(Publicado en euskera en la revista 'Argia' el día 29 de enero de 2012 y traducido por su autora)

HACE tiempo que no vivo allí, y voy pocas veces, cada vez menos, pero las experiencias de la infancia nos marcan profundamente, y para mí Zilbeti es fundamental. De pequeña, cuando iba allí respiraba mejor. Al mirar hacia el Adi desaparecían los nudos que el rigor de la vida urbana enredaba en mi interior, y surgía en mí un vivo deseo de ponerme a saltar y a cantar.

Por ello, por las primordiales vivencias que Zilbeti me dio, sentí una especie de desgarro en mi interior cuando dijeron que allí iban a hacer una cantera. Luego las cosas empeoraron. A cuenta de la cantera, el pueblo se ha dividido en dos, y eso es una gran tragedia en un pueblo pequeño. Quienes de una forma u otra nos relacionamos con Zilbeti hemos tomado postura, y eso ha hecho que las relaciones se hayan vuelto difíciles. Hay personas que se han comprometido más, o más públicamente, pero quienes hemos llevado nuestro compromiso más calladamente (hablaré claro: yo estoy en contra de la cantera) acusamos también la incomodidad y la aflicción que el tema nos provoca. He gozado de la amistad de muchas de las personas que ahora se muestran favorables a la cantera. Las relaciones normales y fluidas del pasado se han vuelto difíciles e incómodas por culpa del inevitable tabú en torno al tema. En las relaciones personales, el mal ya está hecho, y será difícil rehacer lo que se ha roto. Pero también el entorno natural corre el riesgo inminente de sufrir graves daños, con la crisis como excusa y aliada.

Y es que muchas de la personas que defienden la cantera dicen que lo hacen por los puestos de trabajo. El de la creación de empleo ha sido siempre un excelente argumento para casi cualquier cosa (más excelente si cabe en tiempos de crisis). También en Garoña defienden los puestos de trabajo de la central nuclear. Y hay muchos empresarios que repiten una y otra vez que hay que flexibilizar el mercado laboral (esto es, reducir la estabilidad laboral y recortar la seguridad de trabajadores y trabajadoras) para crear más empleos. Pero los hipotéticos puestos de trabajo que se puedan crear en la cantera de Zilbeti o en la fábrica de Zubiri se irán por donde han venido si así conviene a quienes detentan la propiedad de la empresa (algo saben de esto en Baiona...). Y existen otras maneras de crear empleo que no responden al modelo de desarrollo caduco y destructor que se ha venido imponiendo hasta ahora (el desarrollo sostenible se convierte a menudo en un simple ornamento para justificar los proyectos de los poderosos).

La creación de puestos de trabajo no puede servir de justificación para hacer cualquier cosa. No puede servir, por ejemplo, para que una cantera haga desaparecer un hayedo centenario y protegido o animales en peligro de extinción. Quienes defienden tal cosa, o quienes mirando hacia otra parte lo consienten, tienen su responsabilidad, como la tenemos todos, con el planeta y con las generaciones futuras. El ingeniero suizo Daniel de Roulet en el libro Tu n'as rien vu à Fukushima (Ez duzu deus ikusi Fukushiman en euskera, y Fukushima mon amour en castellano) que acabo de traducir al euskera dice, en torno a la energía nuclear y a lo sucedido recientemente en Fukushima (y antes en Three Mile Island o en Chernobyl), lo siguiente: "Caímos en nuestra propia trampa: colaboramos con un sistema que sabíamos portador de una muerte atroz, y solo hemos demostrado valentía por nuestros propios ideales de manera intermitente".

Yo no estoy dispuesta a dejar de lado los ideales, y me parece grave la tibieza que se adivina en partidos y sindicatos presuntamente nacionalistas y/o de izquierdas con respecto a la problemática medioambiental (algo de ello saben en Castejón y también en Arantzadi, en Pamplona...). Y no digo todo esto por mi amor hacia los parajes (y las gentes) de Zilbeti (aunque por eso también), sino porque, una vez más, van a destruir de manera irreversible un patrimonio que pertenece a todos.

Inma Errea