Toros

El legado de Jandilla continúa

17.04.2022 | 00:31
La ganadería tiene cerradas doce corridas,

Visitamos Don Tello, dos años después de haber compartido una última vez con su gran hacedor antes de que nos dejara nada más comenzar el maldito confinamiento

llegamos a dormir a Mérida. Hace muchos años que no teníamos sol cuando llegábamos a la capital de Extremadura. Siempre estaba oscuro ya que se nos hacía tarde por todos los caminos, así que, por fin, Josetxo puede aprovechar para visitar el hermoso anfiteatro romano, una de las obras cumbres de esta ciudad, capital de la Lusitania romana. Paseo vespertino, cena y a dormir, que al día siguiente toca visitar una de las principales ganaderías del campo bravo. Y así lo hacemos tras el desayuno que toca.

Salimos a ojos cerrados camino del señorío de Don Tello. Los tres conocemos de sobra la ruta, como si ya fuéramos asiduos habitantes de esta pequeña localidad extremeña. Y aún así, vamos en silencio, yo mismo ensimismado en mis recuerdos, y nos pasamos la puerta de entrada, cosa, que me echan en cara, y con razón, porque aviso a la parte delantera del coche a toro pasado. Y es que tengo un nudo en la garganta mientras subimos entre olivos hacia el cortijo. Hoy estaremos con el mayoral de la casa, Ángel, hombre de confianza, y, seguramente quien mejor conoce cada piedra de esta tierra, no en vano lleva aquí desde el mismo día que su madre le trajo al mundo en este hermoso entorno que es este señorío. A última hora Borja Domecq ha tenido que viajar a Jerez a arreglar papeles de herencias. Qué ironía, nos decimos con rabia, nosotros viniendo de estar un montón de días allí, y se cruzan nuestros caminos sin poder vernos.

Dejamos el coche frente a la oficina. El día está limpio. Azul celeste. Se respira paz y se admiran las vistas. Olivos a manta, jalonan todas las hectáreas que nos rodean. Cada vez más espacios de esta gran hacienda agropecuaria están dedicados al oro líquido. Miro a un lado y a otro, y el silencio del campo se hace dueño de todo. Hay perreras nuevas montadas, donde todos aquellos chiquillos, bodegueros la mayoría, corrían felices por doquier no hace tanto. Siento melancolía y sincera añoranza. Y sin pensar en el pasar del tiempo, aprovechando momentos nos quedamos los tres mirando por todos los frentes. Lo mismo hacía la ciudad de Mérida, que no parece tan lejana a la vista, como hacía su contra, donde queda Alange y su pantano.

Llega el bueno de Ángel. Esperarme un minuto, dice mientras entra a la carrera en la oficina. Y al minuto sale para recibirnos. Más vale que he venido a la oficina, comenta, si no aquí os quedáis toda la mañana. No sabes ir a las cuadras, me dice. Pues sí, respondo, pero la cabra tira para el monte, le digo mientras nos montamos en el todoterreno. De todos modos te hubiese llamado si se pasara la hora, comento. Y enseguida vamos al recuerdo del jefe, y de todo lo sucedido desde entonces. Y ambos tragamos saliva varias veces, camino de las tierras donde viven los toros. El conocimiento de esta casa nos obliga a parar el coche en la gran ladera donde los erales vivían como reyes. Decenas de hectáreas convertidas en un nuevo olivar más a añadir al resto, nos deja a las claras donde va la inversión, y por donde debe llegar la rentabilidad de todo. Porque de los toros, si antes era más que difícil, ahora, con todas las pegas que ponen los mandones populistas que nos gobiernan, va a resultar harto complicado. Hablamos de lo imposible que está resultando conseguir trabajadores para todas las tareas que se tienen que hacer. Y es que, el campo no gusta, haya diez parados, o más de tres millones. Por bien que paguen aquí, un 24/7, que era antes y ya no, nadie lo busca, ni lo quiere. Veinticuatro horas, siete días a la semana. Ese es el romanticismo que este animal, como otras muchas explotaciones, necesita. Y hay que ser algo montuno para entenderlo y amarlo. Y no quedan muchos en este mundo actual.

Visitamos todos los corrales. Doce corridas de toros, por ahora, algún novillo para las competiciones de los aspirantes a matadores, y unos cuantos erales para las escuelas taurinas son el bagaje de salida de este año. Así que echaremos la mañana entera, porque hay mucho que visitar. Perfectamente organizados, vamos recorriendo cercado a cercado, viendo todo, desde Valencia, Castellón, Dax, Nimes, Sevilla, Madrid, y un largo sin fin de toros, negros casi todos. Cada puerta que abrimos, y que no cerramos porque este animal no se va de ellos, nos presenta al toro de esta casa. Bajo, fino de cabos, lomos rectos. Esta casa, a contracorriente de lo que las exigencias mastodónticas de este siglo pide hasta en las plazas de pueblo, mantiene el legado de su añorado criador. En todas las ganaderías tienen claro el toro de cada plaza. Y esta no es diferente. Al contrario, lleva al extremo el toro que crean según sus gustos. Un toro noble, preparado para la muleta, y que demuestre su bravura a la par de su calidad.

Llegamos a Pamplona y Ángel me guiña un ojo mientras baja a abrir la cancela y les dice a mis compis de viaje que llegamos a Nimes. Un castaño nos recibe el primero. Tras él un colorado y media docena de negros ocupan el mayor cerrado de la finca. Hace un rato que han corrido, nos dice Ángel, así que los encontramos relajados. No lo han hecho por nosotros, es que les tocaba. Dos días a la semana, cada toro corre por un enorme tauródromo que tienen en lo alto de la finca, y desde donde se divisa casi toda la comarca, Mérida incluida. Los toros dan la talla por sus caras, demostrando, una vez más, que los toros de Pamplona nacen, no se hacen. Y en cuanto a hechuras, son las de esta casa, sin duda. Todos en nuestra tierra hemos oído hablar de Jandilla. Bien porque nos gusten los toros, bien por sus carreras trágicas en el encierro. Y ello es porque esta casa de solera ha triunfado continuamente en la Feria del Toro, siendo una habitual de la misma. Terminamos la visita viendo hermosos toros que irán a las calles. Toros de seis años que se han quedado sin lidia debido a la pandemia. Entre ellos algún espécimen es realmente hermoso. Nos quedamos prendados de un jabonero que dará gusto verlo correr por las calles. Del Levante español, seguro. Era uno de los de Pamplona del año anterior.

Hemos pasado más de tres horas y media viendo una casa que conocemos muy bien, con el recuerdo del amigo Borja siempre presente, porque en cada sitio, en cada piedra blanca del camino está su impronta. Pero ya en manos de su hijo, Borja también, como reza el título de este escrito, el legado continúa. Eso nos llevamos. Y por supuesto, con todo lo visto hasta ahora, satisfechos del trabajo realizado por el veedor de la casa. Eso hay que decirlo. Luego veremos que tienen dentro cada uno. Pero en el campo es donde el sueño de una buena feria empieza. Y la nuestra tiene buena pinta. Confiemos que lo que nos queda mañana no desluzca mis palabras. Lo sabrán la próxima semana.

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