Bajo la apariencia de una comedia romántica -su argumento gira en torno a los preparativos de una boda y su inminente celebración-, Kristoffer Borgli, el cineasta que vino de la fría Oslo, dinamita géneros y convenciones, lenguajes y metalenguajes, apuntando al «sueño armado» de los EE.UU. Ese gesto no termina frente a un espejo distorsionador de la realidad sino ante el viejo martillo de Brecht para tratar, con él, de esculpir el mundo del espectáculo. Ese donde acontece la representación de la vida y en el que las relaciones sociales se sirven en crudo y sin (d)olor.
El tema es que «El drama», eso que al decir de los griegos era «el resultado de una acción», es lo que acontece en esta película nacida para convertirse en referencia de nuestro tiempo. La acción primigenia que desencadena la estúpida situación que aquí sobreviene, nace de un deseo y de una mentira. Todo comienza con un escarceo novelero para atraer la atención de una joven. Lo que amanece de una impostura de pavoneo y tiene en la sordera de uno de los oídos una causa que esconde un detalle decisivo, tarda muy poco en arrojarnos al abismo de la duda. Eso, el no saber, o no saber lo suficiente, o no amar lo necesario, tejen una trampa asfixiante que ahoga a los enamorados.
El drama (The drama)
Dirección y guion: Kristoffer Borgli Intérpretes: Zendaya, Robert Pattinson, Alana Haim, Mamoudou Athie y Hailey Gates País: EE.UU. 2026 Duración: 106 minutos
Podemos invocar, para ubicar a este cineasta noruego, todos los referentes que queramos. Todos acabarán mirando a un único hombre: Andy Kaufman. ¿Lo recuerdan? Kaufman fue un actor irreverente, un comediante mordaz y lúcido, disparatado y depresivo, un activista del arte al que Milos Forman consagró un filme inolvidable: «Man of the Moon». De él se contagió Jim Carrey, cuya carrera ha sabido de los monstruos que destruyeron a Kaufman. Los mismos que inquietan los paseos oníricos de gentes como Spike Jonze, Sacha Baron Cohen, Charlie Kaufman, Nathan Fielder y Michel Gondry. La lista cada día sigue creciendo.
Tras dos golpes fílmicos en su Noruega natal -recupérenlos si pueden-, Borgli se ganó la complicidad de Nicolas Cage, el más irritante de los histriones de la irritación. Filmó con él y para él su «Dream Scenario». En Filmin todavía pueden recuperarlo. Como en ella, aquí su principal protagonista es un hombre débil, un machito acobardado y pasivo. En este caso Pattinson no es Cage, así que representa a un amante guapo, un compañero de escasa convicción.
Si la rosa de los vientos de Kristoffer Borgli (ad)mira la estrella de Kaufman, a nadie se le debe escapar que comparte con otros cineastas contemporáneos provenientes del Norte, desde Ruben Östlund a Lars von Trier, su capacidad para sortear los arrecifes de la crueldad, las contradicciones de la clase media occidental y el lastre de una religiosidad de culpa, penitencia y dolor. Tampoco debería pasar inadvertido que en «El drama», un referente simétrico habite en el «Eyes Wide Shut» de Stanley Kubrick.
Aquí como allí, la distorsión del mundo feliz de ese bienestar de lujo y vino, de corrección política y presiones bien-pensantes, habita, no en lo que se ha hecho, sino en lo que se oculta en los pliegues del deseo. Aquí, el tema surge de no saber escuchar bien lo que se dice y/o de lo que se ha deseado.
Así, una confesión banal, un juego peligroso sobre los pensamientos oscuros, da lugar a un proceso de criminalización. Aquello que convertía en infernal el paraíso de la pareja formada por Nikole Kidman y Tom Cruise, desemboca en esperpento en la futura boda de la pareja constituida por Zendaya y Pattinson. Maestro de las hipótesis, prestidigitador de lo imposible, Borgli salta de un plano a otro: ¿Por qué se hace, o no, lo que anhelamos?
Lo que solo desde la pereza parecería una historia menor, un divertimento hueco, se alza como un texto de múltiples ecos que atrapa, especialmente, a un público joven contra el que se levantan hoy demasiados prejuicios. «El drama» se sabe cine de alto octanaje. No hay personaje desperdiciado, y todo ello resulta solo apreciable cuando se lee, se deletrea con detenimiento.
Son muchas las cuerdas que pulsa este cineasta heredero del gran legado escandinavo, el que convocó al mejor cine del período de entreguerras. El que reinaba en ese puente que ya nunca volveremos a cruzar entre el cine mudo y el cine sonoro. Armado con un hacha de doble filo, los golpes de Borgli no sólo van de arriba a abajo, sino de diestro a siniestro con la intención de interpelarlo todo: lo real y lo imaginado.