El idealismo pierde brillo. Parece un sustantivo tontontorrón, para constructores de castillos en el aire, como cantaba Alberto Cortez. No todo ideal es irreprochable, ni todo sueño benéfico ni siquiera legítimo, pero los idealistas son fundamentales en política, en el objetivo de remontar el vuelo y de mejorar la vida de la gente. Porque la política no es un casino ni una carrera de caballos ni un refugio de ceporros. Requiere vocación, altura de miras, honestidad, dedicación, y a ser posible, muchas lecturas, en pos de una visión integral práctica, ética y estética. En definitiva: calle y teoría, oratoria y acción, firmeza y templanza.
Más humildad
No resulta fácil la política. Es dura, a veces tediosa, cargada de vanidad y de intereses contrapuestos. Lo político casa poco con la humildad o eso parece. Pero necesita de gente humilde, de la buena gente sensible y bondadosa, con ánima constructiva y deshinchada, que tenga la cintura suficiente para conceder razones a sus adversarios.
La política se prestigia con más amabilidad y menos esnobismo, y se debe procurar en raciones ajustadas: ni ayuno ni abstinencia ni sobredosis. Su carencia provoca anemia democrática, su exceso obesidad ideológica. Demanda un consumo responsable, dieta variada y evitar ultraprocesados. Pero en estos tiempos de virales personajes chuscos y lumbreras varias denigran al prójimo con tal de conseguir eco. Ahora, por ejemplo, se ha puesto de moda llamar ‘Charo’ a las mujeres progresistas de una determinada edad a modo de desprecio. El neomachismo es repugnante.
Menos agresividad
Necesitamos asimilar más pensamiento complejo en aras de una calidad democrática un tanto entumecida. Quizás, como afirma Esther Vera, directora de Ara, porque en el fondo “una parte de la cultura política española está todavía hecha de miedo al conflicto”. Al debate público no le vendría mal descongestionarse a base de más temple y agudeza, también fuera de nuestra clase dirigente.
Los idealistas son fundamentales en la política, de cara a remontar el vuelo y a mejorar la vida de la gente desde la justicia social
Pero la dinámica actual, con tantas miserias e indecencias –analógicas y digitales– contamina el ambiente y lo seguirá polucionando. La cuestión es hasta dónde; cuál es el límite que podemos soportar, cuándo el enconamiento saldrá irremediablemente lesivo para la convivencia, para la base de respeto que necesitamos preservar y defender. Si la agresividad es el colesterol para las venas democráticas. ¿Cuánto podrá aguantar nuestro sistema circulatorio sin que aceche una trombosis, un ictus, un infarto cerebral sistémico? ¿Dónde situamos la línea roja?
Más servicio
La política es pugna y confrontación, pero no equivale a un cuadrilátero ni consiste en estar siempre en la trinchera. La política trasciende al sofismo. Desde sus distintos prismas debe reforzar su compromiso de servicio y de utilidad pública. Si no se respeta esto, el pacto convivencial se resquebrajará y la democracia flaqueará. Si acabamos pensando que la justicia social es un mero concepto marxistoide, de retórica sindical o de parroquias de base, estaremos perdidos en los vericuetos de la caridad, del voluntarismo y de la compasión relativa.
Reivindiquemos con energía la justicia social para la igualdad de oportunidades, y la igualdad de oportunidades para la justicia social. Nos va el bienestar en ello. Por el bien común, por el interés general, por la inteligencia compartida. Por idealismo.