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“Para crear una saga tienes que tener un personaje con el que te sientas cómodo”

Tras ‘El verano de los juguetes rotos’ y ‘Los buenos suicidas’, el escritor catalán cierra la trilogía de Héctor Salgado con otra historia de impacto, ‘Los amantes de Hiroshima’

“Para crear una saga tienes que tener un personaje con el que te sientas cómodo”

pamplona - Nuevamente, las peripecias del mosso d’esquadra argentino y vecino de Poble Nou suceden en una Barcelona diferente, la de las calles y los barrios que no suelen aparecer en las guías y apenas pisan los turistas. “Parece que no pueda pasar nada de Diagonal para arriba, pues sí, allí también matamos a gente”, bromea el autor.

¿Qué elementos de los dos libros anteriores, al margen de los personajes, repite en Los amantes de Hiroshima?

-En las dos novelas anteriores había un caso concreto que se investigaba y luego otro que iba en paralelo y que continuaba de una a otra. No se cerraba. En la primera, esa segunda trama tenía que ver con la paliza que Héctor Salgado le daba a Omar, un sospechoso de tráfico de mujeres, y con las consecuencias que esa acción le acarreaba, que es la desaparición de Ruth, su exmujer. En la segunda, se sigue investigando qué diablos le pasó a ella y en esta tercera se resuelve. En resumen, las tres tienen la misma estructura; en las dos primeras había un caso que se resolvía y otro que permanecía abierto y en esta se resuelven los dos.

¿Entonces hay que conocer las otras dos para entender esta?

-No, no, las novelas se pueden leer de manera independiente, aunque, claro, en las primeras páginas de cada novela introduces de una manera más o menos sutil la información que necesitan conocer los lectores. Porque, como es lógico, repiten varios personajes. Están Leire Castro, su jefe, su casera, su hijo... Son personajes secundarios que sirven para fortalecer al principal y para dar más información sobre él sin tener que describirlo.

¿Cómo ha ido evolucionando Héctor Salgado a lo largo de estas peripecias?

-Nunca he contado mucho su histórico, pero hay hechos que tengo claros. Héctor parte de una infancia bastante complicada en Argentina y llega a Barcelona con 19 años para empezar una nueva vida. Enseguida aparece Ruth en su vida y a nivel profesional también pronto decide entrar en los Mossos d’Esquadra. Todo va bien hasta que, como se ve en la primera novela, está muy confundido y hace cosas que nunca antes había hecho, como dar una paliza a un sospechoso. Y le pasan cosas que nunca le habían pasado, como es que le abandone Ruth. Un abandono que, además, es irrevocable, porque le deja por otra mujer. Y no es un tema de prejuicios, es que se queda descolocado. Si a esto le sumamos que la desaparición de ella está relacionada con su actividad policial, se siente profundamente rabioso y culpable.

Pues en la segunda no está mejor.

-Está francamente mal. Ya el título, Los buenos suicidas, no adelanta nada bueno (ríe). En la primera es verano, la segunda sucede unos seis meses después, de hecho arranca la noche de Reyes, y dura un par de semanas. Héctor no consigue dormir, le han apartado del caso de Ruth, como es lógico, y le cuesta disociar la parte personal de la profesional. Está irascible y muy tenso.

Y llega la tercera.

-Que sucede cuatro meses después, ya es primavera. Está deseando cerrar el caso de Ruth desde el punto de vista profesional, pero también personal, porque hay que tener en cuenta que ella ya no era su mujer, ya le dejó antes de desaparecer, y en un momento determinado tiene una conversación con su hijo para decirle que necesita seguir adelante.

¿Y cómo ha cambiado Toni Hill con estas tres novelas?

-Pues yo creo que no he cambiado mucho. Hay circunstancias que sí me han cambiado, claro. Por ejemplo, nunca había estado en Pamplona (ríe), o de pronto te encuentras en festivales como el que estuve en Inglaterra, que se celebró en el hotel en el que apareció Agatha Christie y en el que compartí mesa con Camilla Lackberg y Jo Nesbo, al que admiro mucho. Me han cambiado esas cosas, pero no el resto. Hay que tener en cuenta que todo esto ya me ha cogido mayor, yo sigo trabajando en lo mismo y con mi mismo círculo de gente, aunque quizá un poco más amplio porque he conocido a otros escritores y a periodistas como tú (ríe).

¿Y qué ha experimentado como escritor?

-Hombre, aunque El verano de los juguetes muertos no está mal, si miráramos el texto en sí mismo, hay una evolución entre el primero y el tercero. Una evolución que incluso tiene que ver con la ambición literaria. Internamente, Los amantes de Hiroshima es mucho más compleja, con más capas. En su día, me pareció absurdo que la primera fuera hipercompleja, pero esta sí que tiene varios niveles. De todos modos, no sé si un autor crece novela a novela o en un período de tiempo mucho más amplio o incluso a través de proyectos diferentes. Está claro que estas tres novelas están enmarcadas en una misma línea y de pronto no puedes hacer algo distinto, tipo distopía con Héctor Salgado (ríe).

Más que nada porque los lectores están esperando algo concreto.

-Claro. Y aunque les puedes complicar la vida un poco, no tendría sentido plantarles una novela experimental.

¿Tenía claro desde el principio que iba a crear una saga?

-No, es imposible tenerlo claro. Hay gente que dice que sí, pero yo creo que no, más que nada porque para hacer una serie tiene que haber un éxito que lo justifique, y eso no se puede saber previamente. Me planteé El verano de los juguetes muertos como una novela; de hecho, el final abierto para mí tenía sentido. Durante toda la historia, los personajes principales decían con una cierta condescendencia que rituales como el vudú solo afectan a quienes creen en ellos, y en la vuelta final parece que no es así...

Y la gente quiso más historias de Héctor Salgado.

A partir de ahí, cuando pasó lo que pasó con el libro, me planteé si seguir con el caso de Ruth o hacerla desaparecer y ya está, y pensé que quería resolverlo y entendí que la gente también. Así que decidí que para hacerlo necesitaba dos novelas más. Lo que es cierto es que, como he leído mucha novela negra, me pareció que la idea de crear una serie era maravillosa, pero también sabía que para hacerlo necesitaba tener un personaje con el que me sintiera cómodo y que me pareciera lo suficientemente interesante, con suficiente magnetismo, para protagonizar varias entregas. Y no solo él, sino también su entorno. Hay toda una serie de elementos, de piezas que creas para poder dar al personaje principal numerosas caras, de manera que siga interesando. En definitiva, intenta crear un personaje con el que no aburrirte.

¿Mejor no repetirse?

Es que el primero que tengo que querer seguir con él soy yo, y si no se me ocurre nada interesante que contar y solo voy a repetir clichés, ¿para qué?

¿Habrá otra historia de Héctor Salgado?

-Creo que le veremos otra vez dentro de un tiempo. Como decía la infanta, vamos a tener un cese temporal de la convivencia (ríe). Nos vamos a dar un tiempo, que cada uno haga sus cosas (ríe). He disfrutado mucho con las tres novelas y con esta sufrí mucho, tiene muchos elementos, es muy compleja de arquitectura interna. He empezado a pensar, pero aun no he hecho nada, y no sé qué saldrá. Quiero hacer otra cosa un tiempo y luego retomar a Héctor si es que a la gente le apetece. Y a mí también, claro (ríe). Porque nunca me han gustado mucho las series muy largas, creo que el autor se aburre y se va notando en la calidad de los libros.

Está claro que cuando crea a un detective/policía/periodista cada autor pretende que sea diferente, con características peculiares. En este caso, Héctor Salgado es un mosso d’esquadra argentino...

-Es que nunca fue de otro lado. Cuando empecé a pensar en la primera novela era la época de Larsson, con su periodista, pero me pareció que eso aquí es bastante inverosímil; también se me ocurrió que mi personaje podría ser abogado, pero no me apetecía, así que decidí volver a la policía, que es la que investiga los crímenes en este país, y más concretamente a los Mossos, que hacen esa labor en Cataluña. La policía argentina tiene una historia muy complicada y de ahí le viene a Héctor su difícil relación con la autoridad, que también tiene que ver, claro, con un padre maltratador. Sin embargo, estoy bastante convencido de que tal y como es y viniendo de donde viene, Héctor decidió hacerse policía en aquellos primeros años en que se vendía a los Mossos como un cuerpo distinto, dedicado a ayudar más que a reprimir. Y esa idea le gustó. Por eso agradece no tener que estar ya en primera línea ahora, cuando sus compañeros van a tener que entrar a desalojar la plaza Cataluña de los indignados; si no, igual preferiría estar ocupando la plaza (ríe).

En esta novela, como en las anteriores, refleja los acontecimientos del momento. ¿Es la novela negra la más social de las novelas?

-Se dice mucho, pero yo no lo creo, de hecho me parece un poco absurdo, porque tanto la novela negra como el resto de géneros retratan su sociedad. Utilizo la realidad como fondo; hablar de la primavera de 2011 y no mencionar el 15-M sería ilógico. Yo digo que hago impresionismo, doy una serie de pinceladas a los personajes que tienen que ver con el momento. Aunque es cierto que decidí que la pareja de muertos desapareciera en 2004, porque entonces se celebró el Fórum en Barcelona, que viene a ser algo parecido al aeropuerto de Castellón, un auténtico derroche. Entonces, la ciudad derrochaba y era feliz. Nadie parecía saber la que se nos venía encima.