¿Qué se siente bajo un bombardeo, refugiado en una estación de metro, junto a tus vecinos, que posiblemente te denunciarán por tus ideas? ¿Y huyendo por una carretera mientras la armada alemana y los aviones italianos exterminan a heridos, ancianas y niñas y niños? ¿Y qué se siente tomando la decisión de arrasar Gernika? ¿Cómo se vive en una trinchera a la espera de la muerte? ¿Qué es un ‘paseo’? ¿Y el terror? Son algunas de las preguntas que se hace 1936, el montaje del Centro Dramático Nacional, Check-In Producciones y El Terrat que llegará este viernes, 28 de febrero, al Teatro Gayarre, donde también se podrá ver el sábado y el domingo. No quedan entradas.
Cuatro dramaturgos –Albert Boronat, Juan Cavestany, Andrés Lima y Juan Mayorga– son los autores de esta propuesta de teatro documento que dirige Lima e interpretan Antonio Durán ‘Morris’, Alba Flores, Natalia Hernández, María Morales, Paco Ochoa, Blanca Portillo, Juan Vinuesa y Guillermo Toledo. Este último charló con este periódico sobre lo que pretende este proyecto que, pese a su duración, “pasa muy rápido”. “Andrés tiene clarísimo que el teatro tiene que ser divertido”, dice.
Iba a llamarle Willy, pero quizá es un apelativo más para los íntimos...
–Como quieras. Me llaman de todo, también cosas peores...
Gracias por atendernos porque entiendo que su confianza en los medios de comunicación no es que esté en plena forma.
–No lo está ni lo ha estado nunca. Espero que llegue a estarlo en algún momento, que la cosa mejore, pero me temo que la desconfianza en los medios de comunicación es bastante general. Esta situación solo contribuye a construir una sociedad absolutamente enferma, despistada, desorientada, que es el objetivo final de aquellos que permiten y promocionan la mentira, la tergiversación, las falsas verdades... Quieren construir una sociedad absolutamente desnortada, sin rumbo, que no sepa dónde está el bien, dónde está el mal, quiénes mienten, quiénes dicen la verdad. Los medios tienen muy bien merecida esa desconfianza.
Estoy de acuerdo.
–Los medios de comunicación optan por dos vías. Una, que es presionar a las periodistas para que digan lo que ellos quieren que digan, y la otra, que consiste en contratar a aquellas personas que ya saben de antemano que van a decir lo que ellos quieren que digan. Me acuerdo de una polémica que tuve con Risto Mejide, que me soltó ‘a mí nadie me dice lo que tengo que decir”. Y yo le respondí, ‘claro, es que tú eres de esos ejemplos en los que te contratan porque ya saben que tu discurso es el hegemónico y que no te vas a salir de esos márgenes que te proporciona quien te contrata. Lo triste, y conozco casos de amigos a los que les ha pasado, es que esos periodistas honestos, los de verdad, rigurosos, acaban siendo apartados en las redacciones.
Se castiga ir a contracorriente.
–Sí, porque esto pasa en todos los ámbitos. Los trabajadores que luchan por sus derechos y los de sus compañeros también acaban siendo apartados, cuando no despedidos directamente. Hemos construido un mundo en el que la mentira, la falsedad, ser un trepa, un mediocre, un inculto y un faltón es lo que se valora para llegar arriba. Y en los partidos políticos pasa lo mismo.
Antes de entrar en la obra ‘1936’, pero directamente relacionado con la memoria histórica, hace unos meses, un juez admitió a trámite una querella de Abogados Cristianos contra Héctor de Miguel ‘Quequé’ por decir en su programa, ‘Hora veintipico’, que había que volar por los aires el Valle de los Caídos. Parece que en determinadas instituciones hay opiniones que todavía resultan imperdonables.
–Primero, suscribo las afirmaciones del señor Héctor de Miguel. Hay que volar el Valle de los Caídos. Dicho esto, fíjate, a los actores nos dicen muchas veces que no debemos meternos en política; cuando, en realidad, lo que quieren decir es que podemos meternos en política siempre y cuando tengamos la misma opinión que tienen ellos. Porque hay actores y actrices de derechas que dan su opinión y no han tenido nunca ningún ninguna represalia, sino, muchas veces, un premio.
¿Como por ejemplo?
–Por ejemplo, Quique San Francisco, que era un señor de camisa azul y brazo en alto, o sea, un franquista de arriba abajo, y nunca tuvo ningún problema con sus opiniones. Todo lo contrario, le han puesto su nombre a un teatro en Madrid y no es por su gran contribución teatral en los últimos 20 años. Pero, como era un señor muy de derechas, a nadie le importaba que diera su opinión. Es esa doble vara de medir. Cuando alguien dice algo dentro del margen hegemónico de opinión que existe en el mundo capitalista, solo recibe aplausos y bendiciones y premios, pero cuando lo que hacemos es atacar al sistema y a los poderosos, a la banca... Ya es otra cosa.
¿Habla de las empresas de producción?
–En nuestro caso, por ejemplo, también tenemos nuestra patronal, que es la Fapae, Federación de Productores de Televisión y de Cine. Sufres las consecuencias cuando los atacas y denuncias sus corruptelas y la explotación laboral a la que están sometidos los trabajadores del cine, que es realmente brutal y escalofriante.
"En el último texto de la Ley de Memoria Democrática, se pronuncia setenta y pico veces la palabra ‘víctimas’ y ni una sola vez la palabra ‘verdugos"
Volviendo al comentario de Quequé, aquí, en Pamplona, hay decepción en parte de la ciudadanía que defendía tirar el monumento a los caídos, el segundo más grande del Estado, y parece que el Ayuntamiento no lo va a hacer.
–¿El Ayuntamiento ha dado marcha atrás? En estos temas reconozco mis contradicciones y, en este caso en particular, no tengo una opinión clara porque me falta información, pero sí diría que no me parece mal resignificar los espacios. Sería como han hecho en Argentina con la ESMA, la escuela militar donde se torturó a miles de personas. Han conservado el edificio, le han dado la vuelta y han construido un museo de la memoria. Eso no me parece mal, incluso me parece hasta bien, porque, de alguna manera, derribar estos monumentos es como decir ‘aquí no ha pasado nada’, que es lo que hicieron, por ejemplo, con la cárcel de Carabanchel. Todas las organizaciones memorialistas pedían que no se derribara porque era parte fundamental de la memoria histórica reciente de este país, y lo que se pretendía era resignificar al espacio. Pero decidieron ir y derrumbarla con nocturnidad y alevosía, lo que es una manera de decir ‘esto no ha existido’. Insisto, tengo mis contradicciones; por un lado, quiero derribar el Valle de los Caídos, y, por otro lado, creo que de alguna manera es un acto de borrar el pasado.
Hablando de la obra, ¿romper el silencio sobre el golpe del 36, la posguerra y la dictadura es su principal propósito?
–Sí. Dice Emilio Silva, presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, que, desde el 18 de julio del 36 hasta el 20 de noviembre de 1975, o sea, la guerra y la dictadura, el silenciamiento ha sido política de Estado. Prácticamente al día siguiente de la muerte de Franco, en los pueblos, muchas familias empezaron a exhumar los restos de los suyos, enterrados en fosas comunes. Se hicieron bastante exhumaciones, de manera privada, por supuesto. Y cuando Felipe González llegó al Gobierno en 1982, decidió que aquello tenía que parar. Hasta el punto de que, entre ese año y los primeros 2000 no se produjo ni una sola exhumación en todo el Estado español. Por orden del poder. Por eso creo que es obligación de todo el mundo recuperar esa memoria histórica, combatir ese silenciamiento obligado y esas políticas de que ‘aquí no pasó nada’, porque en los colegios no se estudia y en los institutos, prácticamente nada.
Sí que se ha avanzado en la última década, también con legislación específica.
–Sí, pero las leyes que se han aprobado son absolutamente insuficientes. Denuncia la Asociación que, en el último texto de la Ley de Memoria Democrática, se pronuncia setenta y pico veces la palabra ‘víctimas’ y ni una sola vez la palabra ‘verdugos’. O sea, lo que hemos conseguido después de 50 años de muerto el genocida es reconocer a las víctimas. Oiga, muchas gracias, ya era hora. Pero, todavía, a día de hoy seguimos sin señalar a los verdugos. Al contrario que otros países a los que miramos por encima del hombro, como repúblicas bananeras, como Honduras, Argentina, Chile o Guatemala, que han redactado leyes de memoria y reparación. Hay museos de la memoria en Argentina, el general Videla murió en la cárcel, hubo juicios y condenas. El Estado español es el segundo del mundo con el mayor número de personas desaparecidas en fosas comunes después de Camboya.
¿Y cómo denunciar todas estas situaciones desde el teatro?
–Desde que, a principios de los 90, fundamos Animalario, siempre hemos tenido muy claro que el teatro es un arte político y que nuestra obligación como artistas es comprometernos con el tiempo histórico que nos ha tocado vivir. Y así lo hicimos siempre. Ahora la compañía ya no existe, pero más o menos seguimos trabajando los mismos, y pensamos igual. Por eso hicimos Shock 1, Shock 2 y, ahora, 1936, que podría llamarse Shock 3, el shock español, que es la guerra civil. Desde nuestra posición, hacemos lo que podemos, que, en este caso, es utilizar nuestro arte para implicarnos en cosas que pasaron en los años 30, 40, 50..., pero que todavía hoy se pueden sentir y ver claramente.
¿En que se notan?
–Las consecuencias de todas aquellas décadas de represión fascista se pueden ver a día de hoy todavía en la sociedad, en las leyes y en el funcionamiento de eso que llaman la democracia española. Y si en un programa de radio dices, como Quequé, que hay que volar por los aires el Valle de los Caídos, que es un símbolo fascista, te comes un marrón de denuncias, de ir a juicio...
A esas asociaciones, caso de Abogados Cristianos, nunca se las denuncia por abuso de derecho.
–Yo tengo ya tres denuncias de estos mismos, y, a la próxima, vamos a denunciarlos a ellos por acoso, porque se les permite todo. Ellos saben perfectamente quiénes son sus jueces y sus juezas y cuándo están de guardia para presentar sus denuncias y que se las tramiten, aunque sean absolutamente delirantes, como las que he tenido yo y tanta otra gente. Decenas de personas hemos tenido que emplear tiempo y dinero en defender nuestro derecho a cagarnos en Dios, a pasear un coño en un carnaval, a decir un chiste, y esto es consecuencia directa de que el franquismo sociológico continúa más vivo que nunca. Probablemente incluso está rejuveneciendo en los últimos años.
¿Por eso es tan importante hacer ‘1936’ ahora?
–Sí, primero, por el mero ejercicio de memoria sobre nuestro pasado más reciente y, luego, por las implicaciones que ese tiempo está teniendo en la actualidad. Todos esos discursos que sacamos en la función, del general Mola, del general Yagüe, de Queipo de Llano, del obispo Gomá, que nos suenan absolutamente escalofriantes, los estamos volviendo a escuchar hoy en día en los medios de comunicación, en los partidos políticos, en los parlamentos... Hasta el punto de que esta nueva internacional ultrarreaccionaria ya tiene a Argentina, Perú, Estados Unidos... En fin, que el fascismo puro y duro está creciendo nuevamente. Tenían en sus armarios la camisa azul, las camisas pardas alemanas, o las camisas negras fascistas, pero nunca se deshicieron de ellas. Es más, ahora se las están volviendo a poner. Y va Elon Musk no se corta y hace el saludo nazi en un acto que sabe que va a ver el planeta entero. Así que 1936 va de que no olvidemos nuestro pasado más reciente, pero, sobre todo, de que tenemos que estar alerta porque está aquí otra vez.
¿Cómo ha sido transitar por esos personajes que interpretas en la obra, casos de Alfonso XIII, el sanguinario general Yagüe y otros?
–También hago del general republicano Miaja, responsable de la defensa de Madrid, y de Andreu Nin, en Barcelona. Y luego, el resto son personajes así más pequeñitos. Interpretarlos está siendo una maravilla. Para empezar, trabajar con Andrés Lima es el mayor privilegio que puede tener un actor o una actriz en este país. Estamos ante uno de los mejores directores de la historia de Europa. No le tiene miedo a nada, no está continuamente pensando en el qué pensarán o en el éxito, sino que se tira a la piscina con sus ideas y arriesga muchísimo. Y tiene una imaginación para la puesta en escena que es una cosa bárbara. Para mí es un gozo estar en este montaje. No tienes ni tiempo para pensar, estás todo el rato y para allá, entrando, saliendo, con muchos personajes distintos, y lo estoy disfrutando un montón.
"El franquismo sociológico continúa más vivo que nunca. Probablemente incluso está rejuveneciendo en los últimos años"
¿Cómo se le queda el cuerpo y la cabeza al tener que interpretar al general Yagüe, sanguinario como pocos?
–Sienta muy bien. Este es nuestro trabajo, meternos en la piel de otras personas, y si son absolutamente distintas a ti, como sería el general Yagüe, pues más todavía. Aparte de eso, recuerdo cuando Joaquín Kremel, un buen amigo, vino a ver la función y me dijo que no hay como un rojo para interpretar a un fascista. Y creo que está en lo cierto. Todos tenemos en la mente al Franco que hizo Juan Diego o al que hace Juan Vinuesa en esta función. Aunque sea un asesino genocida como Yagüe, nuestra labor es no juzgar a los personajes nunca. Tenemos que intentar entender cuáles son sus razones para hacer lo que hace y pasar a adoptar ese pensamiento, esas razones que tenía para asesinar 4.000 personas en dos días en Badajoz, e interpretarlo. Es decir, ser un fascista.
¿Qué momento diría que está viviendo en esta segunda etapa o segundo capítulo de su carrera después de los años terribles que le hicieron pasar?
–En realidad, mi renacer es en la industria del audiovisual en España, porque yo no he dejado de currar nunca. Cuando se me cerraron las puertas aquí, me fui a Latinoamérica y allí estuve varios años trabajando en Colombia, México, Cuba, Chile y, sobre todo, en Argentina. Afortunadamente, aquí seguí haciendo teatro, seguramente porque es un ámbito que los que querían hacerme daño no controlan. Y, salvo un par de papelitos para Pedro Almodóvar y Fernando Trueba, Los favoritos de Midas fue el primer trabajo audiovisual que hice aquí en 10 años. Suele pasar también que cuando desapareces un tiempo, la gente se olvida de ti, pero creo que, en general, no se me contrataba por miedo. O porque si me llamaban, luego tenían que dar muchas explicaciones y hay muchos actores de mi generación con mucho talento.
Parece que eso está cambiando.
–Ahora estoy viviendo un momento dulce porque se ha demostrado que puedo hacer buenos trabajos, que sigo siendo el mismo actor, tan bueno o tan malo como siempre, y que soy capaz de afrontar un rodaje sin prenderle fuego al plató (ríe). Es más, si tú preguntas en el mundo del cine, desde los técnicos a los actores, todo el mundo va a hablar bien de mí porque no he sido un monstruo en ningún caso. Obviamente, no he llegado al nivel de ofertas que tuve en su momento, ni muchísimo menos, pero sí a una cantidad bastante interesante. Estoy muy contento.
Hace unas semanas, Patxi Freytez me dijo que se sentía culpable porque creía que la profesión está en deuda con Willy Toledo por no haber salido a defenderle. ¿Qué opina?
–Alguien me pasó esa entrevista, sí. Pues no lo sé... Es verdad que a veces he echado de menos algo más de apoyo. Por ejemplo, que un compañero se acordara de mí al recoger un Goya, o que esos actores que me apoyaban en persona o cuando me veían por la calle, lo hicieran en público, porque ahí es donde me daban las hostias... De todos modos, tengo claro que lo que me pasó a mí no fue una cuestión personal de que nadie me odiara a mí en concreto, sino que fui el chivo expiatorio, el toque de atención, el ‘cuidado, que si hacéis lo que hace este, ya sabéis qué os va a pasar’. Así que esto iba contra toda la profesión. Y lo que consiguieron fue generar pánico y miedo. Pero si por algo la profesión tiene una deuda conmigo es, en todo caso, por mi trabajo sindical, que también fue parte fundamental del veto que tuve que afrontar. Por desgracia, el nuestro no está reconocido oficialmente como sindicato, con lo cual, somos los propios actores y actrices quienes tenemos que dar la cara. A mí me tocaron las dos últimas huelgas generales que hubo en este país y tenía que ir a los centros de trabajo a pedir a los compañeros que se sumaran al paro. Claro, todo eso generó lo que vino. Pero, en fin, fue un periodo duro, pero ya estoy de vuelta.
"Fue un período duro, pero siempre digo que he ganado en el sentido de que no he dado un solo paso atrás"
Si volviera a pasar por lo mismo, ¿se callaría y sería más conservador?
–No. De hecho, siempre digo que he ganado en el sentido de que no he dado un solo paso atrás. Sigo opinando lo mismo que opinaba antes, más o menos. Sigo sin tener ningún problema en verter mis opiniones donde me las pidan y donde no me las pidan, también. Sigo siendo comunista y al que le guste, bien, y al que no, como decía mi abuela, a escupir a la calle. No pienso callarme. Es que esa es la intención de quienes realizan esos ataques, conseguir que te autocensures. Te dan hostias hasta que guardas silencio. Pues, bueno, me las han dado, las he sufrido, pero no voy a callarme porque, antes que actor soy ciudadano, y creo que lo más importante es implicarse en el día a día en lo que les pasa a tus vecinos y a tus vecinas.