Conviene volver de vez en cuando a la pintura de Pello Azketa. Merece la pena.
Volver la mirada a sus cuadros es volver a lo esencial; a valorar el tiempo reposado, el detenimiento, la contemplación en calma. La ausencia de ruido. Es, ahora más que nunca, ir contracorriente. Hacer una revolución a base de cercanía y afecto, de libertad y de silencio. De paz interior.
Lo sabe bien su colega Pedro Salaberri, y por eso nos regala ahora esa oportunidad en La Fábrica de Gomas.
Hasta el 22 de marzo puede disfrutarse allí la exposición-homenaje que se le dedica, recordándonos que la obra de Azketa (Pamplona, 1948) pertenece a ese arte duradero, que permanece vivo con el pasar del tiempo y que cobra aún más valor ante la saturación de imágenes y el ritmo acelerado que se nos impone.
Un viaje narrado por la naturaleza
El recorrido al que nos invita Salaberri, doce años después del que propuso en aquella retrospectiva dedicada a Azketa en el Museo de Navarra, es “un viaje” por cerca de una veintena de cuadros narrado y atravesado por la naturaleza. Esa compañera fiel del pintor –y de Helena, su compañera de vida–, motor de inspiración de cuadros de una belleza poderosa a la vez que serena y auténtica.
“Los que están aquí son cuadros que él ha conservado, que guardaba en su casa, y entre ellos algunos que no quiso vender en su momento”, apunta Salaberri, añadiendo que quizá alguno de los que se exhibe no se haya expuesto nunca hasta ahora en Pamplona.
“Pello ha creído siempre en la necesidad de una pintura vivida, sus cuadros nacen de sus experiencias”
Los primeros que Azketa alumbró –siempre al óleo– de entre los que acoge en sus paredes La Fábrica de Gomas corresponden a la etapa en que pintaba desde su casa-estudio de la Avenida de Villava y en la Ulzama, un refugio familiar al que acudía asiduamente. Vistas de Aranzadi en invierno (1986), del Frontón de la Chantrea con la Higa al fondo (1987), Árboles y niebla (1986), Campos de Arañotz (1987), Encina (1987) y Casa de pastores (1987) son algunas de las obras que dan la bienvenida al visitante en este viaje pictórico y poético con la naturaleza como eje, y en las que por supuesto está el monte, tan importante para el pintor.
Cambio y crecimiento
“Hemos andado mucho juntos por los Pirineos. Muchísimo”, recuerda Pedro Saberri mientras contempla las pinturas de Azketa en las que se dibujan, imponentes, la siluetas del Punta Acuta o el Vía2, dos cumbres del pirineo oscense.
El nivel de detalle de estos cuadros evoca un tiempo en que la enfermedad ocular que terminó arrebatando la vista a Pello Azketa no había avanzado tanto todavía.
Cuando lo inevitable fue sucediendo progresivamente, el pintor cambió –y creció– en muchos sentidos. “Su pincelada se volvió más ancha”, aprecia el comisario y presidente del Ateneo Navarro - Nafar Ateneoa. Y, seguramente también, su necesidad de tocar la tierra se hizo más grande.
La particular mirada de Azketa se amplió, hasta que llegó un día en que dejó de alumbrar cuadros (sobre 2004) –que no de crear, como lo demostró la exposición que llevó a Ormolú en 2016, con pequeñas arquitecturas-cajitas contenedoras de tránsitos y ausencias–.
Viajes a destinos cercanos y lejanos
“Creo en la necesidad de una pintura vivida”. Esta convicción que dejó escrita en un catálogo de 1971 en la Galería Abril de Madrid “determinó desde sus inicios la pintura de Pello Azketa”, relata hoy Pedro Salaberri en el escrito que acompaña la exposición de La Fábrica de Gomas.
“Sus cuadros nacerían siempre de su experiencia cotidiana, de caminar por campos y montes o viajar a diversos lugares acompañado de Helena”, apunta el comisario.
A los primeros cuadros ya descritos, paisajes del entorno de su casa-estudio de la Avda. de Villava, de la Ulzama y el Pirineo, siguen otros –de la década de los 90 y principios de 2000– motivados por viajes a lugares cercanos y lejanos: al mar de Mutriku, el desierto de las Bardenas, palmeras de Menorca, San Esteban de Gormaz (Soria), secuoyas de Yosemite, el Valle de los Reyes de Egipto, las cuevas nabateas de Petra (Jordania) o la humedad y el nacimiento de los ríos que vivió y sintió en Pocara (Nepal). Destinos en los que, apunta Salaberri, Pello y Helena buscaban siempre “el aliento del tiempo, de la historia”.
Siempre un tono mesurado
Sin embargo, no es el lugar, el motivo, el destino del viaje o de la mirada lo esencial en la pintura de Pello Azketa. Es la manera en que nos acerca eso que vivió, eso que tocó, que sintió y vio con muchos sentidos activos.
“No es una naturaleza grandiosa la de sus cuadros. Siempre hay en ellos un tono mesurado. Pello habla en voz tranquila para que la oiga la gente del barrio; Helena y él nunca buscaron en sus viajes los centros de las ciudades, preferían lo rural, lo pequeño, lo cercano. Y eso está en su pintura”, dice Salaberri, destacando que Azketa “habla desde ese querer estar con la tierra, con las cosas, en conversación con la gente común”.
Esa mirada, humilde y silenciosa, y esa actitud abierta a que se activen los sentidos –en sus viajes interiores y exteriores–, traspasa los cuadros y contagia felizmente a quien los contempla.
“Siempre me he expresado desde la relatividad de las cosas que me iba planteando como persona”, decía el pintor en la presentación de aquella retrospectiva hace más de doce años en el Museo de Navarra.
En un tiempo en el que sobra ruido, la pintura de Azketa nos sumerge en la calma, el silencio y la lentitud. Nos coloca frente a lo que somos, naturaleza, y a lo que deberíamos cultivar, la mesura.
Por todo ello, y por la belleza y la luz que irradia, conviene volver a su pintura.
EN CORTO
- Qué: Exposición-homenaje a Pello Azketa comisariada por el pintor y presidente del Ateneo Navarro Pedro Salaberri.
- Dónde: La Fábrica de Gomas (calle Fuente de la Teja, 12 - Soto de Lezkairu).
- Cuándo: Hasta el 22 de marzo, de martes a viernes de 12.00 a 13.30 y de 18.00 a 20.00 horas, y domingos de 12.00 a 14.00.
EL AUTOR
- Pello Azketa Menaya Nacido en Pamplona el 13 de abril de 1948, tras un periodo autodidacta en sus años adolescentes pasó a la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona, teniendo como maestros a Salvador Beunza y a José María Ascunce. En sus primeros años fue uno de los pintores del grupo conocido como Escuela de Pamplona, junto a Pedro Salaberri, Xabier Morrás, Pedro Osés, Joaquín Resano o Mariano Royo. Su pintura revaloriza la belleza de las cosas sencillas, de lo pequeño.