“Viendo lo fuerte que es el arnés me voy más tranquila”. Marisa, la abuela de Emma Madorrán Ojuel, de 7 años de edad, observa cómo colocan a su nieta los principales elementos que unirán a la niña a la maroma que la guiará a 10 metros de altura por la plaza Nueva de Tudela el próximo 5 de abril para retirar el velo a la virgen. Emma está preparada para realizar el primer ensayo colgada del techo, imitando los movimientos y en tiempo real, lo más parecido a como lo realizará el Domingo de Resurrección en que se celebra la secular tradición de la Bajada del Ángel.
Elementos desde hace siglos
Marisa, hace bien en confiar porque el arnés es la pieza más antigua de todo el conglomerado de detalles, prendas, adornos e instrumentos que rodean a la ceremonia que hunde sus raíces en el siglo XVII (desde 1663 en el formato actual), aunque algo similar ya se representaba en el siglo XIV, cuando iban en la procesión seis niños vestidos de ángeles, “a los cuales—según los documentos de la época—se les daba confitura”. Pero desde aquel año se modificó y un niño o niña vestido de Ángel, suspendido de una maroma, desciende por ella hasta quitar un velo que cubre el rostro de la Virgen.
Ese arnés se confeccionó hace varios siglos y es la pieza más importante, puesto que de ella depende la seguridad de la protagonista y de todo el puzzle de la historia de Tudela que rodeará a Emma ese día y cuya trascendencia, por suerte, ella desconocerá completamente. El peso de la tradición secular sería demasiado importante para que lo soportara ninguno de los niños y niñas que durante siglos han protagonizado el evento. Este arnés se acopla a la pequeña, que mira expectante todas las piezas que empieza a descubrir, está realizado en cuero bastante grueso y es bastante rígido. Tiene forma de coraza y abraza el cuerpo del niño, pecho, vientre y espalda.
El garaje de la familia Gambra-Arregui sirve, como siempre, para poder practicar enganchando a la niña del techo y con un arnés poderla colgar para, ya con las alas, simular que vuela sobre la plaza Nueva.
Para la familia es un momento inigualable, después de esperar año y medio (Emma fue elegida como suplente el año anterior), por fin ve cómo su hija pequeña cumple su sueño. Pedro Madorrán, Begoña Ojuel sus hijos Carlota y Matías, y su otra abuela Angelines, observan perplejos todo el entramado que rodea a su hija y hermana: media docena de cámaras, ayudantes (Goyo Terrén, Ana María Vallejo, Pachi Gambra, Rodolfo Milagro, y Zoraida Hoyos) y familiares. Junto a ella, con sus eternas sonrisas, se encuentran también Miguel Ángel Vallejo y Ana María Arregui, responsables de elegir al protagonista y enseñarle todo lo que debe hacer.
El ensayo
“¿Es muy incómoda esta postura?, ¿te aprieta?, ¿te hace daño?”, son las preguntas de rigor para conocer cómo deben poner la vestimenta ese día a una niña que contaba a los medios tras su experiencia que “las alas son muy chulas y el traje también”. Vallejo le susurra “dicen que no gritas nada, pero yo sé que sí gritas muy alto” para picarle. Comienza el ensayo: “sales del templete”, le indica Goyo mientras, de fondo, suena la Marcha Real e, inmediatamente, Emma se santigua tres veces y comienza a lanzar cuartillas en blanco que simbolizan las aleluyas que soltará del zurrón cuando vuele el 5 de abril.
Moviendo los brazos, como si nadara más que como si volara, ella, en su imaginación, va avanzando por la plaza, “llegas al kiosko”, la describen y de nuevo lanza aleluyas. En ese momento, Ana María Vallejo se acerca con la corona de la Virgen envuelta en un velo negro y simula que es la figura de la Virgen que portarán y de la que Emma retirará el luto. Ana María, siguiendo indicaciones, se aleja, se acerca o se pega más o menos a la niña para que ella sepa que debe dirigir a los portadores al lugar exacto donde puede quitar cómodamente el velo.
Cesa la música. Se santigua tres veces y grita, como pocos pequeños lo han hecho, “¡Alégrate María, porque tu hijo ha resucitado!” y se lanza el luto entre el ala izquierda y el cuello. “¡Muy bien!, ¡muy bien!”, ahora es la familia y los asistentes al ensayo los que gritan. Sin dejar de sonreír, Emma vuelve (en su imaginación) al templete, aunque siga colgada del techo, “el pie”, le indica Miguel Ángel para que sepa que tiene que levantarlo para poder entrar al templete.
“Eres una artista”, le señala Vallejo agarrándole al mismo tiempo de los dos carrillos. Y de artistas sabe un rato ya que lleva más de 30 años, eligiendo, vistiendo y aleccionando ángeles junto a su mujer Ana María. El ensayo se repitió tres veces y la sonrisa de Emma no desapareció en ninguno. La seguridad que irradia da tranquilidad a padres, organizadores y también al público. La tradición puede seguir.