "La gente prefiere irse a vivir a sitios más grandes, a Estella o a Pamplona", señala, y añade como posible solución la creación de fábricas en la zona: "No hay un gran problema de trabajo, pero si aquí se hubiesen abierto tres o cuatro fábricas la gente se hubiese quedado. Todos los pueblos de la zona tenemos el mismo problema", comenta.

No obstante, no todo está perdido y sigue habiendo gente que apuesta por la vida rural y por los valores que se promulgan lejos de la contaminación, el ajetreo y el individualismo de las grandes poblaciones. Y también, aunque resulte chocante, esa gente es joven. Jone y Ekaitz son una pareja que llegó a Piedramillera hace tres meses con su hijo Araitz, de dos años de edad. Son de Areso y Leitza, respectivamente, y el haber crecido en pueblos pequeños les ha marcado su forma de entender la vida y esa fue una de las razones que les llevó a elegir esta ubicación para criar a su hijo. "Nos da mucha pena que los pueblos rurales de Navarra se estén despoblando y en parte es porque se fomenta el modelo de vida de las ciudades. Pero a nivel humano y afectivo, la vida en los pueblos no tiene nada que ver", comenta Jone. La pareja ha estado siempre vinculada al mundo de la hostelería y ahora buscan lanzar un proyecto vinculado al entorno rural y al sector servicios en el pueblo. "Estamos muy contentos en Piedramillera. Yo me he criado en un pueblo pequeño y quiero inculcar esos valores a mi hijo. Pero es muy triste porque se habla de la despoblación pero no se dota de recursos a los pueblos que la sufren", sostiene Jone.

leatxe (comarca de sangüesa)

Ha perdido un 43% de su población en la última década

31 habitantes

Ariane Salinas juega a la rayuela con su madre en una plaza vacía. Tiene "5 años y medio para 6" y todavía le cuesta cogerle el tranquillo a las indicaciones que le hace su madre. Pero puede practicar todas las veces que quiera, porque nadie más espera en la cola para saltar a la pata coja encima de los números. Ariane es una de las tres menores de edad que viven en Leatxe, un pueblo de la comarca de Sangüesa situado a 4 kilómetros de Aibar. Allí vive con su padre y con su madre, Nora Fernández, que no le quita el ojo de encima a la pequeña. "Llevamos viviendo aquí doce años y estamos encantados, con el pueblo y con los vecinos", relata Nora, mientras Ariane comenta que en Leatxe "por lo menos hay mil gatos". "Le encantan los gatos, les suele poner nombre y dice que son suyos, aunque son callejeros", apunta entre risas Nora, que añade que pese a no tener más niños de su edad en el pueblo, Ariane está muy contenta viviendo en Leatxe. "Entre semana casi todos los días tiene extraescolares y el fin de semana sí que viene algún crío. Aburrir no nos aburrimos", sostiene. De Leatxe destaca la tranquilidad y la buena relación con el resto de vecinos, aunque apunta que para vivir en un pueblo tan pequeño "el coche es fundamental, lo necesitamos para todo, pero la verdad que no es tan incómodo. Estamos a diez minutos de Sangüesa y a media hora de Pamplona".

Coincidiendo con Nora, José Javier Iribarren, alcalde, y Jesús Ayesa, teniente de alcalde, están encantados con la vida en Leatxe. Sin embargo, crecieron yendo a la escuela del pueblo, cuando lo habitaban decenas de niños y niñas y ahora ven con pena e impotencia como su hogar se va quedando sin gente. "La muerte de varias personas mayores en los últimos años y la salida de una familia de seis miembros ha hecho que haya bajado mucho la población", apunta José Javier, que dice que actualmente están censados 31 habitantes, pero que en el invierno no llegan a veinte, la mitad de ellos, mayores de 75 años.

Reflexionan acerca de cuáles pueden ser las causas que llevan a la gente a abandonar los pueblos. "En nuestro caso no se nos ocurre una razón de peso que no sea la comodidad que puede dar la ciudad, porque aquí trabajo hay de sobra, en el campo y en la industria, el pueblo está bien cuidado, a penas hay casas en ruinas y hay buena comunicación con Sangüesa, y también con Pamplona", explica Jesús. Además, José Javier incide en que los servicios básicos están totalmente cubiertos: "El panadero viene a diario y todas las semanas vienen el pescadero y el carnicero; y el médico una vez por semana para atender a quien lo ha solicitado".

Sin embargo, "la gente se va", apunta el alcalde, que comenta que incluso hay gente que trabajando en la zona se ha trasladado a vivir a Pamplona, tan solo por la comodidad. Pero no todo está perdido, ellos dos han vivido en Leatxe siempre y pese a que la vida en un pueblo no es siempre fácil, valoran la tranquilidad y los beneficios que tiene vivir rodeado del medio natural. "Yo vivo aquí muy a gusto y mis hijas, que ya no son unas niñas, también. La mayor, de 17 años, se apaña el fin de semana para quedar con su cuadrilla y está muy contenta de vivir en Leatxe. Luego puede que salga de aquí, pero creo que la vida en los pueblos hay que valorarla", señala Jesús.

güesa (valle del salazar)

Ha perdido un 29% de la población en la última década

40 habitantes

Luis Iriarte es el alcalde de Güesa, municipio del valle del Salazar que lo integran el pueblo homónimo, Igal y Ripalda. Bueno, el alcalde, el electricista, el carpintero y el responsable de controlar la potabilización del agua y de alguna tarea más. Es su quinto año como primer edil y ya lo fue anteriormente. Vive en Güesa y reconoce que en un pueblo en el que durante el invierno tan solo viven unas cinco personas, dos de ellas sus hijos, de 8 años, es complicado encontrar a alguien que se preocupe del cuidado y el buen funcionamiento de las infraestructuras de la localidad. "Yo lo hago con mucho gusto y creo que es importante que el alcalde sea alguien que viva en el pueblo, porque conoce bien la realidad", apunta.

Luis trabaja en una serrería en el polígono de Iciz, a escasos kilómetros de Güesa. Comenta que en el valle la falta de trabajo sí es una de las causas que obligó a mucha gente a abandonar sus pueblos rumbo a la ciudad y a zonas con mayor industrialización: "En los años 70 se fue mucha gente. Aquí se dedicaban, sobre todo, a la ganadería y a la agricultura, especialmente de patata, pero llegó un día en que ya no era rentable y la gente se fue yendo". Recuerda que, en su niñez, el pueblo albergaba a más de 70 habitantes, había dos tiendas –que además una de ellas hacía de bar–, dos herrerías y una escuela, ahora reconvertida en la sociedad del pueblo. Allí, junto a la puerta de entrada, una placa recuerda a la que fuera maestra de la localidad Camino Oscoz, que fue detenida, torturada y asesinada por las fuerzas sublevadas tras el golpe de Estado del 36. "La sociedad se abre solo los fines de semana, que suelen ser los días que más gente viene. Durante la semana hay poco que hacer, aunque yo nunca me aburro", comenta.

Pese a que todas las casas menos dos están cerradas, todas presentan un buen estado, muchas de ellas reformadas y una actualmente en obras: "No hay viviendas en venta, las que se han podido vender son las que se muere el propietario y sin herederos. La verdad que aunque la gente se fuese hay mucho arraigo con el pueblo y algunos suelen venir muy a menudo". "Es una pena que se vacíen los pueblos, pero es algo que difícilmente se puede revertir. El trabajo es el factor más determinante, pero la vida en los pueblos es dura. Hace falta más previsión para todo y la verdad que no hay ninguna alternativa de ocio", relata Luis. Uno de los que acude frecuentemente es Ángel Iribarren que vivió hasta los 10 años en Güesa y después se marchó con su familia a vivir a Pamplona. "Procuro venir bastante, he seguido muy vinculado al pueblo", comenta Ángel, al que no le quedan muchos años para jubilarse y que no descarta trasladarse a vivir a Güesa de nuevo.

Tanto Luis como Ángel valoran la vida rural y creen que tiene cosas muy buenas que no tiene la vida en la ciudad. "Yo aquí soy feliz. Ya viví unos años en Pamplona pero la tranquilidad que siento aquí no la cambio, aunque haya días en los que no me junte con nadie", señala Luis, que añade que sus hijos, de momento, también están contentos de vivir en Güesa y estudiar en Otsagabia, aunque "habrá que ver cuando se hagan más mayores". Según Ángel, la vida en los pueblos también es importante para el medio ambiente: "En las ciudades es terrible lo que se contamina. Yo procuro ir andando a los sitios siempre que puedo. Pero en los pueblos es diferente, hay mas conciencia de que hay que cuidar el entorno, se trabaja en auzolan, porque sabemos que si no cuidamos la naturaleza nosotros, nadie más lo va a hacer". Cuenta que muchas veces se han realizado limpiezas del río y de los montes, pero que la falta de gente ha hecho que poco a poco vayan desapareciendo, lo que tiene un impacto importante en el medio ambiente.