Después de repasar el peso del azar y su querencia por ese reverso oscuro que late bajo la risa, el multifacético intérprete Carlos Areces ha pedido personalmente un envío de un ejemplar de Igandea+ en papel hasta su residencia en Madrid, pues se considera un “fetichista del formato físico” y tiene el plan de guardarla junto a su colección de fotografías post-mortem de la época victoriana.
Empezó vendiendo caricaturas a sus profesores en el recreo y terminó llenando el Wizink Center con Ojete calor. ¿Ese niño que buscaba refugio en Mortadelo y Filemón sigue siendo el motor de todo lo que hace hoy?
-(Risas). No lo sé, qué pregunta más intensa, ¿no? Desde luego, de ese niño queda mucho. Queda lo cobarde, lo asustadizo, el gusto por el cine, por la ficción, por la lectura y por los cómics. O sea que sí, digamos que es el mismo niño mínimamente más independiente y con un poco más de dinero para sus caprichos. Lo que son las estructuras básicas que conforman mi personalidad creo que están ahí con todos sus defectos, agudizadas en algunos casos.
Su despegue como actor en La Hora Chanante fue casi un accidente gracias a un sketch subido a un naciente YouTube. ¿Cómo vive alguien que se define como “materialista y determinista” este papel del azar en su carrera?
-Precisamente como soy determinista y materialista pienso que vivimos en el único de los mundos posibles. Además, tengo que decirte que he reforzado mis teorías después de leer un libro que me pareció fascinante y que se titula Decidido, de Robert Sapolsky -un científico y neurólogo-. El libro lo que hace es negar la posibilidad del libre albedrío, cosa con la que yo he entroncado mucho. Creo que tiene razón, así que sí, sigo fiel a mis creencias (risas).
Ganó premios -como el Josep Toutain- en el mundo del cómic con secciones como Garrote Vil u Ocurrió cerca de tu casa, pero fue absorbido por el mundo audiovisual por una cuestión de pecunio. ¿Siente que el Carlos dibujante ha sido sacrificado por el Carlos actor?
-Sí (risas), es así. Literal, de hecho. Hubo un tiempo en el que traté de compaginar en parte los dibujos con la actuación. Lo que pasa es que esta se come tanto..., y es más rentable que dibujar. Dibujar es cada vez más una profesión de riesgo. Aunque ahora están las redes y te puedes hacer conocido por ahí, pero la rentabilidad de eso no tengo muy claro cuál sería... Pero sí, desde luego el Carlos actor se ha comido al Carlos dibujante. Es más, cuando yo dibujaba en El Jueves utilizaba un programa que se llamaba Flash, que ya no existe. Es tan antiguo que ningún sistema operativo actual podría soportarlo. Si me llamaran ahora para encargarme una página, no sabría cómo hacerla.
En La que se avecina interpreta a Agustín Gordillo, un personaje con un trastorno de identidad disociativa que tiene diagnosticadas 12 personalidades. Tratándose de una serie de comedia, ¿ha sentido alguna vez que camina por una línea demasiado delgada?
-Cualquiera que se asome a La que se avecina para buscar un tratamiento realista de este tipo de trastornos yo creo que se equivoca. Es un espejo absolutamente distorsionante. No solo en este caso de la personalidad múltiple, sino de la convivencia entre vecinos, las relaciones de pareja y trabajo, la mezquindad... Pero es que yo defiendo que la ficción pueda ser un espejo deformante, distorsionador, absurdo y delirante. No somos un documental. No creo que nadie piense que un trastorno de la personalidad múltiple se manifiesta de la manera en que se manifiesta en el personaje de Agustín Gordillo. Principalmente porque es prácticamente Mortadelo, de un plano a otro se ha disfrazado y no sabes de dónde ha sacado la ropa.
‘Rafaela y su loco mundo’
Estrenada a mediados de febrero en la plataforma de streaming de atresplayer, Rafaela y su loco mundo es uno de los últimos proyectos de Carlos Areces, quien con su característico humor absurdo, su estilo excéntrico y su experiencia interpretando a personajes extravagantes, enriquece dicha ficción y consolida su versatilidad y capacidad para conectar con diversos públicos.
Es curioso que este personaje tenga un trauma infantil con un circo ruso que le generó fobia a los payasos, cuando usted ha ganado el premio Sant Jordi por interpretar a uno en Balada triste de trompeta...
-Sí, (risas). Efectivamente, ¿qué te parece? Estoy recordando que también hice de ruso cuando interpreté al hijo de Rafael en la película de Álex de la Iglesia, Mi gran noche. Es irónico. En el fondo, Álex de la Iglesia siempre ha sentido mucha atracción por la cara oculta de los personajes que se supone que te tienen que hacer reír. Por el reverso dramático de la comedia, y eso es algo que yo comparto completamente.
Bajo su dirección participó también en Las brujas de Zugarramurdi. ¿Qué se lleva de esta fusión de comedia y folclore vasco-navarro?
-Fui una de las brujas de Zugarramurdi. Lo que ha hecho tan especial al cine de Álex de la Iglesia es que es capaz de coger todas esas referencias que hemos visto en el cine americano, en la cultura del cómic, en el cine de acción, terror internacional..., y traerlo a escenarios autóctonos. Aquí coge el folclore vasco de los lugares de Zugarramurdi y los reinterpreta.
Respecto a escenarios autóctonos, usted ha estado con Ojete Calor en varios de Euskal Herria...
-Recuerdo que en Donostia dimos uno de los mejores conciertos de los que tenemos recuerdo. Fue en el Kursaal a las 7 de la tarde, un sitio con asientos... A priori, lo tenía todo para ser el peor. Te puedo decir que fue la mayor entrega que hemos visto jamás. Un concierto apoteósico y tan divertido, en el que la gente estaba tan entregada visceralmente... Las bromas fueron tan salvajes... Nosotros no nos cortamos y somos conscientes de que la gente que viene a vernos comparte con nosotros un determinado tipo de humor. Las barbaridades que se hicieron allí, atacando todos los puntos que se pudieron atacar con respecto a la idiosincrasia vasca..., fue tan divertido y tan bien recibido. E, inevitablemente, no puedo dejar de acordarme del último concierto que hicimos en Bilbao, donde al chico de vestuario se le olvidó el abrigo que suelo llevar. Compramos un spray rojo. Yo salía envuelto en mi abrigo blanco, cantábamos la primera canción y al terminar, me daba la vuelta y se leía: “Sois ETA”. Lo que nosotros no sabíamos era que la EITB iba a cerrar uno de sus telediarios justo con esa actuación. Aunque hubo críticas, evidentemente fueron de gente que no fue al concierto y fueron muchas más las voces de la gente que, habiendo ido allí, defendía claramente el espíritu de lo que supone Ojete Calor. Que tampoco lo tiene por qué compartir todo el mundo...