Música

El mejor Dylan posible

09.02.2020 | 06:12

CONCIERTO DE BOB DYLAN

Fecha: 25/04/2019. Lugar: Navarra Arena. Incidencias: Segunda visita de Bob Dylan a Pamplona. Era el primero de los ocho conciertos que ofrecerá en nuestro país durante este tramo de su Never Ending Tour. Le acompañaron Charlie Sexton en la guitarra, Tony Garnier en el bajo, George Receli en la batería y Donnie Herron en el pedal steel.

El pasado jueves quedará marcado en el calendario de fechas inolvidables de Pamplona. Nos visitaba (por segunda vez) Bob Dylan, uno de los grandes nombres de la historia de la música popular, a la altura de Elvis o The Beatles. Una auténtica leyenda, quizás el último vestigio que nos queda de una época dorada e irrepetible, un mito que sigue viviendo y comportándose según sus propias normas. Su figura, qué duda cabe, ha trascendido de lo estrictamente musical, ahí están su Oscar y su premio Nobel para atestiguarlo. Quizás por eso, a sus conciertos asiste público de todo tipo: desde fanáticos ya talluditos a personas muy jóvenes, desde grandes conocedores de sus vida y milagros a otros que poco conocen de su obra. Cualquier motivo es válido para acercarse a una figura tan global como la de Dylan, aunque uno no sepa bien qué va a encontrar; incluso sus más acérrimos seguidores reconocen que, según en qué épocas, parecía que el propio artista quisiera sabotearse a sí mismo con actuaciones desconcertantes.

No fue ese, desde luego, el caso del concierto de Pamplona. Las críticas de su última gira estaban siendo buenas y, en el Navarra Arena, el artista de Minnesota las confirmó. Efectivamente, no saludó, ni presentó a la banda, ni se dirigió en ningún momento al respetable. No se permitió el acceso a fotógrafos de ningún medio de comunicación. El escenario, como era de esperar, fue sobrio, con siete grandes focos en su parte trasera para iluminar a los músicos (guitarra, bajo, batería y pedal steel acompañaron al piano y la armónica de Bob). El repertorio fue calcado al de sus últimos conciertos, abriendo con la relativamente reciente Things have changed (del año 2000, fue con este tema con el que ganó el Oscar a la mejor canción), seguida de It ain't me, babe, de sus primeros discos de los sesenta. La banda se mostró contundente en Highway 61 revisited, que daba título a uno de sus trabajos más recordados, para volver a relajarse en Simple twist of fate, en la que el piano adquirió más protagonismo. Esos cambios de ritmo fueron constantes durante todo el show y lo dotaron de dinamismo.

Así, por ejemplo, Cry a while estuvo abigarrada de electricidad, cercana a la distorsión, mientras que When I paint my masterpiece, el clásico que escribió para The Band, sonó más tranquila, con inconfundible armónica de Bob. Al margen del su labor instrumental, estuvo muy acertado al cantar. Nunca ha tenido un torrente de voz, de hecho, suele ser citado como ejemplo de artista que, con capacidad vocal limitada, sabe utilizar su exigua garganta para emocionar a la audiencia. En los últimos tiempos, en este apartado cumple con solvencia, más parecido a sus discos clásicos que a sus recientes trabajos de versiones de Sinatra. El público se mostraba satisfecho, especialmente algunos fans repartidos por todo el recinto que se levantaban y aplaudían ostensiblemente al término de cada canción. Estos alcanzaron el delirio cuando su artista predilecto se plantó en mitad del escenario y agarró con firmeza el palo del micro para obsequiar con una valiosa interpretación de Scarlet town.

El único momento de cierta interactuación con la audiencia, si puede considerarse así, llegó en los puentes de Like a Rolling Stone, especialmente ralentizados, que provocaron chillos y aplausos que estallaban definitivamente en el estribillo. Llevaron Early roman kings hacia el blues, e hicieron de Don't think twice, it's all right el momento más desnudo y especial de la velada. El mejor Dylan posible, el que vimos en Pamplona, selló su despedida con Blowin in the wind e It takes a lot to laugh, it takes a train to cry. Inolvidable.