Primer concierto de abono de la Euskadiko Orkestra con un programa excepcional: la oceánica tercera de Mahler. Si la orquesta vasca puede empezar desde semejante altura, es porque hace poco más de un mes, dio, nada menos que la octava, la de los Mil, con los dos orfeones (Pamplonés y Donostiarra) en la Quincena, haciendo una versión que recordaremos siempre. Así que la orquesta esta en plena forma. Antes de sumergirnos en la exigente aventura de interpretación y escucha, por los micrófonos se recuerda a Félix Ayo, el insigne violinista nacido en Sestao, ligado a I Musici, que murió en Roma el pasado 24 de septiembre. A mí, también, me vino al recuerdo Agustín González Acilu, el gran compositor alsasuarra, fallecido en agosto. Seguro que la orquesta le ofrecerá un homenaje en su día.
La Tercera Sinfonía es larga, si, pero es que Mahler vierte en ella –como en otras, también, extensas– una serie de ideas de alta especulación: entre ellas el tiempo como motivo de reflexión y angustia, y su profunda relación con la muerte. Muy comprometida para los músicos, también lo es para el oyente, porque se necesita una disposición especial de escucha y de estima de la obra. Hay que internarse en tanta música y hacer piña con la orquesta. Envolverse con los temas que surgen claros y poderosos (primer y último movimientos, más conocidos) y desbrozar los tramos más puntillosos e inasibles, aunque haya trinos de pájaros y fanfarrias festivas. Para el viaje contamos con la versión clara y tranquila de Treviño. Sin prisa, dejando mucho espacio sonoro a los finales de los solistas –metales–, con las pausas debidas, considerable volumen en los fuertes, y preocupándose de que la cuerda, sobre todo la grave, no se amilanara ante el poderío –inevitable– de viento metal.
Del primer movimiento, muy bien presentado por las trompas empastadas como órgano catedralicio, con las correspondientes respuestas en trombones y trompetas, y la buscada estridencia de la trompeta, me llama la atención la precisión de los solos de trompeta y trombón en el matiz piano; y la carnosidad de sonido en contrabajos y chelos. Al final, Treviño, logra agilidad en le acelerando, a pesar del enorme tonelaje sonoro.
El segundo y tercer movimientos son de temas más dispersos y livianos, algo enredosos y sorpresivos, pegados a los sonidos de la tierra; el director recrea con rubato algún ritardando; en el tercer movimiento resulta exquisita la sonoridad de violines en pianísimo y primer plano, y la trompeta lejana. Los tres últimos movimientos pertenecen al otro mundo. La mezzosoprano Justina Gringyte tiene la voz muy apropiada para el texto. Voz sombreada pero bien timbrada, con volumen y fiato para hacer un fraseo profundo y sagrado, lento, con autoridad trascendente. Las voces blancas –mujeres y coro infantil– de la Coral de Bilbao, cumplieron con su cometido, –(quizás algo más de contundencia en los acentos)– en una partitura no complicada, pero muy corta para redimirse si se falla, y que hay que afinar. Y el famoso adagio final, donde el alma quiere quedarse ya definitivamente. Yendo y viniendo por la tensión –a ratos el sonido quieto– de los excelsos reguladores. Ovación de gala muy merecida por parte del público, que, por cierto, debería haber aguantado sin aplaudir el medio minuto final, otras veces lo ha hecho.
Euskadiko Orkestra
Intérpretes: Justina Gringyte, mezzosoprano. Robert Treviño, dirección. Programa: Tercera sinfonía de Mahler. Ciclo de la orquesta. Fecha y lugar: Baluarte. 3 de octubre de 2023. Incidencias: Casi lleno (38 a 10 €).