Javier Ibáñez: el hombre feliz
Javier Ibáñez era un hombre feliz. Y como el protagonista de «La camisa del hombre feliz», el aleccionador cuento de León Tolstói (1828-1910), nunca vistió la camisa del reconocimiento oficial. No le hacía falta. Tal vez por eso mismo sonreía así, con ojos encendidos, con curiosidad infinita.
Fallece a los 72 años el actor y músico navarro Javier Ibáñez Huici
En realidad, había algo de Tolstói en Javier Ibáñez o quizá de Javier Ibáñez en el escritor ruso. Nunca se sabe cómo funcionan esas cosas. Tal vez por eso a Javier le gustaban las paradojas, los laberintos de caminos que se bifurcan y el asombro de la magia blanca. En el fondo, todos sabían que había en Javier Ibáñez mucho de lo mejor de muchos. Como era actor, su cara y su cuerpo asumieron otras vidas, múltiples identidades. De Valle Inclán a Bram Stoker, de Bertolt Brecht a Antón Chéjov. Daba igual los papeles que interpretase porque en sus personajes se fundían el texto de partida con su persona y con su inequívoca manera de afrontar la experiencia artística.
Y, además, como era músico, con su guitarra convocó muchas músicas: de John Lennon a Ian Anderson; fue un “cover” de lujo. Casi siempre eran temas de los 60 y 70. Tal vez porque en ese tiempo crecieron sus raíces, siempre cerca del río, no por casualidad el grupo del que formó parte se llamó Magdalena. Por cierto, fue la primera banda en grabar rock progresivo en euskera años antes de que se desatase la tormenta del RRB.
Caminante de arrabales, trovador de periferias, buena parte de su existencia la consumió en las calles viejas de la vieja Pamplona/Iruña. De hecho, en los últimos años, su itinerario habitual apenas cruzaba dos de los tres burgos sobre los que Pamplona enterró su propia historia.
Porque me resulta imposible, porque no conozco la totalidad, me niego a detallar todas sus intervenciones, todos sus conciertos, todos sus proyectos que se quedaron por hacer. Sí quiero recordar que, como su físico desbordaba humanidad, el paso de los años lo convirtió en una figura cercana, amable, sosegada, plácida. Cultivó una serena pose, una risa abierta y una voluntad presta siempre para colaborar.
No sonaron campanadas de muerte por su marcha, pero un instante después de su fallecimiento internet se llenó de fotografías con su inconfundible presencia. Llovían como un homenaje silencioso y en pocos minutos, la red empezó a desbordarse con ecos de amigos y amigas que se negaban a decirle adiós, que mostraban esos relámpagos fugaces en los que sus cámaras lo habían captado. Justo es reconocer que su fotogenia poseía algo magnético. Desprendía presencia. Tras las fotos, surgieron las cartas, los semblantes, la remembranza.
Recuerdos a flor de piel como éste, con la lágrima empujando y con gemidos de duelo arañando el alma. Todo eso no fue sino el antídoto de una despedida que no pudimos tener porque Ibáñez, Javier, quiso hacer un mutis por el foro en su última salida. Nada supimos de esquelas, ni de velatorios, ni de conducciones. El hombre feliz que nunca tuvo camisa desapareció como una sombra, sin decir adiós, sin esperar lloros, sin dar lugar a solemnes protocolos que nunca necesitó.
Evitaré pues los calificativos redundantes para fijarme solo en un par de momentos. El primero se trata de un ensayo general, creo recordar que en el antiguo conservatorio de la calle Aoiz, hoy convertido en la Casa de las Mujeres de Pamplona. Dos actores, Javier y Ángel (Sagüés), un coreógrafo director, José Laínez, y una estructura claustrofóbica, una trampa para cobayas humanos. El título, «Abismo». El resultado, semejante al que provocó en su estreno «Terciopelo azul» de David Lynch. La evidencia de que un cambio de paradigma era posible.
En consecuencia, la escena teatral de Pamplona se partió en dos. El título se hizo premonitorio y un abismo insalvable inició un proceso todavía no superado. Comenzó una guerra; el teatro del texto frente al teatro del gesto. Era el año 1985, y aquel montaje humilde y seco, desolador y visionario ganó el Primer Premio del Festival Internacional de Teatro de Sitges para el TEN.
Los milicianos del TEN habían vencido la batalla del reconocimiento nacional pero la guerra de consolidar la escena navarra con la que soñaron, se la robaron para siempre. Al año siguiente, Javier Ibáñez dirigió «Post mortem», un texto que deberíamos leer hoy como una declaración de intenciones. Luego vendrían nuevas epopeyas como «El loco y la monja» y, mientras tanto, el teatro, como la vida, asumió la llegada del tiempo de la deserción de las utopías. Con su crepúsculo se impuso el pragmatismo de asegurarse la soldada. Y frente a esa retirada, Javier Ibáñez decidió convertirse en nuestro Johnny Guitar desterrado.
A Javier, y a quienes como él seguían y siguen haciendo lo que creían, les traicionaron. Algo de lo que nunca nadie le oyó lamentarse.
Algunos años más tarde, compartimos un mismo jurado, en un certamen del departamento de la Juventud. Durante un par de meses, en lugar de mirar a Javier Ibáñez sobre el escenario, lo tenía sentado a mi lado. Era arrebatadoramente agotador. Tomaba nota de todo, todo le parecía apreciable y todo lo defendía con vehemencia y entusiasmo. Entonces aprendí que aquel veterano era mejor, porque su generosidad como espectador agrandaba su capacidad artística, abonaba su talento.
Muchos más años después, tras una apasionada discusión, un tertuliano, cansado de mi insistencia en reivindicar el trabajo de los verdaderos artistas frente a la mezquindad de algunos gestores en el triste panorama local, me lanzó un desafiante reto. «Pues di, ¿qué han hecho esos que tanto defiendes?» La respuesta brotó de manera automática: «Vivir con dignidad, con la cabeza alta, haciendo lo que han querido».
Por eso mismo Javier Ibáñez era feliz.
Cuando en su última aparición sobre un escenario, en la entrega de los premios MAX, vestido de rojo sangre, con el brillo en llamas, recitó «A los hombres futuros» de Bertolt Brecht, me impresionó percibir una herida en su voz. Pensé que era el peaje de los años, ya saben, el cansancio de la vida. No pude imaginar que era la caricia de la muerte escondida en sus adentros.
Días después de su marcha, en el auditorio de Peralta, volví a escuchar ese eterno poema de Brecht. Al comienzo de la representación, José Mari Asín, dedicó la función a Javier Ibáñez, primer director de «La Trapera», grupo que lleva décadas manteniendo vivo el teatro en la villa de la Atalaya. Al finalizar «Berlín Brecht Kabarett», el destino juega esas carambolas, tras ese calidoscopio de proclamas, un “patchwork” vibrante y musical con diez de los mejores intérpretes que tenemos en Navarra; uno a una, y una a uno, recitaron «A los hombres del futuro».
Diez voces con voz quebrada, con silencios tensos, me hicieron pensar que, efectivamente, vivimos en «tiempos sombríos» a los que Javier Ibáñez había iluminado con su felicidad. Y repetí para mis adentros una pequeña estrofa que lo retrata: «Mi pan lo comí entre batalla y batalla. Entre los asesinos dormí. Hice el amor sin prestarle atención y contemplé la naturaleza con impaciencia. Así pasé el tiempo que me fue concedido en la tierra».
Luego, ya solo pude lamentar que esa tierra en la que vivió y murió Javier Ibáñez, no supo, no pudo o no quiso, casi nunca, estar a su altura. Hoy me reconforta creer que, desde ese pasado que ya no volverá, ese hombre feliz lo fue porque pensó en nosotros con amable indulgencia, sin esperar nada a cambio.