Este miércoles el coro de la película Los domingos se pasó por el sarao de Broncano para cantar Aitormena, y yo me emocioné de nuevo escuchándola. No fui el único. El mes pasado el visitante allí fue Zetak, hace medio año Izaro, y aunque por una cuestión generacional entonces no se me escapó la lagrima, también me fui feliz a la cama. Es muy raro oír euskara en hora punta en una televisión española, y cuando sucede a la sorpresa le brotan un baño de sentimentalidad y una pizca de orgullo. No somos de piedra, ni falta que hace.
En mi caso, y quizás tampoco sea el único, hay sin embargo algo más. Y es que se agradece un evento cultural vasco libre del impuesto político, y por ello estético, al que nos han habituado. Sin duda, a alguna gente le resulta muy natural asistir a un acto popular salteado de una causa que casualmente suele ser la suya. Así cualquiera. Pero otra gente, otra mucha gente, ya se ha hartado de que le vendan talo con consigna, la que toque según la época. La cosa es no dejar aquí nunca la pancarta en blanco. Olvidan que uno va a gritar estribillos, no a trasegar lemas. Y a menudo nos han impuesto el papel de público cautivo para colarnos mensajes que no iban con la entrada.
Yo ya he tirado la toalla. El mundo es muy grande. Quienes durante años han alentado, por acción u omisión, la omnipresencia de una sola ideología en el espacio común, ellos sabrán si les ha merecido la pena el monocultivo. Pero tiene su guasa, su triste guasa, que a unos cuantos aún nos haga llorar Aitormena y no sea por lo que fuimos ni por lo que somos, sino por lo que podríamos haber sido. Dónde, y en Madrid.