Entre el miedo y la belleza, entre la incertidumbre y el descubrimiento, avanza rotunda, solemne y hermosa una de esas películas que no admiten titubeos. Entre una representación de la llaga de Cristo que, a su vez, evoca el sexo femenino, y las voces seráficas de un coro de jóvenes adolescentes, se despliega la crónica de un despertar, ese tránsito que va de la infancia a la madurez, de sentir como una niña a desear como mujer. Se trata de un puente lleno de peligros, sembrado de turbulencias, sometido a trampas y tropiezos.
Urška Djukić ofrece con su primer largometraje un recital, una crónica vital relatada en estado de gracia.
Entre ser una realizadora de cine o una cineasta, ella ya ha cruzado esa puerta que muchos jamás atraviesan. No es lo mismo filmar una película que crearla como artista. Urška Djukić se sabe y se comporta como tal. Este semblante de la metamorfosis de una doncella se articula a través de la construcción de un concierto de voces femeninas. que ensayan en un convento. No ha pasado inadvertido que, en los últimos meses, varias (buenas) películas se hayan asomado al mundo de la fe y las monjas desde una mirada femenina.
La chica del coro (Little Trouble Girls)
Dirección: Urška Djukić. Guion: Urška Djukić y Maria Bohr. Intérpretes: Jara Sofija Ostan, Mina Svajger, Sasa Tabakovic y Natasa Burger. País: Eslovenia. 2025. Duración: 89 minutos.
La chica del coro, empobrecedora traducción del título original Little Trouble Girls que, a su vez, hace referencia a la pequeña chica problemática de Sonic Youth, posee tanta energía como la que mostró, en 1999, la Sofia Coppola de Las vírgenes suicidas.
Pero Urška Djukić no ha tenido la ayuda de un peso pesado como Francis Ford Coppola como productor. A cambio, la guionista y actriz nacida en Ljubljana, Eslovenia, en 1986, ha ido paso a paso, proyecto a proyecto, fotograma a fotograma. Un par de cortometrajes de animación y una incursión documental han abierto un camino que ahora emana sensualidad en grado extremo, sutileza inteligente y una madurez insólita. No hay desperdicio alguno en los 89 minutos que dura esta historia ambientada en apenas tres días. Entre ensayo y ensayo, la cámara de Urška Djukić desnuda psicológicamente a su principal protagonista. Su misterio crece en nuestra mirada; sus dudas provocan velos, sus acciones, nos pillan por sorpresa.
Es ésta la historia de un despertar, el final de una transformación, la que va del primer beso iniciático a la asunción de una identidad propia. En ella hay juegos adolescentes, pulsiones ambiguas, llamadas a la espiritualidad y gemidos de vida. Susurros y roces, picaresca y ensimismamiento y dolor. No hay fisuras ni titubeos. Nada queda fuera del alto nivel que Urška Djukić se ha impuesto. Lo tiene todo. Calidad musical, belleza formal, talento interpretativo y aliento vital.