Crítica

El vestido vampiro

07.02.2020 | 08:16

'in fabric'

Ignoro qué tipo de enseñanzas impartió ayer en Tabakalera este británico de nacimiento llamado Patrick Strickland, el mismo día que presentaba a concurso en la Sección Oficial In Fabric. Pero parece obvio que sus lecciones no serán ortodoxas ni fáciles de digerir. Y es que su universo dista mucho de ser convencional, mucho menos luminoso, porque Patrick Strickland navega con agilidad por las mismas aguas que antes que él surcaron cineastas de la cara oculta que van de Dario Argento a Roman Polanski. Maestro de la perturbación; la insania y el humor negro recorren sus geografías donde, bajo el color saturado del free cinema y la herencia de los siempre cabreados artistas británicos, este agitador forja tratamientos de choque para públicos de retinas como diamantes.

El verdadero protagonista de In Fabric no es ninguno de sus principales personajes, ni siquiera la excelente Marianne Jean-Baptist, por mucho que su papel merezca una ovación. Patrick Strickland, como el Robert Bresson de Al azar de Baltasar (1966), confunde al espectador al atar su cámara al hacer de los personajes humanos. Ellos son el pretexto, el paisaje de fondo. Aquí, una madre de color con un hijo que ya no cumplirá los veinte y que se ha llevado al hogar materno a una novia altamente desagradable, combate su síndrome de soledad, tras un divorcio, buscando nuevo compañero en páginas de contacto.

Aunque los personajes que por aquí transitan resultan magnéticos e inquietantes, el leitmotiv, el cordón umbilical que protagoniza y articula la película es un vestido rojo. Rojo arteria, para ser más precisos. Rojo sediento de sangre y que, como un vampiro voraz, poco a poco acaba poseyendo a sus víctimas. Se cuenta que el primer largometraje que filmó Patrick Strickland se financió con una herencia familiar, dinero que, en su mayor parte, sirvió para costear un rodaje anfetamínico en Rumanía -¿dónde, si no?-, titulado Katalina Varga. Aquel filme le abrió las puertas al culto, algo que redondeó su siguiente obra, Berberian Sound Studio, en este caso manufacturada a la gloria y en recuerdo del giallo italiano. Allí como aquí, hay peso setentero, aunque en esta ocasión se imponen las incrustaciones del terror británico.

Con In Fabric la perplejidad se adueñó del cine en el pase de prensa. No sé qué podrá ocurrir con el público del Kursaal amante de los romances de Darín y enamorado de las proezas de Carlos Armando, según los anteojos de Icíar Bollaín.

Lo innegable es que en In Fabric, con cierto aroma a lo Aki Kaurismäki, se asiste a un depurado ejercicio de cine de terror psicológico. Una falla gigantesca destinada a arder, llena de perturbadoras imágenes que no temen acercarse al ridículo. Con la obsesión del mundo de las rebajas como objeto de caricatura y subrayado, con contrapuntos que algo saben y mucho deben a ciertos procesos del actual arte contemporáneo que suele verse en la Withachapel londinense; In Fabric rompe moldes.

En Sitges hubiera puesto al público en pie y a la crítica a sus pies. En Donostia, en el Zinemaldia, representa una prueba, un test envenenado de hasta dónde será capaz de abrirse el festival, por mucho diseño que se le ponga a su nombre.