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Nada que hacer

Nada que hacer

Desde El hilo invisible (2017) de Paul Thomas Andersen, el rostro de Vicky Krieps (Luxemburgo, 1983) impone la misma confianza que transmiten los más grandes histriones al estilo de Meryl Streep. Su participación en una película, garantiza que su personaje no se olvidará con facilidad. Ha trabajado bajo las órdenes de Mia Hansen-Løve, M. Night Shyamalan, Barry Levinson, Marie Kreutzer, Viggo Mortensen, Jim Jarmusch y Samuel Van Grinsven, entre otros. Ha interpretado a emperatrices y reinas con la misma convicción que da vida a pioneras del Oeste o a esotéricas viudas del continente australiano. De Luxemburgo pasó a formarse en Alemania y Suiza. Hoy, su presencia se reclama desde medio mundo.

En Love me tender esa presencia resulta absoluta, total. Ella es el centro, el origen y el omega de un relato inspirado en una suerte de autobiografía: la de Constance Debré. Un trasunto de ella es la figura que en el filme absorbe por completo Vicky Krieps. Bastaría con comparar las fotos de ambas para percibir que el maridaje que este trasvase representa, bucea hondo, respira más que una pose de imitación.

Love Me Tender

Dirección y guion: Anna Cazenave Cambet a partir del libro de Constance Debré. Intérpretes: Vicky Krieps, Antoine Reinartz, Monia Chokri, Viggo Ferreira-Redier, Féodor Atkine y Park Ji-min. País: Francia. 2025. Duración: 134 minutos.

El relato, convertido en obra polémica, en texto de debate y en superventas en Francia, habla de un vía crucis sin resurrección, de un duelo sin muerte, de un laberinto sin escapatoria: el de la burocracia judicial y la condición humana. Debré, tras años de un matrimonio sin fisuras, de 1992 a 2015, con un hijo pequeño de siete años, se separó de su compañero para iniciar una nueva vida. Hija de alto linaje de la burguesía francesa, abogada reconocida y modelo de familia feliz, Constance Debré rompió con todo, dejó la profesión, se hizo novelista y asumió una opción lesbiana que resultó determinante en su largo proceso judicial para reivindicar la patria potestad de su hijo. Esa pelea, el rechazo social a quien infringe las normas, establece la puesta en escena de un combate visto sin ambages desde el lado femenino.

La tercera mujer que cierra este proyecto se llama Anna Cazenave Cambet. Su primer largo, De l’or pour les chiens (2020) precedido por dos excelentes cortometrajes, la convirtieron en la gran esperanza cinematográfica del sur de Francia. Procedente de Nérac, un pueblo de 7.000 habitantes, a mitad de camino entre Burdeos y Toulouse, ciudad del renacimiento donde residió el rey navarro Enrique IV y donde Margarita de Navarra escribió El Heptamerón, Anna Cazenave Cambet revalida su prometedor debut. Love me tender, con iluminar el relato de Debré, aporta una reescritura personal. Un sólido texto acerca de la disidencia y la heterodoxia entre cuyos pliegues conviven las confesiones de la novela, el debe, con las inquietudes de la realización, el haber.

Anna Cazenave Cambet ordena cronológicamente los más de dos años de pleitos, condiciones y procesos a los que se enfrenta su protagonista, para poder compartir la custodia de su hijo. En ese peregrinaje, hay guiños a Bergman, a Los cantos de Maldoror y, con irónica revancha, al Jack Arnold de El increíble hombre menguante. En ese deambular las urgencias maternales caminan en paralelo a los deseos sexuales y afectivos. La figura de la madre y el derecho de la mujer a vivir libremente, se muestran en un contexto condicionado por la propia biografía de la novelista. En esa distorsión lo que resulta más significativo apunta a la ineficacia de la burocracia social de la Europa del bienestar a la hora de resolver conflictos conyugales.

Lo mejor de Love me tender late en su interior, en la lucidez con la que nos muestra la incapacidad de la humanidad a la hora de resolver sus contradicciones, de asumir responsabilidad con deseo y conjugar pasión con compasión.

Obra adulta al servicio de un texto contemporáneo, Cazenave se apropia del relato para sacar de sus actrices altos registros. Filma con delicadeza y sin disimulos, y muestra las miserias y los brillos de una situación llena de tropiezos. La que abruma a una Europa tan necesitada de equilibrio como aburrida de gritos y exclusiones, de miedos y odios. Al final de Love me tender, irónico guiño que convoca el Ámame tiernamente de Elvis Presley, resuena el triste diagnóstico de su protagonista. Un demoledor no hay nada que hacer que encenderá debates y coloquios ante una realidad que cada día cambia.