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Viaje a los Toros de Pamplona (I)

Jandilla | El señorío del Toro

En el hermoso señorío de Don Tello, dedicado cada vez más a la vida agraria, la camada de los toros de Borja Domecq siguen su preparación camino de otro gran año

Jandilla | El señorío del ToroCEDIDA

Tras día y pico de salida de mi casa, habiendo recorrido zonas salmantinas y sufriendo los avatares de las carreteras, hechas un desastre, con lluvia, granizo, niebla y frío por toda esa ancha Castilla, por fin pasábamos las nieves de La Covatilla sin ver su cima en la Sierra de Béjar, y dábamos comienzo desde este instante, al viaje en busca de esos toros que son la base de lo que al final nos llegará a los corrales de la Rotxapea, y de ellos, esos seis últimos que harán de la Vieja Iruña la ciudad más famosa del mundo esos días que van del 7 al 14 de julio. Aún tenemos kilómetros por delante hasta llegarnos a Mérida, nuestro siguiente hito. La capital de Extremadura, ciudad romana por excelencia en la península, es parada obligatoria desde muchos lustros atrás por ser la casa de un habitual de nuestra feria, Jandilla, que aquí se aloja desde finales del pasado siglo.

Pero antes de hacernos hueco en nuestro hotel local y pasear por las antiguas ruinas, mi compadre David, que lleva el peso del camino una vez más al mando del volante, y yo, tenemos que ser fieles a la hora de la cita y echar la tarde en la finca. Unas horas que aún siendo primeros de febrero, aquí ya son más claras y largas que las nuestras. Se ven rayos de sol, y tras ver agua por doquier, pensamos que salvamos la visita. Eso deseamos, y así subimos hacia las cuadras entre miles de olivos. Cómo han crecido los de esta zona, comenta mi socio, que los vio nacer hace un par de años. Es lo que pasa con el cultivo super intensivo. Más el del oro líquido.

Toro burraco

Ángel, mayoral de la casa, hombre responsable de todo lo que aquí acontece, ya nos espera. Somos puntuales, y con él daremos el circuito, que aunque crean que siempre es el mismo, no solo cambian los animales cada año, porque las circunstancias del campo, bien por tiempo, fechas, horas, situaciones varias, se modifica a cada paso. Y aunque hayas estado treinta o cuarenta veces, siempre me da la sensación de empezar de cero. Y hoy, avisados ya de cómo están las cosas va a ser uno de esos. Porque les ha llovido y todo lo que sigue cayendo es de regalo.

Nos va contando las penalidades que se están dando en esta casa, y cómo nos vamos a quedar sin ver de cerca lotes como el de Madrid, Jerez o varias francesas. No así Pamplona. El lote rey de la casa está en el cercado más alto de la finca, desde donde el dominio de la zona es abrumador. Otra cosa que cambia es el vehículo. Dos años atrás por los caminos del cortijo paseamos David y yo con su propio cacharro. Esta vez nuestro guía nos embarca en el más viejo y destartalado de la casa, que pesa poco, tiene ruedas finas y es perfecto para el monte. Es más viejo que el de mi hija, le digo, y Ángel dice que necesita otro y que se lo compraría ya, que le llame, pero estos carros son muy demandados, y ella lo usa mucho monte arriba, monte abajo. Da igual como esté que aquí no importa la ITV, que no va a salir del cortijo, comenta.

Toro colorao

Y con el traqueteo sobre los charcos, viendo lotes separados ya para los catorce festejos que tienen programados, vamos parando en cada reata desde la orilla, pegados a los vallados, y examinando los diferentes tipos volumétricos que, junto a sus diferentes ‘perchas’, nos van aclarando los tipos de plaza que tienen contratadas este año. Digo esto porque la gente se cree a veces que en el campo salen todos los animales iguales, de máquina, y que toda ganadería tiene treinta toros para exigencias como las de la Feria del Toro. Pero no. Pasa como con nosotros. Y muy en tipo de la casa, vamos hacia el corral de arriba donde entramos con pericia del conocedor hasta tenerlos delante. Están ateridos, y cansados de tantas borrascas. Parecen más recogidos, y sin embargo impresiona tenerlos tan cerca y tan tranquilos.

Y es que cuando peor se alía el tiempo en su contra, menos ganas tienen de pelea y más tranquilos se encuentran entre ellos. Y por ello, con el coche reconocido se dejan ver sin sobresalto alguno. Nueve en el cercado. Negros, menos un castaño y un colorado. Y uno de los negros es un hermoso burraco, que más parece pelaje de vaca lechera. En este, más que en otros, se notan esos pelajes de invierno que solemos contar, y que perderá en primavera. Porque en este día, el invierno se nota como si allí arriba estuviéramos. Llega una nube negra y desluce las fotos. La camada elegida, salen siete de sobra a falta de cinco meses, es el tipo de la casa. Son bajos, de manos cortas y seguro que elegidos por los principales espadas para medirse a ellos. Pero tienen buenos pechos. Nos quedaríamos horas contemplándolos y las fotos no les van a hacer justicia por las inclemencias que vivimos.

Terminamos la tarde viendo los utreros que tiene para las novilladas porque están camino del embalse natural que tienen en la casa. Nos vamos a verlo porque Ángel quiere enseñarnos cómo se sale el agua por los aliviaderos. Y aún dicen que vienen más borrascas, y si se puede circular por los caminos de la finca es por la gran disposición que presenta este hermoso señorío, donde en otras cincuenta hectáreas han desaparecido las cebadas y vemos, ahora, un parque solar. Detrás de él, muy a la vista, queda la ciudad emeritense que ya comienza a llenarse de luces. Y es que ya es hora de irnos de allí, agradeciendo a nuestro anfitrión su tiempo y su amistad, y qué menos que dejarle un detalle por su sincero recibimiento. Mira la chistorra de mi pueblo y ya comenta que va a durar poco en el envase, así que nos despedimos con una sonrisa. Toca descansar, que mañana nos queda ir a otra sierra y seguir devorando kilómetros, que por si no lo había dicho, están todos para cambiar el piso.