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Más del 25% de la población convive con dolor persistente

La mayor incidencia de esta patología se encuentra en mujeres y en una edad media en torno a los 50 años

Más del 25% de la población convive con dolor persistenteCedida

El dolor crónico se ha consolidado como uno de los grandes desafíos de salud pública en España y también en Navarra. Lejos de ser un problema individual o puntual, afecta ya a más del 25% de la población, con mayor incidencia en mujeres y una edad media en torno a los 50 años. Se trata de una realidad que no solo refleja la magnitud del fenómeno, sino también su creciente impacto en una sociedad cada vez más longeva, en la que las enfermedades persistentes adquieren un peso progresivamente mayor.

Las patologías más frecuentes asociadas al dolor crónico incluyen el dolor musculoesquelético —como la artrosis, la lumbalgia crónica o el síndrome de fatiga crónica— y las cefaleas. A menudo, estas afecciones se prolongan durante años, cuando no décadas, y acaban condicionando profundamente la vida de quienes las padecen. El dolor deja de ser un síntoma para convertirse en un elemento estructural de la experiencia vital del paciente.

El coste económico tampoco es menor. A nivel nacional, el dolor crónico representa aproximadamente el 2,5% del Producto Interior Bruto, lo que, trasladado a Navarra, supone cientos de millones de euros anuales entre gasto sanitario directo —consultas médicas, tratamientos farmacológicos, pruebas diagnósticas o intervenciones quirúrgicas— y costes indirectos derivados de bajas laborales, pérdida de productividad o incapacidades permanentes. Este impacto se traduce también en una importante presión sobre el sistema sanitario, con un elevado volumen de consultas anuales.

Sin embargo, más allá de las cifras, el verdadero alcance del problema se percibe en la experiencia de los pacientes. Muchos de ellos inician un largo y complejo recorrido por el sistema sanitario, pasando por diferentes especialistas sin obtener respuestas satisfactorias. Este “periplo” asistencial, marcado en ocasiones por la incertidumbre, no solo incrementa la frustración, sino que contribuye a cronificar el problema.

El dolor más allá del síntoma Las consecuencias del dolor crónico trascienden lo estrictamente físico. Su persistencia impacta de forma directa en la esfera psicológica y social del paciente: deteriora las relaciones personales, limita la capacidad laboral y reduce la autonomía. No es infrecuente que derive en cuadros de ansiedad, depresión o aislamiento, configurando un círculo vicioso que dificulta aún más la recuperación.

De ahí que los especialistas insistan en la necesidad de cambiar el enfoque. “No basta con medir la intensidad del dolor”, coinciden. Es imprescindible evaluar cómo afecta a la funcionalidad global de la persona: su capacidad de movimiento, su rendimiento cognitivo, su vida social y su equilibrio emocional. Este enfoque biopsico-social permite comprender el dolor como un fenómeno complejo, con múltiples dimensiones interrelacionadas, y abre la puerta a estrategias terapéuticas más eficaces.

Hacia un nuevo modelo de atención

Expertos advierten en Pamplona la necesidad de un cambio de paradigma hacia un enfoque integral

En esta línea, el pasado 8 de mayo Pamplona acogió una jornada transdisciplinar sobre dolor crónico no oncológico organizada por el Colegio Oficial de Fisioterapeutas de Navarra. El encuentro reunió a profesionales de la sanidad de distintas disciplinas y a representantes de asociaciones de pacientes con un objetivo común: reflexionar sobre cómo mejorar el abordaje del dolor crónico y adaptarlo a la evidencia científica actual.

Entre las principales conclusiones destacó la necesidad de un cambio de paradigma. Los expertos pusieron el acento en la importancia de incorporar los avances en neurociencia del dolor a la práctica clínica, así como en reducir la brecha existente entre las recomendaciones de las guías de práctica clínica y su aplicación real en los sistemas sanitarios.

Asimismo, se subrayó el papel clave de la Atención Primaria como primer nivel de intervención, apostando por estrategias basadas en la educación en dolor y el ejercicio terapéutico adaptado a cada paciente. También se dieron a conocer experiencias de unidades especializadas en el afrontamiento activo del dolor crónico en distintas comunidades, que apuestan por modelos centrados en la participación activa del paciente en su proceso de recuperación.

Otro de los aspectos destacados fue la necesidad de reforzar la atención comunitaria y la promoción de la salud, incorporando un enfoque que tenga en cuenta los determinantes sociales. La prevención, la educación y el trabajo en el entorno del paciente se perfilan como herramientas clave para abordar un problema que trasciende el ámbito estrictamente sanitario.

El consenso es claro: el tratamiento del dolor crónico no puede seguir siendo fragmentado ni centrado exclusivamente en el síntoma. Requiere un abordaje multidisciplinar, en el que fisioterapeutas, médicos, psicólogos y otros profesionales trabajen de forma coordinada para ofrecer una respuesta integral. Solo así será posible no solo aliviar el dolor, sino recuperar la funcionalidad y mejorar la calidad de vida de millones de personas.

En un contexto de alta prevalencia y fuerte impacto social, avanzar hacia este modelo no es solo una opción, sino una necesidad urgente.