La sombra de Parásitos de Bong Joon-ho (2019) amenaza la percepción de No hay otra opción. Sin embargo, Park Chan-wook permanece fiel al ideario de Old Boy (2003). De hecho, el autor de la trilogía de la venganza no hace sino volver a las andadas. De entrada hay que concederle que filma magistralmente y que construye los planos con orfebrería neurótica. Nunca se relaja, nunca deja pasar la oportunidad de arrancar brillos y sorpresas en todas sus secuencias.
Por otro lado, no es la primera vez que Park Chan-wook sale de la zona de confort de su Corea natal. No dudó en reinventar a Hitchcock en Stoker (2013) con Nicole Kidman al frente; ni en fundir el mundo de los vampiros con la religión católica, Thirst (2009), o en abrazar el cine de espías con altas cargas eróticas, La doncella (2016), y de paso dar un pellizco al oscuro pasado imperial del vecino japonés.
En No hay otra opción el punto de partida arranca del escritor norteamericano Donald E. Westlake, un maestro del relato negro adaptado múltiples veces al cine. En el caso que ahora nos ocupa, su novela The Ax dio lugar a Arcadia (2005), dirigida por Constantin Costa-Gavras. De ahí que la sombra y la presencia en la producción de los Gavras se proyecte en esta incursión, desconcertante por el uso del humor y demoledora por su percepción profética de un mundo dominado por la IA.
No hay otra opción (No Other Choice)
Dirección: Park Chan-wook.
Guion: Park Chan-wook, Don McKellar, Lee Kyoung-mi, Jahye Lee.
Novela: Donald E. Westlake.
Intérpretes: Lee Byung-hun, Son Ye-jin, Lee Sung-min, Yeom Hye-ran, Yoo Yeon-seok y Cha Seung-won.
País: Italia 2025.
Duración: 120 minutos.
Un páramo sin humanidad en el que el ser humano vigila la eficacia de las máquinas desprovisto de la compañía del otro. El punto de partida es el desempleo, la amenaza de perder la llave que da acceso a esa sociedad consumista y ociosa sin cuya posesión, sin sueldo, nos aguarda el destierro. De eso va No hay otra opción, un relato al que Chan-wook barniza con humor negro e ironía para rebajar la crueldad de su deshumanizada visión.
Como relámpagos en una noche en calma, Chan-wook inserta algunos fogonazos de extrema crueldad. Como asideros ante un demoledor diagnóstico, acude al esperpento oriental. La retorcida belleza de sus composiciones conmueven casi tanto como la perplejidad que provocan sus salidas ¿hilarantes? Como la risa no emerge, al menos para el espectador occidental, No hay otra opción desconcierta y asombra. Desde ese estupor, el escalofrío de ese cabeza de familia dispuesto a devorar al prójimo para conservar su jardín y sus perros, sobrecoge, tanto como reconcilia percibir ese abrazo cómplice con la actitud del Costa-Gavras siempre beligerante.