Dice Otegi que el acuerdo sobre los Caídos: “hará justicia poética a todos los represaliados del franquismo”. Lo dudo. La justicia poética es un recurso literario excesivamente romantizado. Y aplicarlo sobre cunetas, memoria, duelo, dolor y olvido no es de recibo. Porque la justicia histórica debe ser restaurativa. Y este acuerdo no lo es. Podrá ser todo lo amplio, pactado, amable, e incluso compartido por una gran parte de la ciudadanía. Pero no hace justicia histórica.

Los firmantes se apoyan en la racionalidad pedagógica de su propuesta y entienden que así desconflictivizan un edificio, que desencallan un tiempo negro, que incluso zanjan un debate agrio y espeso como las palabras que lo definen.

Tal vez creen caminar por el lado bueno de la historia, ese camino que nos lleva al relativismo histórico y nos libra de todo esencialismo molesto. En este caso, de toda práctica monumental subversiva. Porque aunque la verdad escueza, piensan, y sea molesta, ésta se puede doblegar resignificado el núcleo duro de su ignominia. Es decir, amabilizar un edificio –previo lifting instructivo– que se alzó, desde la primera piedra hasta la cúpula, proclamando el honor de los vencedores y la humillación de los vencidos.

Pero esta resignificación es imposible. Porque quien diseñó el edificio lo hizo apelando a la eternidad de su sentido. Y esa eternidad está grabada a sangre y fuego en sus paredes. Por eso la resignificación es una trampa. Porque sigue reproduciendo los valores de los perpetradores. Así que el nuevo híbrido, no evitará la revictimización pues con ello se refuerza la subalternidad de lo recordado.

Así las cosas, el nuevo edificio será siempre el viejo, quizá domesticado, pero nunca desarmado de sus connotaciones fascistas, nunca neutralizado ideológicamente de signo y significado. Porque es absolutamente imposible que lo que ha sido, deje de existir.

Otra cosa es que nos hagamos trampas al solitario.