“Nuestra obra quiere reivindicar la celebración, la cultura, la comunidad frente a la hiperactividad, el exceso de trabajo, el consumo y la velocidad de los tiempos actuales. Lo valioso de la palabra, del teatro y de la música para desarrollar la imaginación, beber de nuestro patrimonio cultural para provocar una catarsis en el espectador y provocar la risa como salvación ante el desánimo. La guerra, la dependencia de nuevas tecnologías, la permanente insatisfacción, el bullying no tienen cabida en un teatro”.
Así presenta la Compañía de Lucas Escobedo su exitoso espectáculo Farra, un cabaret barroco que viaja por el Siglo de Oro, tendiendo puentes con la actualidad, a través de la lucha escénica, la música en directo, el circo, el humor y la magia. “El teatro es nuestra comunidad, que brinda esa posibilidad de reunión, donde nosotros queremos provocar la risa, mover al entusiasmo y además, remover conciencias”, añaden desde este proyecto liderado por Lucas Escobedo.
Será bonito volver a Pamplona, donde hace casi un año celebraron su primer Premio Max.
–Sí, eso es lo mejor. Lo guay es que cuando estábamos allí con el Max ya teníamos esta fecha en el calendario. Era muy bonito saber que volveríamos dentro de un año. Se juntaron muchas celebraciones.
Podríamos decir que la suya fue, junto con la de 'Afanador' y sus taconeos, la celebración más ruidosa y divertida que vimos en la sala de prensa.
–(Ríe) Es que fue el segundo premio de la noche y todavía nos pilló en frío, así que todo estalló. Éramos mucha gente y era la primera vez que ganábamos un Max. Había mucha emoción a flor de piel y la dejamos salir.
Bueno, ‘Farra’ arranca con un “no hay nada que celebrar, hay que celebrarlo todo”, que viene muy al caso.
–Esa idea salió en el proceso de creación, cuando estábamos dándole vueltas a la dramaturgia. No preguntamos: ¿pero la gente en Farra está celebrando algo? Y la respuesta cayó por su propio peso y me dije: es que no hace falta. Y no solo me refería a la obra, sino a la vida. Siempre hay motivos. Siempre parece que esperamos algo más importante o mejor para celebrar. No hay que esperar, hay que celebrarlo todo. Es una frase que nos marca y nos gusta mucho.
En estos tiempos convulsos en los que vamos con prisa, y con la situación geopolítica actual, ¿es el teatro festivo una trinchera, un acto de rebeldía?
–Yo creo que es una trinchera, es rebeldía y es un refugio. Un refugio no solo como un lugar donde resguardarte, sino como un espacio desde el que mirar la vida o volver a ella. Es un lugar donde coger oxígeno para salir y seguir caminando, que es lo que nos toca hacer. A veces, parece que fuera se camina con las armas cargadas. El teatro te invita a lo contrario: a la palabra, a la reflexión y al compartir. Eso es lo que ocurre cuando el Teatro Gayarre se convierte en un espacio compartido. Si fuera resulta tan difícil entregarle algo al otro, el teatro se vuelve un lugar excelente para hacerlo.
De hecho, el humor, la fiesta y la comunidad son las señas de identidad de su trabajo con la compañía.
–El humor y la fiesta son algo que defendemos firmemente. El acto de decidir ir al teatro ya es festivo, independientemente de que sea una comedia, como Farra, o un drama. Por otro lado, el sentido de comunidad nos gusta especialmente. La puesta en escena es muy coral, pero es que la manera de trabajar en la sala de ensayo ya tenía esa coralidad. Claro que hay una dirección mía y una dirección musical de Raquel Molano, y por supuesto que hay responsabilidades individuales, pero prima el sentido de comunidad. Eso es lo que rescatamos: que hoy en día la gente se organice para ir al teatro y formar parte de esa comunidad efímera es una maravilla. Cultivar y mantener estos espacios de reunión, que a veces desaparecen por la vida laboral o las dificultades para conciliar, es un auténtico privilegio.
"Suelo decir que el verso es el circo del teatro: el más difícil todavía de la palabra. Y ese riesgo nos apasiona"
Antes hablábamos de la trinchera. ¿El humor es también una forma de resistencia?
–Yo creo que con alguien con quien te ríes no te peleas. Discutir es una maravilla –algo que ahora se está perdiendo, porque parece que o te ríes o te enemistas–, pero con alguien con quien compartes una risa es imposible pelearse. Eso es muy interesante. Nosotros generamos la risa y esa confianza para, después, hablar de muchas cosas. Intentamos que el público no reciba el mensaje como una ofensa o un posicionamiento dogmático, sino como una conversación en la que ahora nos toca hablar a nosotros. Gracias al humor, la gente escucha. Crea un clima de confianza y relajación desde el que se recibe mejor la creación. Sanchis Sinisterra hablaba de no hacer “teatro para convencidos”, es decir, limitarte a hablarle a la gente que ya está de acuerdo contigo. Eso no tiene gran valor. Nosotros intentamos que quien no suele ir a ver teatro clásico se acerque atraído por el circo y descubra que el clásico le gusta. Y a la inversa: quien no va al circo porque piensa que es infantil o aburrido, venga por el texto clásico y se sorprenda.
En sus espectáculos hay un lenguaje híbrido de varias disciplinas. ¿Las fronteras se diluyen?
–Los cimientos siempre son teatrales; todos venimos de la interpretación actoral y esas son las herramientas que nos permiten pisar la escena. A partir de ahí, nos interesa hacer todo lo posible en directo. La realidad del arte escénico es que ocurre aquí y ahora; la función de hoy nunca es igual a la de mañana porque está viva. Por eso buscamos un elenco que, partiendo de un lenguaje teatral común, domine la música o el circo. Un ejemplo es la escena de mástil chino: el acróbata es al mismo tiempo actor y defiende un monólogo desde ahí arriba. Para mí, como director y como espectador, es un sueño. Alucinas con la dificultad física mientras te están contando una historia en verso. Yo suelo decir que el verso es el circo del teatro: el más difícil todavía de la palabra. Y ese riesgo nos apasiona.
PRESENTACIÓN DEL LIBRO
La compañía presentará el sábado 23 de mayo por la mañana el libro Farra que ha editado la navarra Reikiavik Ediciones. Será a las 12.00h en Antartika Kultur Container (c/ Mayor, 53, Pamplona). "Con la misma editorial hicimos ya el libro de Paüra, nuestro anterior espectáculo. Y cuando estábamos en la creación de Farra, les volvimos a plantear la propuesta. Vinieron a un ensayo y les pareció maravilloso", cuenta Lucas Escobedo. Y sigue: "Y lo de que Iruña (Iriarte) sea escenógrafa para mí es muy importante, porque el libro está concebido como un pequeño objeto de atrezzo del espectáculo. No es un libro cualquiera donde hay letras escritas y ya está, sino que está muy cuidado y con pequeños detalles que cuando hacemos la presentación siempre explicamos". Además, "nos gusta esta defensa de que el teatro también se lee", continúa. Y como Farra es un collage de tantos autores y autoras del Siglo de Oro, junto con textos nuestros y letras de Raquel, textos en prosa, en verso, actuales... Es una oportunidad maravillosa para que el lector o lectora con las notas al pie de página pueda reconocer, pueda ver de dónde viene cada texto, cada pasaje, estos versos de qué obra son, de qué autor son..." Todo esto es "un valor añadido" a la función, concluye el actor, autor y director alicantino.
Percusión, esgrima, malabares, acrobacias... ¿Cómo se cocina el ritmo de un montaje donde los cuerpos nunca se detienen?
–Hay dos pilares claros. El primero es Raquel Molano y la música. En nuestros montajes la música nunca se queda en un segundo plano, ni es un mero acompañamiento o una transición; a veces es el motor inicial y la semilla de la propia dramaturgia. Es una protagonista más. El segundo pilar es el texto clásico. Al ser una coproducción con la Compañía Nacional de Teatro Clásico, teníamos el compromiso y el deseo de trabajar el Siglo de Oro. El reto era evitar compartimentos estancos: no queríamos hacer media hora de verso y media de circo, sino fusionarlos. Exigió un trabajo constante de revisión para asegurar que el verso fluyera y se entendiera. El verso no es el lenguaje coloquial de hoy en día y no queríamos hacer una obra exclusiva para eruditos, sino para todos los públicos. Ahí la música nos ayudó mucho a generar el clima necesario, a bajar el tempo cuando hacía falta o a matizar palabras complejas para que, a través de la interpretación, el mensaje llegara limpio al espectador.
¿Qué ha significado para la compañía ‘ocupar’ espacios y teatros habitualmente reservados al teatro de texto puro?
–Nuestra llegada al Teatro de la Comedia fue una revolución. Nunca se había programado circo allí. A nivel técnico, nos decían que lo que proponíamos era imposible, pero buscamos las maneras de hacerlo posible. Fue tan revulsivo, que el propio personal del INAEM, que no suele pedir invitaciones, desbordó el departamento de protocolo para venir a vernos. Coincidió con la temporada navideña y estuvimos tres semanas. Para nosotros, exhibir tantos días en un espacio de referencia en el centro de Madrid fue un impulso enorme.
"El teatro festivo es una trinchera, es rebeldía y es un refugio. Un lugar donde coger oxígeno para salir y seguir caminando"
También borran las fronteras entre entre públicos, porque sus espectáculos son para todas las edades.
–Eso lo buscamos desde el principio. Queremos que una niña de 8 años, que probablemente no sabe quiénes son Quevedo, Lope o Cervantes, se enganche al espectáculo porque el material visual y rítmico le llega. Con el teatro clásico a veces pasa que la gente se asusta, piensa que se va a aburrir o que no tiene el nivel para entenderlo. Nosotros planteamos que, si el público no lo entiende, el problema no es suyo, sino nuestro; es que el verso está mal dicho o la escena mal montada. En la Comedia fue hermoso ver mezclados en el patio de butacas a alumnos de la Escuela de Circo Carampa con estudiantes de la RESAD y el público habitual de clásico.
¿Es ‘Farra’ el reverso de Paüra? ¿Es la risa la herramienta ideal para abordar temas tan serios como el miedo o la propia existencia?
–Es un análisis excelente. Paüra abordaba el miedo y, aunque seguía siendo una comedia con muchísimo humor, tenía otra atmósfera. Con Farra decidimos volcarnos de lleno en la alegría, la felicidad y la celebración. El espectáculo nace con ese espíritu. Nos mueve una mirada humanista: la firme creencia de que el arte puede transformar vidas y situaciones. De ahí nacieron las ganas de abrir el espacio a la fiesta y de defender esa premisa del principio: ¿Celebrar qué? Todo, y nada en especial.