Mari Cruz, la primera vida que el virus se llevó

28.02.2021 | 19:44
María Pilar Martínez sujeta junto a su marido, José Antonio Sánchez, la foto de su madre, Mari Cruz Aramendía Osés, primera fallecida por la covid-19 de Navarra.

Mari Cruz Aramendía Osés falleció con 87 años el 14 de marzo de 2020 con covid-19, la primera víctima mortal registrada en Navarra. Madre de 3 hijos y abuela de 9 nietos, era una mujer cariñosa, independiente, religiosa y muy amante de su familia.

Mari Cruz Aramendía Osés era una buena persona que sufrió mucho en la vida. "De joven la recuerdo con muchísimo carácter, pero los años te van apaciguando. Era una mujer cariñosa, independiente, habladora, pero a la vez tímida, muy amante de su familia, muy religiosa... Vamos, todo el mundo la apreciaba". Quien así la describe es su hija María Pilar, que pudo acompañarla en sus últimas horas, cuando el bicho había atacado de un modo atroz su ya delicada salud. El mismo día que se anunció el estado de alarma, el sábado 14 de marzo de 2020, Mari Cruz falleció a los 87 años en la planta sexta del antiguo Hospital Virgen del Camino, convirtiéndose en la primera persona con covid-19 que perdía la vida en Navarra. Después de ella, ha habido muchas más; demasiadas, casi 1.100. Su hija María Pilar Martínez Aramendía y su yerno José Antonio Sánchez Cordero, de 57 y 58 años, recuerdan su vida y su final.

Tres grandes pérdidas en su vida

"Cuando mi padre la vio pasar por la calle en Milagro se enamoró"

Mari Cruz nació el 14 de septiembre de 1932 en Milagro. De padre agricultor y madre ama de casa, era la pequeña de 6 hermanos. Con 14 años se quedó sin madre y "en aquellos tiempos –recuerda su hija– casi tenía que llevar ella la casa, porque sus hermanos mayores se habían casado". Con 28 años conoció al que sería su marido: Francisco Javier Martínez, que tenía 10 años más que ella, lo que por aquel entonces se consideraba "un soltero viejo". Natural de Arróniz, había ido a Milagro a visitar a un primo y "cuando la vio pasar por la calle se enamoró de mi madre", relata. Su primo ejerció de celestino organizándoles una cita y, a los siete meses, se casaron.

Entonces, Mari Cruz se fue a vivir con Francisco Javier a casa de su suegra en Arróniz, donde nacieron sus hijas María Ángeles y María Pilar. Aquel traslado supuso un cambio muy importante en la vida de esta milagresa, porque "entonces el carácter ribero con el de Tierra Estella no tenían nada que ver", si bien el cariño y las atenciones de su marido compensaron todo. Cuando estaba embarazada del tercero de sus vástagos, Jesús, se mudaron a la calle río Ega de Pamplona, donde fueron muy felices. "Vivíamos muy bien, pero con tan mala suerte que se muere mi padre al caerse de una obra en un accidente de trabajo". Con 42 años, Mari Cruz se quedó viuda. "A mi madre le ayudó mucho la fe; era muy religiosa. Gracias a la pensión que le quedó no tuvo que trabajar y, después, empezamos a hacerlo los hijos", recuerda. Posteriormente, tanto María Pilar como Jesús se casaron, mientras que María Ángeles se quedó con su madre en la Milagrosa, cuidándola. "Mi hermana la adoraba. Tenía devoción por ella", explica María Pilar, mientras que su marido añade: "Se desvivía. Mi madre solía decir la trata como una reina".

Durante esos años, Mari Cruz disfrutaba enormemente de la gran familia que había creado, de sus nueve nietos, de viajar con su hija, salir e ir de compras, pero cuando parece que "todos estábamos bien, que está todo en calma y quietud, en enero de 2018 le detectaron a María Ángeles un cáncer de pulmón y fue de los fulminantes". Falleció en octubre, con tan solo 57 años. Todo un mazazo para todos. Otra vez Mari Cruz debía decir adiós a un ser querido, pero para entonces "tenía las capacidades mentales un poco mal y no se enteró mucho", afirma María Pilar, quien explica que sufría "una especie de amnesia ocasionada por el trauma que le generó una caída" que sufrió diez años antes, por lo que "se había metido cada vez más en su mundo. Sí que te respondía, te conocía perfectamente, pero como que dejó de hablar". A partir de este golpe, María Pilar se dedicó a cuidarla. Dormía con ella en el piso de Río Ega y luego regresaba a su casa, en Ardoi, para atender a su familia, "sabiendo que era lo mejor para ella".

Así, durante unos 15 meses, hasta que una noche de diciembre de 2019 Mari Cruz se rompió la cadera. "La operaron y nos plantearon que era muy difícil ya tenerla en casa. Nos propusieron llevarla a la residencia Virgen de Jerusalén de Artajona para la recuperación", recuerda María Pilar. Una decisión que, como reconoce, les costó mucho adoptar. Finalmente, ingresó. Pasada la Navidad, la madre de José Antonio,

Magdalena Cordero Garrido, también se cayó y, tras más de un mes en San Juan de Dios, tuvieron que llevarla a una residencia. En este caso, La Milagrosa de Olite. De este modo, "nos encontramos con las dos abuelas en la misma situación".

La última semana

"Me dijeron que el virus había sido rapidísimo"

Entonces, Mari Cruz estaba "muy flojica de salud", pero, como apunta José Antonio, "en la residencia estaba bien. El problema fue que apareció el virus...", y en Artajona "entró a saco". El domingo 8 de marzo María Pilar y su hermano Jesús estuvieron con Mari Cruz. "Tosía un poquico y nos dijeron que si no mejoraba llamarían al médico", relata la hija. Como hacía un día bastante bueno, la sacaron a pasear en silla de ruedas hasta la ermita. "Así como otros días no hablaba tanto, porque estaba como metida en su mundo, aquel día aún nos hablaba. No la vimos mal", reconoce María Pilar. Lo que no sabían es que iba a ser su última conversación.

"El martes me llamó la enfermera y me dijo mira, no parece que va a mejor, la vemos un poco justa. Mañana va a venir el médico de cabecera para que la mire. Luego me llamaron que había ido y que le había dado alguna medicación", narra, mientras apunta que "ya se hablaba del coronavirus, pero te parece que no te va a tocar nunca ese tipo de cosas". El jueves 12 de marzo, de madrugada, volvió a recibir otra llamada avisándole de que llevaban a su madre a Urgencias del Complejo Hospitalario y allí fue: "Entraron con mi madre a triaje, los camilleros sin mascarilla y todo era bastante normal". Una vez atendida, la médico le sorprendió al comunicarle que "no había nada que hacer, que estaba muy grave y que la iban a subir arriba". Mientras lo hacían, María Pilar fue a desayunar, porque llevaba desde las dos de la mañana esperando, y cuando entró, "de repente todos estaban con trajes EPI, que no había visto yo en mi vida, con los gorros, con gafas, con calzas" e intentando explicarse los unos a los otros qué debían hacer. "Pregunté ¿qué tiene? ¿covid? Y me dijeron sí. Entonces, me empezaron a poner calzas, guantes, gafas... Estuvimos allá como tres horas y le pusieron oxígeno".

A media tarde, les trasladaron a la sexta planta del CHN B, y la especialista de Infecciosas "ya me dijo que no había nada que hacer, que tenía los pulmones destrozados, que el virus había sido rapidísimo y que era contagiosísimo, pero a mí aún me dejaron estar con ella bastantes ratos". De hecho, agradece a la doctora que le llamó personalmente para avisarle de que a su madre no le quedaba mucho y que, si quería, podía ir. Así, el sábado 14 de marzo estuvo acompañándola desde las 11.00 hasta pasadas las 20.00 horas con guantes, EPI... Todo. "Te explicaban cómo tenías que quitártelo, antes de salir de la habitación debías llamar al interfono para que estuvieran pendientes..., por eso entiendo que luego ya no dejarían visitas, porque aquello era una historia", afirma. A María Pilar no le aconsejaron estar muchas horas y, finalmente, se marchó a casa. Tras un pequeño paseo por calles ya desiertas, "justo cuando aparcamos y me bajé del coche, sonó el teléfono y me dijeron que mi madre había muerto. Si me quedo una hora más hubiese estado con ella, pero tampoco sabíamos... La sorpresa es que cuando se lo dije a sus nietos, empezaron a llegar tweets de primer fallecimiento de una persona contagiada de coronavirus en Navarra". No sabían que era la primera.

Esa misma noche le informaron de que bajaban el cuerpo al depósito de Virgen del Camino, donde se encargaban de cerrar la caja herméticamente, y al tanatorio solamente acudieron los dos hijos. Ya el lunes, los hijos, nietos y la hermana de José Antonio se reunieron en el cementerio para darle el último adiós. Llovía mucho y, una vez introducida la caja, se despidieron sin saber cuándo volverían a verse. El confinamiento ya había empezado. A ninguno de ellos les hicieron una prueba diagnóstica, a pesar de que al menos un nieto estuvo una semana con fiebre y tos.

Sin las dos abuelas en un mes

Una experiencia todavía peor por los protocolos

Lo que no esperaba esta familia es que justo un mes después estarían despidiendo también a su abuela Magdalena. Una vez comenzado el confinamiento, expone María Pilar, "siempre tuvimos la esperanza de volver a juntarnos. Me acuerdo que aquel fin de semana hicimos un vídeo toda la familia diciendo abuela, que ya iremos a verte, que no sé qué... y el 14 de abril, justo un mes después, me llaman de madrugada de la residencia de Olite que había fallecido su madre".

Una experiencia que, en opinión de José Antonio, ha sido "incluso peor", porque como entonces los protocolos estaban ya más asentados "los aplicaron de una manera inhumana". Con las restricciones impuestas por el estado de alarma, no podía ir a visitar a su madre, Magdalena –que con 88 años hasta ese enero había vivido sola–, y una semana antes de morir le informaron de que estaba "con insuficiencia respiratoria, cardíaca, pero claro, ni si era covid, ni si no era covid. No te preocupes que está respondiendo al tratamiento y a la semana me llaman a las dos de la mañana diciendo que había muerto". José Antonio sostiene que por lo menos su mujer "estuvo hasta unas horas antes con su madre, pero es que yo, ahora mismo, no sé si la que está en el cementerio es mi madre –no la pudo ver, ya que la mandaron de la residencia al cementerio–"; una situación que, recalca, "no me ha pasado a mi solo, creo que les ha pasado a todos los que han aplicado este protocolo. Ha sido lo más duro...". Por ello, considera que "se pasaron con tanta restricción, es que ni tan siquiera poder identificar a tu ser querido...". Al cementerio, en ese momento, sólo podían ir tres personas, pero los operarios finalmente les dejaron pasar a cuatro: "Estuvimos mi hermana, su marido y nosotros dos. Un sacerdote con mascarilla hizo un responso y ni flores, ni nada", señala José Antonio con pesar, lamentando las dificultades que afrontó esta generación que sufrió la guerra y la posguerra: "Les ha tocado una vida cañera y luego un final triste, porque mi madre estuvo más consciente de la situación. Yo le doy vueltas y no quiero ni pensar cómo pasó los últimos días". Tras el pasado verano, celebraron un funeral por las dos.

Respecto a la causa de la muerte de Magdalena, su hijo dice que, según el parte de defunción, fue por "insuficiencia cardíaca y respiratoria", pero él cree que pudo contagiarse: "¿Por qué me aplican el protocolo para no ver al difunto si no se ha muerto de covid?". A pesar de ello, entiende que "en la situación de apuro que tenían entonces en la residencia no se pararan ni a hacerle la prueba" y, de hecho, asegura que en La Milagrosa "mejor no se han podido portar".

Un duelo raro

"Hay que humanizar un poco más el trato"

Y es que, si tras un año de pandemia, con restricciones de movilidad y nuevas costumbres, como las mascarillas o la distancia social, nos ha cambiado la vida a todos, este matrimonio confiesa que sufren mayor cansancio psicológico al haber perdido a sus madres. Ahora, José Antonio desea que "todo esto sirva de experiencia para futuras epidemias", porque "no será la última", y pide "humanizar un poco más el trato y las relaciones entre todos: sanitarios, enfermos...". Aboga por "ser más comprensivos" y "sacrificarnos más por el prójimo", y anhela que "los que tienen que organizar la vida de los ciudadanos aprendan que hay que invertir más en sanidad".

Por su parte, María Pilar se acuerda mucho de las residencias y agradece la labor de sus empleados que, a veces en unas condiciones laborales malas, "han dado la vida y, cuando las familias no han podido visitar a sus abuelos, son los que les han dado cariño, apoyo... Pienso que han sido los que peor lo han pasado". Considera que los ancianos han sido los paganos de esta pandemia, porque, a diferencia de niños o jóvenes, "es un año de vida que no lo recuperan" y, por eso, se alegra al enterarse de que los residentes de Artajona salen de nuevo a pasear.

Como reconoce un emocionado José Antonio, "las dos abuelas nos han dado hasta el final una lección de humildad, de saber estar... pero es triste". Tanto Mari Cruz como Magdalena les inculcaron el cariño por la familia, el gusto por celebrar juntos los cumpleaños y esa cercanía ha hecho que este último año se hayan sentido "un poco más arropados". No obstante, concluye María Pilar, "ha sido un duelo raro. Tengo la sensación de que es algo que ha pasado, que no te has enterado mucho, que te queda pendiente y como que no lo tienes curado", algo que, a su juicio, no pasará "hasta que no se acabe esto".

"Ha sido un duelo raro. Tengo la sensación de que no lo tienes curado y que no lo hará hasta que no se acabe esto"

María Pilar Martínez
Hija de la primera fallecida por covid-19

"Les ha tocado una vida cañera y luego un final triste, porque mi madre estuvo más consciente de la situación"

José Antonio Sánchez
Yerno de la primera fallecida por covid-19

noticias de noticiasdenavarra