Por delirante que parezca, Donald Trump estuvo en las quinielas para ser condecorado con el Premio Nobel de la Paz. Curiosamente, recayó en María Corina Machado, a quien el propio presidente de EEUU descarta para liderar la transición en Venezuela por no tener “apoyo ni respeto dentro del país”. Ya sabemos que este el galardón está casi tan devaluado como el Premio Planeta –¿verdad que sí Juan del Val?–, pero el mero hecho de que sonara entre los candidatos para recibirlo no deja en muy buen lugar al comité noruego que evalúa las nominaciones.
El caso es que Trump no lleva ni un año desde que regresó a la Casa Blanca, pero ha tenido tiempo para bombardear siete países (Venezuela, Nigeria, Irán, Irak, Siria, Somalia y Yemen) y abrir una errática guerra comercial prácticamente contra todo el mundo. Nos encontramos, por lo tanto, ante un dirigente muy peligroso, capaz de alterar el orden mundial, y de una torpeza diplomática que pasará a los anales de la historia. Pese a que se atribuye o inventa acuerdos de paz a puñados, no ha materializado ni uno solo creíble y entero. En Gaza no ha conseguido ni de lejos la paz que necesita el pueblo palestino.
Mientras Israel intensifica la ocupación de Cisjordania y expulsa a las organizaciones humanitarias, Trump mira para otro lado ante el frágil alto el fuego que se cobra vidas, perpetúa el sufrimiento y del que es imposible atisbar una paz con algo de justicia. Y en Ucrania, con los negocios familiares en el centro de las relaciones internacionales, tampoco se ve el final de un conflicto bélico a punto de cumplir cuatro años. Entre tanto, las derechas españolas deberían reflexionar sobre su apoyo y sumisión al negligente proceder de Trump, que reúne todos los boletos para ganar el Nobel de la Guerra.