Diez años después del éxito de la serie Borgen, que narraba, en sus tres temporadas, el ascenso de Birgitte Nyborg al puesto de Primera Ministra de Dinamarca, reflejando las dificultades de ese cargo para una mujer y la influencia que el poder ejerce en las personas, en su vida profesional y personal, el año pasado se estrenó una nueva temporada como si no hubiera pasado el tiempo. En ella, Nyborg sigue con su carrera pero ya como ministra de Asuntos Exteriores. Es ficción, pero totalmente real.
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Y viendo la carrera de muchas mujeres que llegan a la primera línea de la política pienso muchas veces en algunos de los capítulos vividos en el palacio de Christiansborg de Copenhague y en lo difícil que es mantenerse, sea cual sea el color político al que representan. “Soy un ser humano, además de una política”, dijo ayer la ministra principal de Escocia, Nicola Sturgeon de 52 años para justificar el sorprendente anuncio de su retirada. Se va porque no tiene energía para seguir. Así de claro. Antes que ella otras también lo han hecho y se les ha culpado por ello. Como si no fuera valiente y honesto y hasta necesario irte cuando te fallan las fuerzas para seguir. Pensemos en Jacinda Ardern, la primera ministra de Nueva Zelanda, con 37 años fue la mujer más joven en llegar a dirigir la política de un país. “No tengo la energía suficiente” dijo también cuando renunció a presentarse a la reelección. Antes había tenido que soportar todo tipo de presiones ajenas a su trabajo. Como también, la primera ministra de Finlandia, Sanna Marin. Y podríamos citar muchos ejemplos más del trato que reciben las mujeres con responsabilidad política. Normal que no tengan energía.