Cordial, cercano, risueño, entusiasta, culto, curioso... Cualquiera de estos adjetivos encajan con Abdelatif Hwidar (Ceuta, 1971), actor conocido por sus interpretaciones en cine (Raqa, The Book, Invasor, Los últimos días, Ocho apellidos marroquís, Todos los nombres de Dios), en televisión (The Crown, Élite, Malaka, El Príncipe, Olmos y Robles, Isabel) y teatro (El ángel exterminador, dirigido por Blanca Portillo; Tierra del fuego, con Claudio Tolcachir).
También ha dirigido numerosos cortometrajes, entre ellos, Salvador, historia de un milagro, con el que en 2008 ganó un Goya. Y ha escrito guiones de largometrajes, como el que trabaja ahora, una historia muy personal que le ha servido para reconciliarse consigo mismo y con la ciudad que le vio nacer y que dejó muy joven para seguir sus sueños. Desde hace décadas vive en Valencia y, durante su visita a Pamplona, comprobó su teoría: “Los buenos sitios son donde se come bien; porque el saber vivir se expresa con la comida”.
Hace unos años rodó aquí 'Raqa', de Gerardo Herrero, ¿le dio tiempo a conocer algo más de Navarra?
–La verdad es que no. Rodamos en las Bardenas y en un plató, pero ya aluciné con los lugares y con la gente, tan amable. Me atrae muchísimo la idea de conocer Pamplona fuera de San Fermín, para disfrutarla con calma; aunque reconozco que también está el morbete de venir un año en fiestas y experimentar la locura que yo padezco en Fallas año tras año. Nosotros les dejamos la casa a mis hijos y nos vamos, también porque tenemos un perrito que lo pasa mal con los petardos. Pero ver la reacción de sus amigos, me da ganas de conocer otras fiestas como San Fermín. Además, aquí me alucina la gente.
¿A qué se refiere?
–A que es muy amable. Hace un rato me he dado una vuelta por la plaza del Ayuntamiento, he hablado con la gente de cosas sencillas y, aunque suene triste, me ha sorprendido la buena educación y la cordialidad. Es que estamos en un tiempo en que parece que ser mala persona es lo guay. Hemos bajado muchísimo las exigencias y ahora ser educado parece más la excepción que la norma. Y en las grandes ciudades, el trato humano aun es peor, horrible. Yo paseo por el centro de Valencia a una velocidad y por el centro de Madrid a otra muy distinta. Bueno, en Madrid no paseas, te sumas a la avalancha de gente y sigues su ritmo. Así no disfrutas.
Le han invitado a participar en los ‘Conversatorios’ de Civican para hablar de libros. ¿Qué lugar ocupa la lectura en su vida?
–Para mí fue un santuario. A los 16 años, vivía en Ceuta, estudiaba en Marruecos y tuve una crisis personal muy heavy en la que sentía que no encajaba en ninguna parte. Yo incluso la llamo crisis de soledad cultural, en el sentido de que crecí en un entorno mixto, con una pandilla en la que había musulmanes y cristianos, y llegó un momento en que había cosas identitarias de mi cultura que reivindicaba y necesitaba, pero otras se caían. Y había algunas de mis amigos españoles que asimilaba como una especie de huésped en esa cultura. Me sentía como en tierra de nadie y la literatura me sirvió para descubrir que no era el único al que le pasaba.
“Antes me molestaba mucho que solo me ofrecieran papeles de terrorista o narcotraficante; tenía una sensación bárbara de estancamiento”
¿Le hizo sentirse menos solo?
–Sí, pero, sobre todo, me sirvió para darme cuenta de que, aunque en ese momento lo estaba pasando mal porque me habían movido la tierra bajo los pies, no pasaba nada, era parte del proceso. Y de que agrandar el espacio permite derribar aquello que te impide crecer. Luego, a los 19, tuve la suerte de que un vecino que era muy culto me hiciera un poquito de guía con las primeras lecturas, y lo hizo, además de una forma muy sibilina.
¿En qué sentido?
–(Ríe) Él tenía una biblioteca enorme y me dijo que podía coger cualquier libro salvo los de una estantería. Y, evidentemente, esos fueron los que más curiosidad me despertaron y los primeros que leí. Ahí estaban Henry Miller, Jack Kerouac, o Siddhartha, de Herman Hesse, que fue un libro que me sacudió bastante.
Basta que te digan que no hagas algo para que...
–Claro, y eso ya lo sabía él. Psicología inversa (ríe).
¿Y a día de hoy, es más de narrativa, ensayo o poesía?
–Leo de todo, pero con la poesía tengo una relación muy fiel. Hölderlin, Pavese y Pessoa me reconectan con mi humanidad cuando pierdo la fe. Cuando me hablan de espiritualidad de una forma muy elevada, tiendo a desconectarme. De hecho, la división entre lo material y lo espiritual me parece demasiado tosca. Uno puede sentirse tremendamente espiritual haciéndose una tortilla de patatas y acudir a un templo y estar vacío. Para mí, la espiritualidad tiene que ver con conectar con lo que te rodea, con lo que la vida te propone, con tu vulnerabilidad, con tu sombra, con lo que no te gusta de ti mismo, pero dedicándole amor. Puede parecer paradójico, pero me parece imprescindible.
¿La lectura facilita esa reconexión?
–Completamente. Cuando estamos jodidos, se limita muchísimo nuestra visión de la realidad; nuestra capacidad de conectar con lo que nos rodea se eclipsa un poco o se colapsa porque hay algo que nos está llamando tanto la atención que nos genera un efecto de cerradura. el problema que nos preocupa lo vemos tan ampliado que a veces se aberra, el entorno tiende a desaparecer, y eso es una pena. Ahí lo espiritual, las palabras, el arte sirven para reactivarte. Recuerdo una vez en la que estaba pasando un mal momento y leí una frase escrita en una pared que me dolió muchísimo, pero, a la vez, me proporcionó un aprendizaje muy valioso. Decía así: “Solo en un ego inmenso cabe tanto dolor”. ¡Fue como si la pared se abriera y me diera un par de bofetones, que, seguramente, era lo que necesitaba. Bendita colleja (ríe).
Tiene algún libro de cabecera, ese título que siempre esté en su mesilla.
–No, leo de todo. Eso sí, hace un tiempo me autoimpuse que no iba a leer en la cama, y que lo que leyera en la cama tenía que ser lo suficientemente aburrido como para dormirme. De hecho, durante años tuve en la mesilla la biografía de Margaret Thatcher que me regaló un amigo con mala uva (ríe).
¿Y lee en papel o en digital?
–Yo soy de la vieja escuela. Viejuno. Papel siempre. Además, tengo que confesar que me gusta subrayar los libros. No soy de releer un libro entero, pero sí me gusta echar un vistazo para ver qué subrayé entonces y para comprobar que seguramente ahora destacaría otra cosa.
También es escritor, guionista en concreto. ¿Qué le lleva a inventar historias y escribirlas de modo que puedan plasmarse en imágenes?
–Aparte del ser humano, para mí no hay nada más bello que el arte de contar historias. Me conmueven la arquitectura, la literatura, todo tipo de arte, pero la narración tiene un hechizo sobre mí que supera a cualquier cosa. Y creo que eso también alimenta todo lo que soy como actor y como guionista y director.
¿Está trabajando ahora en algún guion?
–Sí, estoy terminando un largometraje en el que llevo dos años enfrascado y estoy muy ilusionado, cosa que no me suele cinepasar. Generalmente, cuando me acerco hacia el final de un proceso entro en una especie de frustración, pero en este caso no tengo esa sensación.
¿Puede contar algo?
–Es una historia protagonizada por dos chavales, dos moros, que sucede en la Ceuta de los años 90. Si no has vivido allí en esa época, es difícil de captar esas sensaciones. En realidad, todo empezó con una comedia negra sobre actores árabes que quería escribir y que me tenía muy contento. Sin embargo, en un momento dado me estanqué y ahí conocí y contraté a Marc Martínez, un tipo brillante y un ser humano maravilloso. Conectamos enseguida y me di cuenta de que era el hermano que llevaba años buscando. Hasta que un día me dijo que la comedia era muy interesante, pero que la verdadera peli estaba entre mis 17 y mis 19 años en Ceuta. Recuerdo que me enfadé y que incluso llegué a ser grosero con él. Luego entendí que fue una reacción de mi ego, porque me tocó en un sitio que dolía.
¿Y qué hizo?
–En ese momento, mi chica me recomendó que llamara al terapeuta. Fui y, poco a poco, la idea fue cobrando fuerza en mi cabeza. Ha sido un proceso que me ha removido bastante, pero también me ha permitido limpiar, reorganizar y recuperar todo el trastero emocional de esa época, reconciliarme con Ceuta y perdonarme muchas cosas a mí mismo y a otras personas. Está claro que una familia es la mejor escuela del mundo... Si sobrevives a ella (ríe).
Como actor, ha comentado que le llegó a fastidiar que solo le ofrecieran papeles de terrorista o de narcotraficante.
–Sí, hubo un tiempo en que me molestaba muchísimo y, de hecho, no me podía quitar de encima una sensación de estancamiento bárbara. Pero, luego, en el rodaje de una comedia coincidí con un chino y empezamos a hablar. Yo le dije que estaba harto de hacer personajes racializados y él, que era un tipo muy culto e inteligente y tenía su propia manera de ver la realidad, me dijo: ‘Yo chino, hago de chino; no hago ni de sueco, ni de rubio, ni de negro’. Lo tenía clarísimo. Eso me hizo pensar y me ayudó.
“El largo que estoy escribiendo sobre Ceuta me ha permitido limpiar el trastero emocional de esa época y perdonarme y perdonar a otros”
Interpretar a unos cuantos terroristas también le ofreció la posibilidad de realizar ‘Salvador’, un corto que abordó desde un punto de vista arriesgado. Pero no desistió, seguramente porque no infravaloró al público.
–Yo nunca haría eso. El público es inteligentísimo y con él estableces un pacto. Le dices que confíe y te tome de la mano, ya que, por lo menos se va a divertir y entretener. Ese pacto se quiebra o se refuerza a lo largo del relato. Y los buenos narradores nunca lo romperían.
¿Y qué siente cuando escucha palabras como ‘invasor’, ‘islamización’ por parte de una ultraderecha que quizá hemos normalizado demasiado?
–Pues que todo eso también está siendo alimentada desde las élites. Todos esos espacios, esos pseudoperiodistas cuestan un pastizal, pero tienes a las Koplovich, a la Botín y a otros financiando a grupos que cuelan en el debate público temas que los ultras estiran todo lo posible hacia la derecha. Yo tengo 54 tacos y el centro de hace 30 no tiene nada que ver con el de ahora, que está mucho más hacia la derecha. Y creo que de momento están ganando la batalla cultural. Por eso hay que reaccionar y seguir el ejemplo de Gisèle Pelicot, que nos ha enseñado a señalar y sacar los colores a quien lo merece. A veces la izquierda dice eso de ‘nosotros no tenemos que bajar al barro’, y yo digo, vale, pero sí hay que mostrar lo que esos son. Ya basta de tonterías. ¿Qué eso de romantizar el franquismo o de salir con banderas con bichitos? No hay que normalizar esas cosas. Yo ya he decidido no callarme y no jugar a esto de la moderación.