'El hijo del acordeonista', amistad en un fuego cruzado de política y violencia
el gayarre acoge hoy y mañana la obra basada en el libro de atxaga Todavía quedan entradas a la venta a precios que oscilan entre los 8 y los 20 euros
pamplona. Fernando Bernués, director del montaje, Mireia Gabilondo, actriz, y el escritor Bernardo Atxaga comparecieron ayer en el Gayarre para ofrecer los detalles de la obra.
Según explicó Bernués, El hijo del acordeonista "es uno de esos proyectos soñados previamente en diferentes versiones y lenguajes que comenzó a tomar forma teatral tras la propuesta formal que nos hicieron desde el Teatro Arriaga. Y es que haber conseguido el apoyo de los teatros municipales de Vitoria, Bilbao y San Sebastián, pertenecientes a grupos políticos diferentes, ha sido clave para conseguir que esta producción viera la luz. En este sentido, creo que los teatros públicos no deben ser solo exhibidores de una oferta sino que deben comprometerse con la parrilla propia". El director de la obra destacó que llegan a Pamplona tras pasar por el Centro Dramático Nacional, "donde hacía 18 años que no se representaba una obra de Euskadi sobre su escenario".
Por su parte, Bernardo Atxaga apuntó tres claves respecto al montaje. "Lo primero es que tanto la novela como el teatro son espacios muy apropiados para hablar de lo que habitualmente no se habla o exponer cuestiones, personales o sociales, que casi nunca afloran. En este sentido, son espacios extraordinariamente necesarios y, desde el principio, han respondido a la necesidad de que las personas que integran la sociedad escucharan cosas que a lo mejor habían sentido pero no expuesto o socializado. Por eso, el teatro, desde sus orígenes, se ha asociado con la catarsis y la liberación. Este objetivo creo que se cumple perfectamente en la puesta en escena de El hijo del acordeonista porque nadie que vaya a ver la obra saldrá indemne; es decir, le afectará". A hilo de la importancia del teatro, el escritor apuntó que "tiene el valor añadido del directo y de las personas, ya que, actualmente, todo lo demás es pantalla".
Atxaga, matizando un discurso perfecto y sentido, apuntó en segundo lugar que "cuando yo escribí la obra tenía una idea general, que en este caso hacía referencia a que en este país se pasó de un mundo antiguo, en el que el arado era romano, las misas en latín y no existía ni Sigmund Freud ni Karl Marx, a otro que se vio extraordinariamente perturbado, primero por la aparición de la política y luego por la forma violenta de actuar políticamente. Yo intenté hablar de ello con El hombre solo,Esos cielos y con esta obra final (El hijo del acordeonista) que cierra el ciclo. Y quise cerrarlo de una forma abierta echando una mirada hacia ese pasado, hacia esa irrupción de la violencia. Y llamo abierta a aquella manera que pretende hablar de las situaciones a partir de los personajes. Es decir, entrar dentro de ellos y describir y expresar a partir de ellos, no partiendo de un idea general. Ahora, esos personajes están sobre el escenario y cobran carne, palabra y voz, de tal forma que el público que vea esta obra lo hará a través de los personajes". Un visión que regresa al pasado para entender el presente y así poder labrar el futuro, aunque, al hilo de esta idea, Atxaga apuntó que "me gustaría ser optimista, pero este tipo de cambios mentales y de ideas son como movimientos geológicos, se producen de forma muy lenta. Y en esa lentitud hacia el cambio esto solo es un grano de arena; pasará un siglo antes de que en esta situación nuestra haya un cambio".
Como colofón, y ahondado en el trasfondo del salto del papel a la escena o al cine, el autor vasco afirmó que "frente a lo que muchos escritores expresan, con una hipocresía enorme, sobre el hecho de que la relación entre un escritor y un director o unos actores es conflictiva o difícil, yo, sinceramente, afirmo que no conozco a ningún autor que haya pasado por la experiencia de verse representado y eso le haya disgustado... Eso es una suerte, es la multiplicación de los panes y los peces. Así que, para mí, ha sido una experiencia muy grata"
La actriz Mireia Gabilondo, por su parte, quiso apuntar la diferencia que existe entre la versión en euskera y la de castellano. Principalmente porque en la versión en euskera, el idioma pasa a ser casi un personaje más. Por este motivo, la compañía Tanttaka ofreció en Madrid dos representaciones en euskera con subtítulos en castellano, "algo que varios críticos agradecieron porque se precisaban mejor situaciones, emociones y la complejidad del momento".
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