Odegaard corta la cinta del nuevo Anoeta

La Real superó en todo a un competitivo y difícil Atlético y sentenció la victoria con dos goles en la segunda parte de Odegaard y Monreal

10.02.2020 | 03:10
Los jugadores de la Real celebran el gol de Odegaard, que inauguró el marcador frente al Atlético.

Fue una jornada inolvidable. Otra tarde más que seguiremos paladeando durante muchas horas. Un nuevo éxito para los anales de la historia txuri-urdin. El 14 de septiembre de 2019, la Real reestrenó el nuevo Anoeta con una victoria impresionante ante el líder de Primera, el todopoderoso Atlético, al que siempre que visita Donostia le tiemblan las piernas. ¡Qué bonito es sentir estos colores! Ser de un equipo que sigue empeñado en desafiar a gigantes con muchos más recursos y que les suele derrotar mucho más a menudo de lo que debería ser normal o lógico. Sin duda, lo mejor de todo es que la gran mayoría de los más de 34.000 espectadores que batieron el récord de asistencia se acercó al campo con la seguridad de que su equipo iba a ser capaz de imponerse al conjunto colchonero, que comparecía con la vitola de no haber dejado escapar ningún punto. El fiasco del derbi se quedó en un mal sueño, ya que no perturbó la extraordinaria ilusión que está generando la ambiciosa apuesta acometida por el club.

La confirmación de lo que se presagiaba se rubricó casi en su totalidad en el encuentro de ayer. Porque no fue solo que la Real superara a uno de los favoritos a la Liga, que lo hizo desde el primer minuto, sino que además, lejos de agobiarse porque no era capaz de plasmar su supremacía en el luminoso, demostró la suficiente madurez y paciencia para aguardar a que llegara su momento y poder sentenciar la contienda. Mediada la segunda mitad, los blanquiazules pusieron patas arribas su monumental nuevo escenario gracias a los goles de Odegaard, tras una jugada preciosa de máxima calidad entre tres zurdos, y de Monreal, también zocato, que aprovechó un mal despeje de Oblak sin cometer ninguna falta como se quejaron los madrileños (se llevó un balonazo).

Una de las máximas que se cumplen habitualmente casi a rajatabla es que el nivel de los zurdos que residen en una misma plantilla suele ser un buen termómetro para calibrar su verdadera capacidad. Los que tiene la Real son muy buenos y, como los diestros no son cojos, la expectación que produce este plantel se encuentra simplemente a la altura de donde debe estar. Como Oyarzabal ya hace tiempo que ha agotado la lista de adjetivos y piropos, mención aparte merece la actuación de un Odegaard que apuntó maneras de crack. Hace mucho de todo y todo lo hace bien. Anoeta ya se ha enamorado del noruego, como se pudo constatar en el runrún que acompañaba cada vez que entraba en juego. Siempre mejora la jugada y siempre se adivina que algo grande puede firmar. Por si fuera poco, su capacidad de trabajo y su poderío físico le convierten en una aspirante a estrella mundial en pocos años. Hasta que ese momento llegue, todo apunta a que va a dejar muchas bocas abiertas en su paso por la Real. Ese es el denominador común de los nuevos jugadores que han llegado este verano. Todos ellos tienen el ADN de la competitividad. El hambre por luchar para ser mejor y para hacer progresar a su equipo. Y eso, por muy triste que suene, solo lo acreditaba antes Oyarzabal.

Máxima expectación Es difícil encontrar en la vida a un gurú que procede del extranjero. Que no ha tenido en la vida ningún contacto con nuestra cultura antes de aparecer en nuestras vidas. Pocas personas nos han analizado y calado tan bien como John Benjamin Toshack. Imposible no acordarse ayer de él por dos frases célebres que dejó para el recuerdo. "En Donostia un día bueno vale por dos". Una máxima que no necesita ninguna explicación y que se podría multiplicar por una cifra mayor dependiendo del lugar con la que se le compara. Y "en Donostia el fútbol no importa hasta después de las regatas". No hacía falta esperar hasta las horas previas del partido para comprobar en las calles de la ciudad que se trataba de un día distinto. La marea multicolor de los últimos dos fines de semana por las diferentes traineras dejó paso a solo dos, el txuri-urdin. Era realmente sobrecogedor comprobar la cantidad de camisetas que lucían orgullosos los aficionados por las calles de la ciudad, ninguneando incluso el aprovechar en la playa uno de los últimos días de verano del año. Jugaba la Real, se reestrenaba Anoeta, se percibía atmósfera de jornada grande.

Imanol hizo cuatro cambios respecto al equipo que perdió en San Mamés. Aritz entró en la zaga, lo que conllevaba el adelantamiento de Zubeldia, Monreal se estrenó en la izquierda y Portu sentó a Januzaj. Lo esperado, porque los dos jugadores que salieron más señalados del disgusto de Bilbao fueron el belga y Willian José. Al banquillo y sin rechistar, así funciona el fútbol de máxima exigencia. Este año la dirección deportiva ha querido subir el listón de la exigencia y ello provoca un sustancial aumento de la competencia y obliga a Imanol a tomar decisiones desde que confecciona la convocatoria. Porque hay jugadores que están peor que ellos y que hubiesen dado un dedo por estar ayer en el verde.

El estadio es espectacular. No tiene otra palabra. Tenemos que sentirnos muy orgullosos y satisfechos porque en dos años hemos pasado de contar con un estadio de atletismo bastante bonito a disfrutar de un verdadero campo de fútbol, con todo lo que implica en cuestión de comodidad (cuando se acabe todavía mejorará ese aspecto) y en ambiente. Es una maravilla. Por eso la verdad es que dio bastante pena que el fondo sur decidiera no animar en los primeros doce minutos en señal de protesta porque no les dejaron desplegar un tifo que ya tenían preparado. Se puede entender su enfado y a nadie se le escapa que son el pulmón del campo, pero también deberían ser conscientes de que hay muchos niños ahí que están como locos de no parar de cantar y que cada socio solo ocupa una localidad de 39.500. Aquí no hay nadie imprescindible salvo las estrellas del equipo. Y este necesitaba el aliento de su grada. Demasiado tiempo esperando para desperdiciar más del 10% del partido mudos en una decisión que, desgraciadamente, solo perjudicó a los suyos.

La Real entró mejor en el duelo. No es que fuera una salida en tromba, pero, tras los minutos de tanteo y una vez superados los problemas en la salida del balón por la presión adelantada del Atlético, siempre estuvo más cerca de inaugurar el marcador. Es más, lo mereció con creces en la primera parte pese a que le costó generar mucho peligro. A los cuatro minutos Oyarzabal avisó a Oblak de que le esperaba una tarde dura al intentar sorprenderle desde 35-40 metros. A Llorente se le escapó un cabezazo tras un córner de, cómo no, Odegaard y, sin que apareciera aún Moyá, el meta esloveno le sacó un mano a mano a Oyarzabal tras una asistencia sublime de Isak con el exterior en plena carrera. Koke sí contestó a esta clara opción al cabecear fuera un córner en el único despiste de la zaga realista a balón parado.

En los minutos finales, con Merino recuperado para la causa, a Llorente se le escapó un testarazo en el área pequeña después de una asistencia con la testa también de Aritz, y Savic salvó otra oportunidad de Oyarzabal después de una preciosa del omnipresente Odegaard y Portu.

La sensación al descanso era que el Atlético se había escapado vivo. Simeone también lo pensó, porque sacó más músculo para intentar frenar a la Real con el cambio de Llorente por Lemar y, a los pocos minutos, de un Joao Felix que pasó inadvertido por Anoeta gracias a la vigilancia de la Real, que no le dejó respirar. Los realistas salieron incluso más fuertes y a Portu se le escapó un centro que era medio gol y Zaldua probó suerte desde lejos, pero su remate se fue alto. Pero poco después, en el gran susto de la tarde y antes de ser sustituido, a Joao se le escapó un perfecto servicio de Trippier. Siete minutos más tarde, llegó el primer gol, que prendió la mecha de la fiesta txuri-urdin de una afición que tenía muchas ganas de disfrutar de un reestreno así. En la acción de la segunda diana, que dejó una fotografía para el recuerdo de la emocionante celebración de los jugadores, la falta de Lodi fue clara y a Oblak, que tuvo que ser cambiado, se le escapó la pelota permitiendo que remachara Monreal. En los minutos finales, emergió la figura de un gigante Moya, que, tras superar el luto por el derbi, firmó una de las mejores paradas que se recuerdan a remate de Vitolo. En el córner también le sacó un testarazo a Giménez mientras que en la prolongación a Oyarzabal se le escapó el tercero que buscaba ansiosamente como buen depredador que es.

Una jornada redonda para festejar que estamos de enhorabuena. La Real cuenta con un equipazo y encima juega en un nuevo fuerte en el que los 90 minutos van a ser, parafraseando a Juanito (canterano del Atlético), molto longos para sus visitantes. Que se preparen, igual que nosotros lo estamos para disfrutar como ayer de esta enorme Real. Aquí manda la Real.