El mundo de la cultura y el folclore navarro viste de luto tras el fallecimiento esta noche de Javier Lacunza Tolosana, uno de los nombres imprescindibles para entender la pervivencia y el auge de la gaita en las últimas décadas. Lacunza, integrante de los emblemáticos Gaiteros de Pamplona / Iruñeko Gaiteroak, dedicó su vida a la interpretación, enseñanza y dignificación de un instrumento que es alma de las fiestas de toda la Comunidad foral y de Euskal Herria.
Su trayectoria estuvo intrínsecamente ligada a la labor de los Gaiteros de Pamplona, colectivo que desde finales de los años 60 inició una revolución silenciosa para rescatar la gaita del olvido. Junto a compañeros como los hermanos Fraile (José Luis y Juan Mari), Lacunza fue parte de esa generación que no solo recuperó las partituras antiguas, sino que llevó la gaita a las escuelas de música, garantizando así el relevo generacional que hoy se disfrutan en las plazas.
Nacido en Artajona en 1943, su formación fue académica y rigurosa, realizando estudios de solfeo y clarinete en el Conservatorio Pablo Sarasate, lo que le permitió aplicar una metodología profesional a la música de raíz. Su compromiso con la gaita fue más allá de la interpretación. Ya en 1968, participó junto a su hermano Fernando en la creación del Método General de Gaita, una obra pionera que sirvió para academicizar la enseñanza del instrumento.
Este libro supuso un antes y un después, ya que permitió que la gaita saliera del ámbito puramente oral y familiar para convertirse en una disciplina con una metodología de estudio rigurosa, siendo todavía hoy el manual de referencia en las escuelas de música de toda la Comunidad.
Revolución técnica
Uno de los episodios más determinantes en la carrera de Lacunza fue la búsqueda incansable por perfeccionar el sonido de la gaita, una misión que en los años 70 le llevó a realizar una expedición pionera a París. En una época en la que la fabricación del instrumento era rudimentaria y casi secreta, Lacunza y los hermanos Fraile decidieron buscar respuestas en los talleres de los mejores lutieres de viento madera de la capital francesa.
Aquel viaje no fue una simple visita turística, sino una inmersión técnica en talleres donde se fabricaban oboes y clarinetes de prestigio mundial. Allí asimilaron conocimientos sobre el tratamiento de la madera de boj, el torneado de precisión y la arquitectura de las lengüetas.
Esta maestría aplicada al instrumento navarro permitió dar un salto de gigante: la gaita dejó de ser un instrumento limitado para convertirse en una herramienta musical de precisión, capaz de afinar perfectamente y de integrarse en formaciones profesionales y bandas de música.
Un legado de maestría
Lacunza fue testigo y protagonista de hitos históricos, como el reconocimiento otorgado por el Ayuntamiento de Pamplona a la labor de los gaiteros por su vinculación con la ciudad y su papel indiscutible en los Sanfermines durante más de cinco décadas. Su maestría no se limitó a las calles de la capital; su influencia llegó a localidades con gran tradición como Lodosa, donde siempre se ha puesto en valor el trabajo de estos músicos para que el sonido de la gaita no se apagara durante el siglo XX.
Quienes compartieron escenario con él destacan su rigor técnico y su capacidad para investigar y transcribir el repertorio tradicional. Gracias a su labor en los Gaiteros de Pamplona, la formación se convirtió en un referente de investigación musicológica, recogiendo el testigo de sagas históricas como los Montero, los Elizaga y los Pérez de Lazarraga y elevando la gaita a un nivel de excelencia artística.
Si bien la tarea finalmente recayó en manos de Yala Nafarroa, en 2025 los Gaiteros de Pamplona fueron nominados para lanzar el Chupinazo de San Fermín, un reconocimiento popular a su labor incansable. La candidatura, que movilizó a gran parte de la ciudad en apoyo a los músicos, simboliza el respeto y el cariño de una Pamplona que este próximo 6 de julio tendrá más presente que nunca la figura de Lacunza.
Con su pérdida, la Comunidad foral despide no solo a un músico excepcional, sino a un guardián de la memoria colectiva que supo soplar vida a la tradición para que esta nunca dejara de sonar.