Maspalomas opta el 28 de febrero a nueve premios Goya, en tres de ellos aparece el nombre de José María Goenaga, director de la película y autor del guión, ambos nominados, junto al apartado de mejor película. Goenaga es uno de los integrantes de Moriarti, junto a Asier Acha, Aitor Arregi, Xabier Berzosa y Jon Garaño, un grupo que nació hace 26 años y que acumula ya 500 premios. El retrato de cómo vive su homosexualidad una persona de la tercera edad, cómo ha de adaptarse a una residencia y su reencuentro con una hija, a la que abandonó para salir del armario 25 años atrás, tiene muchas papeletas para llevarse algún cabezón.
¿Cómo llega a esta historia?
Siempre hablo de la primera vez que fui a Maspalomas en 2016 y el microcosmos que me encontré allí. Me pareció muy interesante y pensé mostrarlo en alguna película, aunque no tenía el tema central. En la misma época leí un artículo en el que se hablaba de la realidad del colectivo LGTBIQ+, que contaba que cuando eran ingresados en residencias para mayores en cierta forma tendían a esconder su condición sexual, y volvían al armario. Me pareció una conducta muy interesante para hablar de mis propios conflictos. Yo, como Vicente, no salí del armario hasta tarde, con más de 30 años. Te pones en la piel de alguien al que al ser de una generación anterior le costó salir y pensar en acabar los días en esa situación me parecía interesante y me proyectaba en esa situación, porque el personaje de Vicente tiene mucho de mí. Yo firmo solo el guión pero todos los Moriarti han participado y he recibido su feedback.
Hay muchos mundos en su película, homosexualidad, amor maduro, la familia, la empatía y saber envejecer, ¿estaba todo en su cabeza cuando comenzó con el guión o fueron apareciendo?
Algunos ángulos surgieron ya en el proceso de escritura, aunque el arranque estaba muy centrado en Vicente y su sexualidad. Pero cuando empecé a interesarme por el mundo de las residencias me encontré con un contexto que por dialogaba con la evolución o involución de nuestro personaje. Te das cuenta que más allá de la homosexualidad, también había otro tema que es la sexualidad entre la gente mayor. Ya lo abordamos en 80 Egunean. La gente te pregunta ‘¿la gente mayor tiene sexo?’. Vivimos muy de espaldas a la sexualidad que tiene la gente mayor. Los trabajadores me contaban que en su día a día se enfrentaban a cuestiones de índole sexual que atañe a los residentes. Es algo que parece que no existe. Los mayores no se masturban, no tienen impulsos sexuales…. En la película hay dos enfermos de alzheimer que se buscan por los pasillos para sobarse. Eso realmente es una historia que me contó una trabajadora social en una residencia de Donosti. Al principio los separaban, pero vieron que había que darle otra solución porque ellos se buscaban. Se juntaron con los hijos de ella, para explicares la situación y decirles que igual había que dejarles un rato solos al día en una habitación. Los hijos flipaban. Después del primer shock dijeron que si. Es un ejemplo de lo diversa que puede ser la sexualidad en la gente mayor. Más allá de lo de Vicente son reflexiones que quería que estuvieran en la película.
La relación con la hija ¿estaba también desde el principio o fue apareciendo?
A partir de que empiezas a construir el relato te planteas que va a haber una hija o un hijo que se hace cargo de él y piensas qué desarrollo darle. Quería que fuese una película en presente, pero al enfrentar a dos personas que llevan 25 años sin hablarse tienes que mostrar lo que ha sido el pasado. El reto era contar, sin contar demasiado, es decir, que no hubiese largas secuencias de diálogo. Buscar el punto justo con pequeños detalles, miradas, poco diálogo para que el espectador intuyera el pasado y marcar una evolución hacia el acercamiento.
¿Cómo trabajó con el protagonista José Ramón Soroiz para que se sumergiera en este mundo?
Ya contactamos con él un año antes de empezar el rodaje. Queríamos que fuese él por lo que hay en su mirada y la inseguridad que transmite. Habíamos trabajado con él en Loreak. Nos juntamos Xabi Berzosa y yo con él y nos encontramos una persona muy agobiada. Se echaba piedras contra su tejado todo el tiempo, nos decía ‘soy disléxico, me cuesta interiorizar el texto, no sé si me canso mucho, no sé si voy a poder estar todas las horas del rodaje’… Le agobiaba mucho el tema de la prensa. Tenía la experiencia de Patria y decía ‘cuando viene la gente de Madrid me hago pequeño’. Le dijimos ‘queremos que seas tú, si no quieres hacer prensa, se llega a un acuerdo y ya está’. Hablamos de la historia, pero no le conté nada en ese primer momento de las secuencias sexuales. Se leyó el guión, le gustó mucho y dijo que se veía capaz de hacerlo pero respecto a las escenas sexuales decía ‘¿es necesario que sean tantas?’ Le mostramos lo importante que era para nosotros y para su personaje. Se tomó un tiempo para pensárselo y había gente que le decía que era una oportunidad. Al final se animó. Cuando entraron las coordinadoras de intimidad ya se relajó mucho porque hablan muy claramente y explicas plano por plano lo que se va a hacer y se ensaya. Lo sorprendente de José Ramón es que se hace muy pequeño, pero cuando dices ‘¡acción!’ lo da todo. Al final se entregó y confió en nosotros. Necesitó un año para interiorizar el texto y fue importante un viaje que hicimos dos meses antes con jefes de equipo a Maspalomas, verlo, conocerlo y dimensionarlo. Ahí se tranquilizó mucho.
Como director, ¿pensó que quizás el sexo que aparece era demasiado explícito para el gran público?
No nos planteamos eso. Tuve miedo pero más por otro lado. Cuando escribes el guión y empiezas a compartirlo te haces vulnerable y te ves expuesto. Cualquier comentario del personaje parece que te lo hacen a ti y sí que estuve entonces un poco revuelto. No es un miedo por la explicitud de las escenas, pero sí de cómo iba a responder el público y si eso me podría afectar personalmente. También tenía miedo por cómo la iba a acoger el colectivo LGTBIQ+. Teníamos claro que esta historia tenía que tener sexo, que se tenía que mostrar y el contraste entre el comienzo y la realidad de la residencia.
También habría que destacar el papel de Nagore Aranburu que se une a una larga lista de muchos actores vascos que están destacando en el panorama nacional…
Yo creo que cada vez el cine español está más descentralizado y hay mucha producción en Cataluña, País Vasco, Galicia, Andalucía... y eso hace que cada vez haya más variedad. Todos estos actores, al hacer películas en euskera, cuentas con ellos, y se han ido conociendo por el gran publico y están ocupando su lugar. Es bonito ver a los actores de siempre, que sabes que son buenos, que den el salto a hacer cine o tv en castellano. Nos ha pasado repetidamente, contar con actores que luego se han hecho conocidos y es muy bonito ver eso.
Como espectador ir a ver una película realizada por el grupo Moriarti es una apuesta segura, pero ¿Cómo es trabajar a 4 , 6 u 8 manos?
Nos lo preguntan mucho y es difícil de contestar porque lo tenemos tan interiorizado que no lo meditas. Aitor dice siempre que es más fácil vivirlo desde dentro que entenderlo desde fuera. Empezamos hace 26 años con cortometrajes y ya había un espíritu colaborativo. En un corto eras ayudante de dirección, en otro director de producción o el script. Luego ya, con documentales o largometrajes, la producción siempre estuvo allí. Es como que has crecido trabajando de esa manera y, con el tiempo, te das cuenta que lo que hacemos es el resultado de la tensión creativa que se produce entre nosotros. Al final el resultado nos representa como grupo. Miro para atrás y me da la sensación que todo lo que hemos hecho en este tiempo tiene una mirada reconocible. Discutes y te enfadas mucho, pero tienes la libertad de decir lo que te dé la gana y eso es siempre muy importante en un proceso creativo. No podría codirigir con otros que no fueran Jon y Aitor, pero es que hemos nacido así.
El premio del boca a boca ya lo ha ganado ‘Maspalomas’, pero ¿esperabais tanta nominación a los Goya?
No. Nunca lo esperas. Cuando estrenas tu película empiezas a cavilar según cómo le ha ido en el estreno. ‘Maspalomas’ estrenamos en Donosti y vi que hubo una buena aceptación, por lo que te haces tus pajas mentales. Pero este año era un año muy potente de películas y no lo veíamos nada claro. Hay cinco nominadas y entonces pensaba ¿estaremos? El académico que vota para los Goya es muy diverso, tanto en gustos como en edades, por lo que fue una sorpresa. Lo más importante en estas cosas siempre es poder estar ahí, estar nominado y alargar la vida de la película y que se hable de ella. Que luego tengas premio o no, obviamente para nuestro ego estaría genial, pero más allá de eso tienes la sensación de misión cumplida.