Crítica del concierto de la Jirafas y Lilo: 'Lija y terciopelo'ARCHIVO
El primer concierto fue el de Las Jirafas, banda argentina constituida por cinco miembros. El acento les delata y hace que, inconscientemente, a uno le vengan a la cabeza artistas referentes como Andrés Calamaro, Charly García, o Moris. Sin embargo, el quinteto tiene su propia personalidad y la muestra si titubeos. La base rítmica, bajo y batería, colocados ambos en la parte trasera del escenario, aportan un necesario e inquebrantable suelo sobre el que levantar las canciones. Las dos guitarras otorgan robustez a su discurso, fabricando una gruesa armadura eléctrica sobre la que los teclados van esparciendo sus coloridos y vistosos detalles.
En la Casa de Cultura de Burlada desplegaron un buen número de composiciones propias que, previsiblemente, formarán parte de su primer álbum, a publicar en los próximos meses. La presentación del disco tendrá lugar en la sala Canalla el 9 de mayo. Además de sus canciones, también sorprendieron con una muy lograda versión de Alta suciedad, de Calamaro. Tras ella, se despidieron con Incandescencia, una perfecta bomba de ritmo y distorsión.
Concierto de la Jirafas y Lilo
Fecha: 13/03/2026
Lugar: Casa de Cultura de Burlada
Incidencias: Conciertos enmarcados en el ciclo Soinuz Burlata. Las Jirafas son Facundo Romero (guitarra y voz), Joshua Garrido (guitarra y coros), Ion Dorregarai (bajo), Amaia Domínguez (teclas y coros), y Daniel Lizarraga (batería).
Lilo son: María Mateo (voz y guitarra), Pello Iturria (batería y voz), Nekane Ibero (guitarra, bajo y coros), Oihane Gulina (piano y coros), Julen Hoyuelos (guitarra) e Irama Otero (guitarra).
A las 21:15 salieron a escena los miembros de Lilo, que venían a presentar su segundo álbum, Bada argia. El disco no se abstrae de los inquietantes nubarrones del panorama económico/político/social que nos acecha, pero, lejos de sucumbir a la inercia del pesimismo, también ofrece un buen chute de esperanza. Como bien reza su título, hay luz, y la música, qué duda cabe, es una de las cosas que pueden iluminarnos el camino.
Ese es su propósito, y a fe que lo consiguen. Con la misma formación instrumental que sus predecesores, su intención se acercó más al pop, al folk y al indie. Canciones cuidadas, con misterio y llenas de detalles. La mayoría de sus textos están en euskera, aunque también interpretaron alguno en castellano, como Dile al tiempo, con la que arrancaron. Destacaron, por citar: Zuloa, dedicada a alguien que se fue antes de tiempo; la hermosísima Gatza, interpretada a piano y voz; o Euriaren kolorea, marcada por el banjo y las sonoridades del country. Aunque apostaron por un sonido dulce, también enseñaron los colmillos de sus dos guitarras eléctricas en Suburbios.
Afrontaron la recta final con el tema que da título a su nuevo disco (Bada argia), la contagiosamente popera Malditas luces (que el público coreó en los estribillos), y Rantxera, interpretada en formato acústico. El concierto, que había estado lleno de belleza y emotividad, terminó con una última y conmovedora imagen del sexteto abrazándose en círculo. Habían anunciado cambios en la formación, por lo que aquello era una especie de despedida. También el inicio de una nueva etapa que, a juzgar por lo visto y escuchado, se prevé llena de alegrías.