El P. Donostia, en su cancionero vasco (v.III, Eusko Ikaskuntza 1994) recoge una canción que cantan en Zugarramurdi (Baztán) y en Bedoña (Mondragón), Zer dire gure egunak (¿Qué son nuestros días?), que termina diciendo : …Akabo da laster gutaz: / Orhoit gaiten hiltziaz (En breve acaba el tiempo / acordémonos de la muerte). Y, desde luego la música (y todas las artes), a través de todos los tiempos y todos los compositores nos la recuerdan, creando sublimes partituras, dolientes, claro, pero, sobre todo de consuelo.
Por esas casualidades de la vida, el concierto que nos ocupa parecía programado para homenajear, desde ese dolor y consuelo, al lehendakari C. Garaikoetxea, fallecido el día anterior, y gran valedor de la Euskadiko Orkestra. Descanse en paz y que “sus ojos extenuados, se adormezcan suave y dichosamente”. Es lo que canta la sobrecogedora aria de la cantata 82 de Bach que abría la velada.
Euskadiko Orkestra
Sophie Harmsen, mezzosoprano. Werner Güra, tenor. Florian Boesch, barítono. Markus Volpert, bajo.
Orfeón Donostiarra. Alexander Liebreich, dirección. Cantata 82 de Bach. Muerte y Transfiguración de R. Strauss. La Primera Noche de Walpurgis de Mendelssohn. Baluarte. 5 de mayo de 2026. Lleno. Se guardó un minuto de silencio en recuerdo del Lehendakari Garaikoetxea, fallecido el día anterior.
Ciñéndonos a la versión musical que hizo A. Liebreich de la cantata, diremos que fue correcta, con la dificultad que siempre entraña Bach para los solistas: el barítono, con exigencia de profundos graves, y el oboe, con obligación de barroco. Creo que, al no ser un ensemble especializado, hubiera sido mejor optar por la cuerda de toda la orquesta; pertenezco a una generación (ya tardía) que tenemos, en vinilo, la Pasión según San Mateo por Karajan: un disparate musicológico para los puristas, es cierto, pero cuyas arias (especialmente la de contralto, no había contratenores), adquirían una intensidad que, a mí personalmente, me gustaría volver a experimentar. Pero, bueno, esto a más de uno le parecerá un disparate.
Cerraba la primera parte, el poema sinfónico con el que Strauss, según sus últimas palabras, experimentó su propia muerte. La versión de Liebreich de Muerte y Transfiguración se abrió más a partir del fortísimo, con buena participación de las maderas, cuerda y metal solistas. Bien los reguladores, sin exagerar el volumen de las cumbres a las que nos llevan.
La Primera Noche de Walpurgis, de Mendelssohn, es una de esas obras que compromete más de lo que parece, sobre todo, a solistas y coro. Es corta, hay que ser impecable porque no puedes enmendar un fallo, e ingrata de lucimiento para solistas. La versión que nos ocupa me pareció de referencia en el coro y la orquesta, con una excelente mezzo, y corrección en el resto de solistas.
Del Orfeón Donostiarra siempre esperamos lo mejor, desde luego, y así fue en la claridad de texto, la precisión, la exactitud y decisión de las entradas en los tramos más staccato, la grandeza, en definitiva del glorioso final. La dirección de Liebreich, estupenda, con una orquesta que siempre respetó a las voces. En la obertura se lucen las trompas. El tenor (W. Güra) abre el texto de Goethe (Mayo se ríe) con el agudo un poco apurado. Decidida estrada de voces blancas con el color luminoso que pide ese Mayo se ríe.
El coro, al completo, se eleva en unos agudos potentes, punzantes, pero nunca chillones. Esa va a ser otra característica de la sonoridad del coro. Los agudos son exigentes, y lo fácil sería chillarlos. Para la intervención de la mezzo, la orquesta hace unos pianísimos magníficos. Sophie Harmsen tiene un color sombreado muy hermoso, y volumen para expandirlo. También el coro, en matiz muy piano, se luce deletreando el texto. El bajo (M. Volpert), defiende con empaque su parte. El barítono (F. Boesch), también con comprometido agudo, plantea el grandioso tema final de la victoria de La Luz. Un concierto con tres mundos musicales tan distintos y, sin embargo, hilvanados por cierta emoción compartida por todos.