Todos sus discos hablan mucho de usted, pero me da la impresión de que 1973 está escrito desde un punto de vista un poco más colectivo, más de generación. ¿Es así?
–Sí, yo también lo pienso. A veces pienso que tiene que ver con el hecho de pertenecer a una familia; eso hace que pienses menos en ti y más en nosotros. Me interesaba también escribir canciones que no tuvieran tanto que ver con lo íntimo, sino que se abrieran un poco. Tengo un gran sentimiento de banda, los músicos con los que toco son mis amigos, creo que eso también influye para que vaya más al nosotros que al yo, aunque al final estamos hablando de lo que nos importa.
No es la primera vez que se refiere a su año de nacimiento; ahí estaba la canción 73, que hablaba de cómo nacer ese año le había ayudado a librarse de la heroína. ¿Hasta qué punto cree que es determinante el momento concreto en el que uno nace?
–Creo que es importante pensar que formamos parte de algo, de una familia, de un colectivo, de un mundo, de un país… Creo en el individuo, pero creo en el poder del grupo, en la fuerza de un colectivo, más que del individualismo. Este disco habla del carácter analógico que tenemos los que nacimos en los setenta, en los ochenta, y supongo que en los sesenta también. Hemos pasado de lo analógico a lo digital sin darnos cuenta, y el disco habla de cómo nos tratamos de ubicar en estos tiempos, y las dificultades que tiene el asimilar tanta información, tanta música, tanta literatura, todas las redes sociales… Tengo la impresión de que antes era un poco más sencillo, sin tanta información y sin tanta importancia de lo tecnológico, de internet.
Es que internet lo ha cambiado tanto: la forma de relacionarnos, de escuchar música, de informarnos, de comprar…
–Sí. Paradójicamente, en la era en la que más comunicados estamos, es cuando menos unidos estamos. Y también, paradójicamente, tenemos toda la música a un clic, pero asimilamos peor los discos porque es imposible escuchar todos los discos y darles el tiempo que necesitan. Pasa lo mismo con los libros y las películas, es imposible llegar a todo. Eso nos lleva, por lo menos en mi caso, a cierta frustración. Las relaciones personales están un poco más deshumanizadas que antes. A la larga, tendremos que replantearnos todo esto o será un problema.
En el disco canta con un artista navarro, Gorka Urbizu. ¿Cómo surgió esa colaboración?
–Por la admiración que siento por Gorka desde Berri Txarrak. Su disco en solitario fue mi disco favorito de 2024. Tuve la suerte de verlo dos veces en directo y también fueron mis conciertos favoritos del año. Hoy en día hay un exceso de colaboraciones sin sentido, que a veces tienen más que ver con lo comercial que con lo artístico. En el caso de Gorka le tengo mucha admiración artística y también mucha admiración personal por cómo lleva las cosas, cómo muestra su proyecto. Me cae muy bien, es un tipazo y tenía muchísimas ganas de colaborar con él. Antes de empezar a grabar el disco vino a vernos al concierto de Iruña, y ahí le tiré la caña. Es uno de los momentos más bonitos del disco. Hace poco vino a Bilbao a cantar con nosotros y fue superemocionante. No quiero abusar de él, pero le invitaría a cantar siempre que pudiera.
Hay también una canción dedicada a su hija, Siempre tendré un ojo puesto en ti. Alguna vez dijo que le daba miedo escribirle canciones porque podrían quedar demasiado ñoñas, pero parece que al final lo ha conseguido…
–Me daba mucho pudor porque las canciones sobre paternidad muchas veces las carga el diablo, pueden resultar demasiado blandas. Mi objetivo era hacer una canción que mi hija no me tirara a la cara cuando sea adolescente. De momento le gusta, pero veremos cómo resiste el paso del tiempo. Las cosas que me tocan en lo personal son también las que me tocan en lo artístico. Intento explicarme a través de mis canciones lo que siento como persona, como padre, como amigo. Fue la primera canción que escribí para el disco y la que más rápido me salió porque llevaba tiempo creciendo dentro de mí y pensando en ello. Estoy razonablemente satisfecho de cómo salió, creo que representa las cosas que me importan como padre.
Dice que esta canción fue el inicio del disco, y de hecho creo que la escribió cuando estaba acabando el disco anterior, pero no la incluyó en él porque sentía que formaba parte de algo nuevo. Me imagino que resultará difícil de explicar porque será algo instintivo, pero ¿cómo se nota algo así?
–Supongo que tiene que ver con la intuición. Me ha pasado en unos cuantos discos, cuando los estoy terminando, igual porque me relajo, me han salido canciones que están un poco entre medias. Siempre existe la tentación de volver a meterte en un estudio para incluirlas, pero también me gusta terminar un disco y tener una canción para no tener que empezar de cero. Pasó con Reloj de plata, con La luna debajo del brazo…Es una forma de no quedarte con los bolsillos vacíos y tener un hilo del que tirar para el siguiente disco. Creo que por la temática, no me parecía que entrara en Sur en el valle, me parecía que era más el comienzo de algo que el final de algo.
Para este disco contó con el productor Mark Howard, que ha trabajado con artistas que para usted son icónicos. Al final no quedó satisfecho con su labor y volvieron a grabar varias canciones. Imagino que hay que estar muy seguro de uno mismo para, de alguna forma, enmendarle la plana a alguien con semejante curriculum, ¿no?
–Sí, pero fuimos realistas. No estábamos encontrando lo que buscábamos de él cuando le llamamos para trabajar juntos, no nos encontramos ni a nivel profesional ni a nivel personal. Fue un poco frustrante, pero también lo sentí como una oportunidad de mejorar las letras, buscar otros arreglos para algunas canciones… En las canciones más acústicas y más tranquilas sí que logramos llegar donde queríamos, pero en otras no y tuvimos que repetir el proceso y volver a grabar estas últimas. Fue un poco duro, es difícil decirle a alguien con esa trayectoria que no te gusta adónde están llegando las cosas, pero creo que también fue culpa nuestra. Los músicos somos un poco flipados. Llegué a Howard por un libro que publicó que se llama Grabando, en el que contaba todas sus experiencias con estos artistas. Pero realmente esos discos los grabó hace treinta años, y en treinta años ha cambiado mucho la tecnología, la forma de grabar, los modelos de grabación, los equipos… todo. No llegamos a comunicarnos bien con él. Es mala suerte que nos haya pasado con él, pero también es buena suerte que sea la primera vez que me ha pasado después de haber grabado quince discos. Al final estamos supercontentos del resultado con la combinación de lo que grabamos con Howard y lo que luego grabamos sin él.
La gira está yendo muy bien, está tocando mucho, agotando entradas, repitiendo fecha en algunas ciudades… ¿Cómo se consigue esto desde una posición independiente en tiempos de grandes campañas y algoritmos?
–Supongo que eso responde al gran equipo con el que trabajo, desde Black Izar a Cultura Rock. Ellos me han apoyado muchísimo. Y mi banda, claro, un grupo sólido y estable con el que llevo desde hace años. Ellos tienen mucho que ver con que esto siga sucediendo. La música, no sé si llamarlo la industria, este negocio es una trituradora. Poder seguir haciendo las cosas dignamente desde nuestro sitio y sin hacer concesiones, tratando bien al público, intentando actuar de forma honesta y cuidando la calidad del sonido, la banda, el equipo, todo esto. Son muchas cosas que tienen que suceder, mucha gente trabajando bien para que eso siga pasando. Y luego, por supuesto, el milagro de que el público, después de tanto tiempo, siga queriendo venir a los conciertos y comprando los discos, siga queriendo escuchar estas canciones que tengo cada dos años y que sigan acompañándoles. Eso es un milagro, no se sabe por qué sigue sucediendo.