Antes de la Casa Blanca, Trump construyó su imagen como magnate inmobiliario a base de comprar, endeudarse, exprimir el activo y pasar la factura a otros. Hoteles, casinos, rascacielos… muchos acabaron en quiebra, pero él casi siempre salió indemne. ¿Cómo? Usando las llamadas reglas del sistema al límite: bancarrotas estratégicas, pleitos interminables y una habilidad más que notable para privatizar beneficios y socializar pérdidas.

Ahora, al frente del gobierno norteamericano, la política exterior estadounidense se ha convertido en una partida de Monopoly sin reglas. El tablero es el mundo, las fichas son países enteros y el objetivo no es la estabilidad, sino el control de recursos: el petróleo o las tierras raras. En Venezuela, el guión es tan simple como brutal. El nuevo Gobierno provisional, encabezado por Delcy Rodríguez, entregará entre 30 y 50 millones de barriles de crudo a Estados Unidos. Washington los venderá, controlará el dinero y decidirá cuándo –y cómo– devolverlo. Del bloqueo económico al negocio.

Todo ello, “en beneficio del pueblo venezolano”. Lo que ayer estaba sancionado, hoy se vende “a precio de mercado”. Y en la siguiente casilla del tablero: Groenlandia. La Casa Blanca reconocía ayer que discute “activamente” su compra a Dinamarca, invocando la seguridad nacional y el miedo a Rusia y China. Diplomacia primero, dicen. Todas las opciones después, también.