La ficción como una estrategia para reinventar, transformar la realidad y dotarla de un nuevo sentido. Sobre esta idea descansa el planteamiento de Ficcionar el presente, exposición que reúne en el Museo de Navarra las 53 obras adquiridas entre los años 2021 y 2024, dentro de una política de respaldo al sector artístico, y en un intento, también, de completar los fondos del espacio artístico con piezas de creadoras/es poco o nada representados en su colección.
Javier Balda ha sido el responsable de comisariar esta muestra que permanecerá en el Museo de Navarra hasta el próximo 30 de agosto. Este encargo ha sido, confesó, “un poco un caramelo envenenado”, ya que le ha tocado generar un discurso expositivo con obras que recorren más de 50 años. Los que discurren entre la más antigua, el Cristo amordazado de Xabier Morrás, creado en 1972, y la más reciente, TW, TG (Acanthus I), expuesta por June Crespo en 2024.
"Darle sentido no ha sido fácil"
Además, Balda ha tenido que establecer un diálogo entre piezas muy diversas en técnicas, temáticas y formatos (fotografía, piezas audiovisuales, escultura, pintura e ilustración). “Darle sentido a todo no ha sido fácil”, admitió, aunque al mismo tiempo reconoció que el conjunto ofrece un vistazo a “un plural y muy estimulante panorama artístico”.
La consejera de Cultura del Gobierno foral, Rebeca Esnaola, también valoró la gran diversidad que respira la muestra, en la que se pueden apreciar obras de creadoras/es de distintas generaciones. En este sentido, especificó que la exposición cuenta con pinturas de Jose Castiella, Amaya Suberviola o Taxio Ardanaz; esculturas de Ángel Bados, June Crespo, Amaia Gracia Azqueta, Rafa Munárriz y Maite Vélaz; e ilustraciones de César Oroz y Concha Pasamar. Asimismo, se incluyen series fotográficas de Luis Azanza, Elena Moreno, María Otamendi y Carlos Cánovas; así como piezas audiovisuales de Irati Gorostidi, Maddi Barber, Txaro Fontalba y Giulia Testa (colectivo formado por Maialen Olite y Leire Aranberri).
Diseccionar la realidad
Para tejer un discurso en torno a esta gran variedad de propuestas, el comisario ha echado mano del concepto de ficción como una herramienta que “propicia una mirada alternativa que visibiliza fisuras y opacidades”. Y es que, “ficcionar no es eludir la realidad, sino construir un relato sobre las incertidumbres del presente con la distancia y la perspectiva necesarias”. En ese desplazamiento, “lo cotidiano queda dislocado: como un espejo que no devuelve una imagen fiel, sino mediada y fragmentada, permitiendo reconocer aquello que permanece oculto”, señaló Balda.
Este proyecto expositivo se sitúa en “ese espacio de fricción”. Es decir, “las obras que lo componen no ilustran problemáticas concretas ni ofrecen respuestas concluyentes; proponen, más bien, formas de atención y lecturas que subviertan los marcos habituales de interpretación”. Y así, “a través de estrategias formales y conceptuales, los artistas introducen relatos posibles sobre la actualidad, conscientes de que toda construcción simbólica implica, inevitablemente, selección, énfasis y ocultación”.
A partir de estas ideas, Javier Balda ha agrupado las obras en torno a tres conceptos: paisaje, materia e identidad. Y ayer explicó que “más allá de categorías formales, estas categorías buscan conectar las afinidades, evidentes o recónditas, entre las obras de los artistas representados”.
Paisaje
Así, en Paisaje, el comisario subraya que esta es una “expresión muy arraigada en el medio artístico de Navarra”, y ha incluido en este apartado las obras de Carlos Cánovas, que dispone de su propio espacio en la cuarta planta y cuyas obras abordan cuestiones como los límites entre la ciudad y su periferia o las plantas como habitantes silenciosos de los espacios construidos.
También la serie de Elena Moreno, “que recoge en una larga secuencia fotográfica la presencia constante de los estados de la naturaleza, buscados y encontrados como introspección”. Maddi Barber, por su parte, “explora en soporte cinematográfico la otredad de las especies y nuestra relación con ellas, en una etnografía rural y doméstica”. Desde la pintura, José Castiella “construye espacios artificiales, paisajes oníricos surgidos de imaginarios propios y modelos virtuales”.
Materia
A la materia y a los materiales como articuladores de intenciones evocadoras, de formalidades volumétricas y como definidores de lugares y espacios vincula Balda la obra de seis artistas: Ángel Bados y lo que supuso de renovador su trabajo; Maite Vélaz, que “explora la funcionalidad de diversos materiales y objetos encontrados”.
En su caso, Amaia Gracia Azqueta “interviene en el espacio para tratar simbólicamente la temporalidad y la resistencia”. Amaya Suberviola “analiza la materialidad de la pintura entre el gesto y la estructura”, y June Crespo “ha caracterizado su obra tensionando materiales y masas anclados sobre el muro y en el espacio, con referencias al equilibrio y a huellas corporales”.
Por último, Rafa Munárriz “doblega materiales que interpelan a su entorno más cercano, urbano y constructivo, explorando el límite entre la forma dada y la materia transformada”.
Identidad
Balda continúa con Identidad, “un concepto que estudia la identificación personal, social y política: la necesidad y el deseo de pertenencia como una posición entre el individuo y la colectividad que se ha consolidado en las sociedades desarrolladas”.
En este grupo destacan las dos obras “icónicas” de Xabier Morrás, que se constituyen en “memoria singular de los Encuentros de Pamplona de 1972”. Se trata de Cristo amordazado y Encierro. Por su parte, Irati Gorostidi documenta cinematográficamente “las vindicaciones y contradicciones políticas, colectivas y personajes en el inicio de la Transición”, y María Otamendi “se enmascara y se exhibe en un doble autorretrato de collage fotográfico”.
El autorretrato también está en la propuesta de Txaro Fontalba, una pieza audiovisual grabada una noche en el mismo Museo de Navarra. A su vez, el colectivo Giulia Testa defiende “una joven posición feminista, mediante una provocativa acción pública”. La narrativa de lo cotidiano habita en los dibujos de Concha Pasamar, frente a las crónicas satíricas de César Oroz.
Finalmente, en este grupo de identidades, Taxio Ardanaz pinta “enigmáticas situaciones de aparente conflicto”.