Música

Campus musicae

08.02.2020 | 16:29

Orquesta Sinfónica Universidad de Navarra

María José Montiel, mezzosoprano. Eduardo Sandoval, tenor. Ángel Luis Quintana, violonchelo. Borja Quintas, dirección. Programa: obras de Mascagni, Puccini, Thomas, Massenet, Donizetti, Saint-Saens y Bizet. Programación: Museo Universidad de Navarra. Lugar: auditorio del museo. Fecha: 25 de enero de 2019. Público: lleno. Incidencias: concierto a beneficio de la Fundación Columbus, dedicada a la investigación de las enfermedades raras.

Siempre ha habido cierta queja, por parte del estamento musical, del alejamiento entre la alta cultura universitaria y la música. Pocos universitarios son capaces de nombrar algún compositor español del siglo XX, a excepción de Falla o Rodrigo. Por eso es francamente gozoso que, en una universidad, se vayan creando infraestructuras musicales, más allá de las muy especializadas cátedras de investigación musical. En torno al foco cultural Museo Universidad de Navarra se van consolidando muy interesantes iniciativas, entre ellas, la Orquesta Sinfónica Universidad de Navarra, y una programación que, este año, nos llevará de Remacha a Mahler, pasando por el barroco y Juan José Eslava. Todo sea bienvenido. El concierto que hoy nos ocupa es el segundo de esta sinfónica universitaria. La cincuentena larga de componentes -casi en paridad hombres, mujeres- es de rabiosa juventud; y mantiene la fórmula, que se da en otras orquestas juveniles, de incorporar a profesores en atriles puntuales, aquí el concertino (profesor Juan Antonio Mira) y el primer violonchelo (Ángel Luis Quintana, solista de la Nacional). La orquesta se defendió estupendamente en las obras abordadas, y me sorprendió, especialmente, el sonido de la cuerda, que, al fin y al cabo, es lo más peliagudo de una orquesta; sin por ello quitar mérito al resto, maderas, viento metal y percusión, que hicieron unos solos magníficos. El programa estuvo lastrado por la indisposición del tenor Eduardo Sandoval, que por un proceso gripal, tuvo que suspender su actuación tras el titánico esfuerzo de interpretar el aria E lucevan le stelle de la Tosca, donde solo pudo asomar su buen fraseo y tinte dramático. Una pena. Pero no pasa nada, los aficionados estamos acostumbrados a esto. Es el directo. Otra vez será. Lo que sí pudimos disfrutar, ya desde esta aria, fue del magnífico sólo de la clarinetista, con un rubato muy operístico de la introducción. La orquesta demostró su calidad cordal en el conmovedor intermezzo de Cavalería Rusticana de Mascagni: con un sonido denso y ligado, de arco largo y sostenido, con buena afinación, y claridad en el discurso. Y todo el conjunto se va a lucir, también, en unos vibrantes y desinhibidos obertura e intermezzo de la Carmen de Bizet, donde, a mi juicio, el titular de la velada, Borja Quintas, acertó plenamente al imponer un tempo tan ágil y exigente, y ante el que la respuesta de los músicos fue fulgurante. Del mismo modo, la incorporación del tutti orquestal al precioso solo de violonchelo de la Meditación de Massenet, también estuvo lleno de sensibilidad.

Es justo citar, además, las intervenciones del arpa, la flauta, el oboe, el flautín, las trompas -empastadas-, la percusión -nunca estridente-, y los trombones, presentes en el continuo, y base del sonido.

La otra triunfadora de la tarde fue la mezzosoprano María José Montiel, que sacó adelante la parte vocal, con una extraordinaria simpatía y teatralidad. No arriesgó mucho en el repertorio, pero sí lo eligió bien para su actual estado de voz: cálida y carnosa, muy bien asentada en la parte grave, y con muy bellos filados hacia unos agudos en pianísimo que cautivaron al público. Salió con elegante vestuario -mucha tela al incorporar el mantón- y estuvo especialmente sensual en la famosa habanera de Carmen, y en la propina: el tango de Gardel, El día que me quieras, al que se unió el público, a petición de la cantante. La verdad es que la parte más madura de la sala se lo sabía muy bien. Y hasta se unía algún joven universitario.