Música clásica

Entremeses

10.10.2020 | 00:29

ORQUESTA SINFÓNICA DE NAVARRA

Dirección: Manuel Hernández-Silva. Programa: Obertura de la ópera Fidelio, de Beethoven. Allegro de la sinfonía 35, Haffner, de Mozart. Presto de la cuarta sinfonía de Mendelssohn. Allegro non troppo de la segunda sinfonía de Brahms. Obertura de Una vida por el zar de Glinka. Allegro con fuoco de la sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak. Lugar: sala principal del Baluarte. Fecha: 3 de octubre de 2020. Público: lleno lo permitido (gratis).

Son tiempos de generosidad por parte de todos, así que la Sinfónica de Navarra nos ofrece, a modo de degustación, y gratuitamente, un adelanto de lo que será su temporada este difícil año. El titular Hernández Silva está pedagógico, explica brevemente el programa, y quiere animar a los espectadores que llenan –hasta lo permitido– el Baluarte, de que asistan a los próximos conciertos. El público se muestra encantado y aplaude, con agradecimiento, los fragmentos elegidos, sobre todo aquellos que inciden en una interpretación fogosa, impetuosa que, en la estética de dirección de Silva, aún parecen adquirir más clamor. De lo mejor de la velada fue, sin duda, el fulgurante comienzo, con la obertura Fidelio, que, desde los rotundos aldabonazos del comienzo, nos hizo ya ensalivar la ópera, en versión concierto, que abrirá la temporada. Se lucen las trompas –un poco destemplas en la primer entrada–, con un solo comprometido y bien solucionado. La orquesta –con 57 de plantilla– suena muy bien, en forma, trasmitiendo el poderío de la obra: una maravilla de liberación desde la profundidad del mal. Seguimos insistiendo en el año Beethoven, y nada mejor que recordar el Fidelio, que, francamente, se programa poco. Mozart suena alegre y optimista, tan oportuno en estas circunstancias, y con una versión fluida. La sinfonía Italiana de Mendelssohn también está cargada de vigor, de la viveza que quiere transmitir el director, por el carácter de danza un poco diabólica –por el revoleo que ocasiona, no por la maldad– de la tarantela en la que se inspira este movimiento. Más complicado, musicalmente, me resultó el trocear la segunda sinfonía de Brahms: se encuentra uno con ese allegro y su frondoso y romántico tema, un poco de repente; y es que, en el sinfonismo de este compositor, creo yo, hay que zambullirse completamente y con espacio y tiempo suficiente; parece contradictorio, pero se me hizo un poco largo. La ópera de Glinca –Una vida por el zar– supuso una apertura a nuevos repertorios para muchos. Y para cerrar el entretenido concierto, la imprescindible, optimista y grandiosa sinfonía del Nuevo Mundo –allegro con fuoco–: la introduce el propio Silva con un negro espiritual a capella, para ambientar el espíritu de la sinfonía, y también las influencias de la música popular americana que, por esas humanísimas coincidencias globales, el propio Dvorak encontró muy parecidas a las vividas en su patria checa natal. Magnífico arranque del movimiento, con potente volumen en la orquesta, que se implica, gozosa. Evocadora, meditativa, y muy bien cantada por el clarinete, la melodía que sigue. El fagot, la flauta, los violonchelos, la trompa, con sus respectivos solos; y las amplias sonoridades del tutti orquestal, configuraron el entramado de la sinfonía tan querida y conocida por un público –había gente joven– que aplaudió, entusiasta.