Don Julio Caro Baroja (merece siempre ser tratado de don) afirmaba que “mientras el pueblo existe en su integridad, la fiesta existe en su integridad; si el pueblo decae, la fiesta decae. Y la fiesta no desaparece hasta el mismo momento en que el pueblo se hunde en escombros”. Pues los pueblos, gracias a los dioses del Universo, sobreviven a los grandes negocios de las guerras y las crisis económicas periódicamente programadas o consecuencias del sistema, y de igual forma que se hacía desde ni se sabe, el árbol (mayo, maiatza en euskera) vuelve a presidir las fiestas de nuestros pueblos.

El árbol está presente en un gran número de fiestas populares, desde la admiración originalmente suscitada como nexo de unión entre el cielo y la tierra desde cuyas raíces se encumbra hacia la luz y el infinito, en una diversidad de creencias paganas que la Iglesia católica adaptó a su calendario, sus dogmas y su ceremonial. El árbol, sea cual sea y según las culturas (el abeto en el norte, el mismo roble de los vascos, el olivo mediterráneo, el baobab, la sequoia de los indígenas americanos o la palmera que importaron los expedicionarios africanistas (o quienes participaron en las levas de la milicia y quizás de recuerdo lo trajeron a estos lares) goza de un protagonismo extraordinario y fuerte como los santos o la imagen mariana a los que se le asocia.

Con la Guerra Civil y sus consecuencias la tradición o costumbre o rito, transmitida generación por generación de levantar el mayo y plantarlo en las plazas de los pueblos se fue abandonando (aunque no en todas partes, por fortuna) y olvidando. Eran tiempos en los que dominaba “un fresco general procedente de Galicia” y no todos se atrevían a hacer “lo de antes, lo de siempre” ante la nueva (¿?) moral imperante con el riesgo de ser malinterpretados o considerados culpables (luego, reos) de herejía, y recuérdense los carnavales sin ir más lejos.

la santa cruz El mayo lo es en particular por su relativa y digamos reciente relación con la cruz, la del mes de mayo (la Invención de la Santa Cruz) o la de septiembre (la Exaltación de la Santa Cruz) pero no es tampoco de fecha fija en lo festivo y popular (pagano) ya que lo mismo se levanta en junio como en Iraitzoz (Valle de Ultzama) o en Arizkun en fechas recientes, o en agosto (víspera de la Asunción de Nuestra Señora) en Zubieta, y de la misma forma cuando llegan las fiestas y le parece a la juventud casi siempre protagonista

Cucaña En Elbete (Baztan) donde el ritual no se interrumpió nunca levantan un chopo (antes se robaba cada año a un vecino, ahora los jóvenes plantan unos cuantos de cara al futuro) que se conocía por tantai o dandai (parece que alude a árbol joven y alto, a equilibrio y estabilidad) como antigua voz vasca que es. Lo hacen el 13 de septiembre (vispera de la Exaltación de la Santa Cruz) para que presida las fiestas. En Zubieta (Malerreka) lo plantan el 14 de agosto (víspera de la Asunción) y escogen un haya, que es aún madera más pesada.

En un tiempo estos mayos se descortezaban y embadurnaban con grasa o jabón resbaladizos, en su copa se ponía una bandera y llenaba de frutos u otra clase de premios, y se jugaba a la cucaña. Ascender (unir tierra y cielo) era rito de iniciación y de paso, y al ganador se le consideraba apto para llegar a mayores alturas. Pero esa es otra historia.