De musgos, huertas y Alemanes
Hola personas, primaverales saludos os envío desde mi pequeña tribuna a la que me encaramo cada domingo para contaros mis andanzas pamplonesas, o, por mejor decir, mis andanzas vitales, ya que domingo a domingo os voy contando toda mi vida y milagros por entregas, en pleno estilo de las publicaciones decimonónicas de Manuel Fernández y González, “El diablo con antiparras”, padre del folletín semanal.
Bueno, pero no me quejo. Hay cosas y casos peores. Esta semana, encontrándome mejor, he sido capaz de darme dos buenos paseos a lomos de mi moderno y eléctrico corcel, ojo, que hay que dar a los pedales, que no va solo, se anda fácil y sin excesivo esfuerzo, eso sí, pero algo has de poner de tu parte.
El jueves a la mañana, a buena hora, las 9:30, empezaba mi primer paseo después de meses sin poder ir más allá de dos manzanas. Era un reestreno. Salí de casa y me fui hacia el sur, dejé tras de mí la cúpula de la discordia, y por la calle Monjardín, saludando al sol que se sumaba al nuevo día tras Mendillorri, llegué a la del Valle de Egües que tomé para darme una vuelta por entre las calles de Argaray y sus chalets.
Alguna vez ya he dicho que no soy envidioso, nunca he sufrido por los bienes ajenos, sin embargo (siempre hay una adversativa), he de reconocer que siento envidia por un chalet en Argaray, sería feliz viviendo en uno de ellos, en el más pequeño. Como no creo que esta circunstancia llegue a darse, me conformo con pasear de vez en cuando por entre sus calles y disfrutar. En estas fechas son un regalo para los sentidos, y sus calles floridas, tranquilas y solitarias, se han engalanado para resultar más hospitalarias y hacer más grata la visita.
Tras unos minutos calle arriba, Valle abajo, salí a la Baja Navarra y, aunque no lo había pensado, mi rumbo, estando en esa zona, como ya podéis imaginar, no podía ser otro que mi querido y empinado camino. En cuatro pedaladas estaba en su embocadura. Allí me crucé con Enrique Villareal, “El Drogas”.
Ese Drogas, dejé caer al cruzarnos, aupaaa, me respondió lacónico y cumplidor. Empecé mi descenso y se me erizaban todos los pelos del cuerpo de ver lo bonito, lo vivo, lo salvajemente lleno que está mi camino. Y no solo está lleno de vegetación y naturaleza, esta lleno de vidas, es un lugar que para muchos es de obligado recorrido y se nota, todo eso flota. Por otro lado, es lugar semi secreto. No viene en las guías. No es famoso. Es nuestro.
En esta ocasión dediqué especial atención a unos seres vivos en los que no había reparado en ninguno de los anteriores paseos y que son, al fin y al cabo, el comienzo de todos los demás. Bajé de la bici, la dejé apoyada en un árbol y poco hube de moverme para ver una enorme riqueza de líquenes y musgos. Cada tronco tiene sus colonias de estas biocortezas que crean auténticos mosaicos de texturas y colores. No son de gran porte, pero son las más fuertes, aguantan temperaturas extremas y cuando no queda nada, ellas reaparecen y vuelven a dar la vida. Son grandes desconocidas. Habrá quien piense que solo valen para montar el belén. Otro elemento que me ha llamado la atención, mientras miraba con mirada macro los troncos de los árboles y sus microhabitantes, han sido las heridas que los años, la vida, les ha ido dejando. Allí donde se ha arrancado una rama, o donde ha tenido un corte, una agresión, el árbol se auto sana y cicatriza de muy distintas maneras y algunas tienen tintes artísticos. Trinos de pajarillos invisibles ponían el remate musical.
Seguí bajando y llegué a la pasarela peatonal que salva el cauce. Paré, desmonté, até el caballo, y pasé un rato asomado a la baranda a ver si había suerte y salía alguna de esas pelirroja de larga cola que saltan de chopo en chopo y que se andan por las ramas, pero no. Mientras esperaba inspeccioné la infraestructura y vi que más de uno confía que su amor perdure atando un candado en la barandilla al estilo del escritor Federico Moccia. Me metí en terrenos de la Magdalena y tras rebasar el frontón de los zapateros y admirar la bonita rejería que tienen en la entrada, hice derecha y tomé el entrañable camino de Caparroso, entrañable camino hortelano.
La zona la ocupan tres tipos de explotaciones. Hay casas importantes, con su buen terreno, su piscina y todos los sacramentos, luego hay alguna gran extensión de explotación hortícola profesional y, por último, encontramos tres caminos, dos a la izquierda y uno a la derecha, que entran perpendiculares a la carretera y que dan paso a pequeñas huertas de recreo. Entré en el segundo y fui andando, a paso tranquilo, fisgando, metiendo el morro, y la verdad es que no son mal sitio para pasar buenos ratos. Las mesas de los pequeños porches aun huelen a paella y a costillas y en el aire aun retumban los envido, envido más, órdago, quiero. Las huertas están floridas y mimadas. Cuando ya me iba, vi que un señor entraba en la suya, me acerqué y saludé, me presenté y se presentó, se llamaba Víctor y muy amable me invitó a entrar y me enseñó su señorío, y digo esto porque si fuese mío así lo consideraría. Un jardín hermoso, cuidado, inmaculado; una higuera, un cerezo y poco más. Una huerta de pocas lechugas, pero ordenadas. ¿Para qué más? me dijo, si soy soltero. Luego me enseñó la caseta donde no faltaba de nada, bueno sí, el jamonero estaba vacío. Me chivateó que alguien con alto puesto en este periódico es vecina en la huerta de enfrente.
Me despedí del amable Víctor y volví a mi ruta. En poco llegué a la carretera de Burlada, entrada de los peregrinos compostelanos. Algunos llevé a mi vera hasta el puente de la Magdalena, ellos lo atravesaron, yo seguí hacia Alemanes. Llegué a esa entrada que se conserva y que te pone a la orilla del río y que es, según dice la historia del siglo pasado, el lugar que estos alemanes, llegados de Camerún, colonizaron para pasar sus ratos de baño y deporte. Tras un rato disfrutando de la corriente, subí a la pasarela que comunica con el otro lado. Nada más entrar una pintada en su barandilla me dejó perplejo decía: San Fermín ¡¡¡Sin corridas!!! No sé si lo veo, difícil, sin toros aun, puede ser, pero sin corridas, no lo veo.
Cambié de ribera y entré en el gran parque de Aranzadi, un proyecto que algún día, quizá, tarde o temprano, con un ayuntamiento u otro, si hay suerte, es posible, ¿quién lo sabe?, llegue a ser el proyecto que prometieron. A mí es un sitio que me gusta, pero le falta atención y remate.
Me dirigí como un autómata a casa Gurbindo lugar en el que se vende lo que cultivan en la granja escuela. Compré ajos frescos y acelga. Se me saltan las lágrimas cuando los recuerdo. Extraordinarios.
Abandoné la zona fluvial.
Por el portal de Francia volví a la meseta.
Besos pa tos.
Facebook : Patricio Martínez de Udobro
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